No hacen falta alas para volar

                El ángel se masajeó la frente. La luz del atardecer le cegaba y aun así no podía dejar de mirar. Adoraba el cielo, siempre diferente, inconstante, una sorpresa continua. Era lo único que cambiaba. Su jaula con forma de habitación siempre estaba igual: la cama desecha, los libros tirados en el suelo y el material de costura enredado en una mesa. Le prometieron que estaría a salvo, pero los barrotes no fueron suficientes para detener al aburrimiento.

                Suspiró. Solo tenía que esperar un poco más, se dijo, solo tenía que esperar a curarse.

                Pero en el fondo de su corazón sabía que nada podría arreglar los dos muñones que tenía por alas.

                Dentro en la jaula estaba a salvo. No más bestias, no más demonios, solo la placentera y aburrida rutina de una persona normal. Podía leer lo que quisiera, podía coser los trajes con los que soñaba y dormir hasta la hora de comer. Pero nada de eso era suficiente para calmar la impaciencia que había arraigado en su interior.

                Lo que realmente quería era la libertad de las nubes. Cada día diferentes. Cada mañana en un lugar nuevo.

                El ángel contempló por última vez el atardecer. Luego saltó por la ventana sin dejar de sonreír.

                “Quiero ser hoja y volar hasta donde la brisa me lleve y más allá”.

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2 comentarios en “No hacen falta alas para volar

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