Todas las mañanas

                Todas las mañanas salgo de casa con prisas, un bocadillo en la mano y ganas de comerme el mundo. Aunque, claro, al final lo único que devoro es el bocata mientras cruzo la calle. Ya sea verano o invierno, un día de sol o uno de tormenta, en mi barrio siempre ronda una brisa, a veces agradable, a veces helada. Al cruzar la esquina me espera un semáforo que casi nunca está en rojo. De fondo se escucha el runrún de los coches, alguna ambulancia ocasional y el tenue murmullo de los transeúntes. Se trata de una tonadilla lejana que parece evitar esta esquina en la que casi no circula nadie. Sin embargo, es cruzar la acera y tropezar con una serie de obstáculos dispuestos estratégicamente: el repartidor de “20 minutos” bajo la farola, la cola del bus en cualquier parte menos en la parada del bus, los que intentan venderte algo, el que al igual que tú intenta llegar al otro lado de la calle… Es toda una odisea cruzar sin llegar a chocarte con nadie. Meta que se complica si al mismo tiempo intento terminarme el bocadillo o cotillear las novedades expuestas en los escasos escaparates que hay antes de la boca del metro. Ese es mi destino: la abrupta parada que surge al final, justo al lado del paso de cebra.

                En ella descubro que, como todas las mañanas, he vuelto a perder el tren.

RETO: El libro del escritor

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