Café para variar

                Y esta mañana decidí volver a desayunar.

                Habían pasado unos tres o cuatro meses desde la última vez que había intentado probar a tomar mi tazón de leche con cereales. A decir verdad, los últimos intentos habían resultado ser un desastre. Una serie de desafortunados obstáculos habían logrado derrotar al colacaco y dejarlo olvidado en un estante. Y así fue durante días hasta que esta mañana me levanté dispuesta a recuperar la vieja rutina. Mi primer intento fracasó en el paso uno: encontrar los ingredientes.

                A falta de un supermercado cerca, decidí probar suerte en el bar que tengo debajo de casa. El ascensor se atascó, así que bajé por las escaleras. Un cartero intentó distraerme en el vestíbulo, pero le esquivé gracias a una paupérrima imitación de una extranjera rusa.

                Los problemas parecieron acabar cuando finalmente logré llegar a la cafetería. Asentada en una esquina tranquila y con vistas a la estación de tren, pedí mi ansiada taza de colacao con leche y un producto amorfo e industrial conocido popularmente como croissant. Cuando solo quedaba esperar, el infortunio regresó bajo el aspecto de un conocido actor entrecano y sonrisa deslumbrante.

                Quizás era George Clooney, quizás no porque esta era la cafetería más cutre y desconocida de España.

                ―¿Puedo?―saludó con una leve inclinación de cabeza antes de sentarse en la otra silla libre―. Delicioso, ¿verdad? ―Añadió, haciendo referencia a la taza de café que acababa de llevarse a los labios.

                ―Sinceramente, no me gusta mucho el café.

                ―¿Es un Volluto?

                Ahora era yo la que tenía una taza salida de la nada entre las manos.

                ―Debería ser un colacao ―protesté al reconocer el olorcillo amargo que se escapaba en forma de volutas.

                ―¿Quiere que le…? ―Hizo un par de gestos extraños. Como si se ofreciera a reclamar mi desayuno o a darme más café.

                ―No, no…

                Iba a levantarme cuando dos tazas más aparecieron en mis manos. Y luego otra en la cabeza, y ocho más en el suelo, la silla, la mesita… Y mientras yo quedaba emparedada tras el café, el hombre no dejaba de repetir frases sueltas de un anuncio.

                Sí, aquella mañana desayuné. Café para variar.

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