Carnaval

                Caminaba algo distraída mientras miraba a la gente bailar, cuando el tipo de la máscara de cerdo la empujó bruscamente, logrando casi tirarla al suelo. Rougette se revolvió con los ojos encendidos y los puños preparados para arrancar una disculpa. El desconocido, sin embargo, siguió andando, completamente ajeno a la muchacha que había embestido por descuido. Desconcertada, la chica observó como el agresor desaparecía entre la multitud. Que la golpearan era una de las cosas que más rabia le daban, pero que la ignorasen era algo que le dolía incluso más. No era tan bajita o irrelevante como para que un transeúnte torpe (y seguramente borracho) no se molestase en cambiar de rumbo y la empujara de esa manera. Y luego para que, encima, continuara sin pedir perdón o mirar atrás.

                Puede que no supiera nada de la persona que se ocultaba detrás de la máscara de cerdo, pero nada evitaría que saliera impune.

                La joven comenzó a andar a grandes zancadas y con la mirada fija en la careta que se bamboleaba entre la multitud. El conjunto de desastres de aquel mal día y la pésima semana que no acababa se convirtió en un torrente de codazos, amenazas abruptas y patadas. Sin darse cuenta, había comenzado a apartar a la gente de su alrededor casi a manotazos. No eran más que obstáculos entre ella y el desencadénate de su malhumor. La verdad es que realmente lo único que quería era detenerle y golpearle hasta deshacerse de su rabia. El motivo ya no importaba y puede que cualquier otro día lo hubiera dejado pasar o simplemente se habría contentado con insultarle desde la distancia. Pero esa tarde estaba cansada, triste, aburrida y terriblemente sola. No tenía ni ánimo para unirse a la serpiente humana que recorría las calles cantando canciones de carnaval. Y aun así, el desconocido la había invitado a unirse regalándole una máscara con forma de mueca rabiosa.

                Rougette se cansó de dar zarpazos al aire y rompió a correr. Estaba harta de tantas cosas que todo en ese momento le parecía detestable. La música, los disfraces, la apabullante cantidad de gente… Si por ella fuera, todo desaparecería para siempre.

                Casi sin resuello observó como el enmascarado torcía por un callejón. Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, la muchacha se abalanzó sobre él. No tardó en sentir el cuero entre sus dedos. Dos ojillos porcinos la miraron antes de escurrirse mientras la máscara era arrancada de un tirón.

                Y ahí, mirándola con el rostro acalorado y una pizca estupefacta, estaba su propio reflejo,

                Rougette se quedó inmóvil en medio de una calle repleta de bestias de carnaval. La máscara de cerdo se balanceó en su mano izquierda mientras la derecha golpeaba con todas sus fuerzas el cristal del escaparate.

                Sin darse cuenta, había empezado a llorar.

RETO: El libro del escritor

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