Espejismo

                Atrás quedó el aroma a natillas de chocolate y la ilusión de una fuente de cristal convertida en montaña de arena. Lápiz trastabilló. Estaba agotado, tan cansado que ya ni siquiera sentía las agujetas de haber estado días andando. Lo peor, sin embargo, era el hambre: se había instalado en su estómago y, de vez en cuando, lo aguijoneaba para recordarle que llevaba horas, quizás días, sin probar bocado.

                “No puedo más”, tragó saliva. A sus pies había más dunas interminables en las que apenas se podía distinguir la huella de los que ya las habían cruzado. Se estaba quedando atrás. Lo sabía, pero no le quedaban fuerzas ni para seguir intentándolo. En ese momento lo único que le apetecía era tirarse sobre la arena y cerrar los ojos.

                Hasta que le llegó el olorcillo a arroz recién hecho. Olfateó un poco más: sí, no había duda que se trataba de arroz al horno, pero no el arroz que preparaban en casa, este también olía a pescado y marisco. Lápiz abrió unos ojos como platos: en la duna de enfrente había una fuente que rebosaba arroz con pescado. El color de los granos era el mismo que el de la arena y contrastaba con el caparazón colorado de varias gambas. También pudo distinguir las formas amorfas de diversos trozos de pescado y sepia. Y no era el único plato: a su lado había una generosa fuente con un queso curado y un jamón serrano tan granate que parecía sangre. Un poco más atrás, había un bol con fruta. Trozos de melón y sandía desafiaban al desierto con la promesa de un bocado tan jugoso como refrescante. Y, no muy lejos, parecía que había un plato de postre con un pedazo de algo triangular y glaseado que bien podía ser un trozo de tarta.

                Lápiz se descubrió andando por pura inercia. Su motor era ahora el hambre. Y ya nada le impedía dar un paso seguido de otro, avanzando incansablemente hacia delante.

                La comida se deshizo entre sus dedos al igual que las natillas de chocolate. El chico se quedó en silencio, contemplando con cansancio como el espejismo desaparecía. Aunque le pareció notar que estaba algo más débil, aun así levantó la mirada para buscar entre las dunas.

                Enfrente suyo, a apenas un par de metros, había una empanada de tomate.

                Lápiz siguió andando. Quizás el siguiente fuera otra vez un espejismo, pero sabía que adelante encontraría más comida y al final, aunque tuviera que recorrer mil kilómetros, aparecería un banquete de verdad.

RETO: El libro del escritor

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