In memoriam de un diplodocus

                Esto sucedió hace casi un millar de años. Y aunque por ese entonces todavía no odiaba ir a la playa, detestaba ESA playa en particular. Estaba llena de piedrecitas incomodísimas que se te metían entre la ropa y luego cuando te sentabas encima suyo por error te dejaban con tantos moretones que parecías un dálmata. Y no es que hubiera unas cuantas: es que había tantas piedrecitas como arena en otras playas. Y no exagero: la playa sigue donde siempre, así que si alguien quiere comprobar la veracidad de este relato solo tiene que coger la Carretera Intransitada Y Con Olor A Cerdo y luego desviarse por El Huerto Sin Huerta. No tiene pérdida. Afortunadamente, por esa época yo era una chiquilla de goma que más o menos sabía ignorar las incomodidades: me ponía esas chanclas horrorosas que te sujetan los pies como aparatos de tortura y, ale, ya podía caminar por el agua sin destrozarme la planta de los pies. Y, bueno, el agua no estaba mal. Eso si no tenías en cuenta la desbordante cantidad de algas pardas que había en ella. Era meter la pierna y sacarla cubierta de las asquerosas algas. “No pasa nada, no pasa nada”, me solía repetir siempre mi madre. Pero claro, ella no se sentía como el único tropezón en una sopa pastosa y pegajosa.

                Si lograbas superar todos los obstáculos y te adentrabas en el mar, entonces sí, por fin podías disfrutar de un baño maravilloso con agua limpia y arena nítida bajo tus pies. El único inconveniente es que yo no dejaba de ser una retaca y ahí el agua me cubría varias veces por encima de la cabeza. Y dado que ni tenía branquias ni sabía nadar, no me quedaba más remedio que quedarme en la orilla jugando con la poca arena que había.

                Y ahí estaba esa mañana o tarde de un día cualquiera de mi pasado cuando me encontré con un objeto casi tan grande como la mitad de mi cuerpo (De nuevo insisto que nada de esto es una exageración: de pequeña era muy retaca. Bueno, quizás el millar de años resulte un poco extraño, pero por lo menos ese es el tiempo que yo siento que ha pasado), de un blanco sin manchas y perfectamente ovalado.

                ―Una roca ―determinaron mis padres con seguridad cuando fui a enseñarles el objeto―. Es una simple roca.

                ―¡No, estáis muy equivocados! ―les corregí―. Es un huevo de dinosaurio.

                Y como castigo por llevarme a la playa (y genuino interés en su incubación), nos llevamos el rocoso huevo a casa de mis tíos, a quienes no les importó conservarlo en su jardín, junto con tropecientas piedras más, para que pudiera verlo siempre que les visitara. También prometieron cuidar del futuro dinosaurio, promesa a la que todavía no he tenido que recurrir.

                Hace años que no vuelvo a esa playa, pero todos los agostos regreso a casa de mis tíos para ver a mi huevo de dinosaurio.

RETO: El libro del escritor

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2 comentarios en “In memoriam de un diplodocus

  1. Que bueno xD no habia leido nunca un monologo (bueno no se si calificarlo como tal, realmente) tuyo y esto fue realmente XD es que ese detalle de dar direcciones como te hubieran parecido de pequeña y de la seguridad en la verecidad de los hechos.

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