Un momento de silencio

                Caía la noche cuando el peregrino llegó a la encrucijada. Era una noche húmeda, sofocante, plagada de estrellas y apenas un atisbo de luna. El cruce de caminos apareció después de un largo trecho entre árboles y campos de trigo. Un poste carcomido señalaba el nombre de los pueblos que había al final de cada opción. Pueblos abandonados, aventuró el peregrino, de fantasmas y olvido.

                Superstición o no, decidió detenerse a pasar la noche antes de llegar al terreno polvoriento de cualquiera de ellos. Las sombras nocturnas tenían mil formas y en aquel lugar todas ellas podían transformarse en seres de otros mundos o hasta mensajeros de la Niebla. Era uno de los riesgos a los que se enfrentaba en su viaje: cuanto más se alejaba de la civilización, más probabilidad había de encontrarse con criaturas sobrenaturales. Especialmente con fantasmas y espíritus dispuestos a defender su tranquilidad de un intruso humano.

                Aquel cruce era tierra de nadie, un montículo del que emergía el poste y cuatro hierbajos. El peregrino se recostó sobre el suelo, apoyando la cabeza en su mochila. Mientras silbaba una vieja melodía empezó a pelar una naranja con la vieja navaja que llevaba en el bolsillo. Adoraba aquellas noches de verano con el cielo estrellado sobre su cabeza y el olor a tierra húmeda impregnándolo todo. No muy lejos una cigarra empezó a entonar su melodía. El hombre sonrió antes de devorar su frugal cena.

                Luego cerró los ojos y se rindió al sueño.

                Dormía cuando empezaron los ruidos. El peregrino despertó de un sobresalto. Ya no había cigarras, tampoco silencio. Un murmullo tenue, incansable, como el rascar de unas garras contra la tierra, había empezado a desgarrar la tranquilidad de la noche. Al principio no supo ubicarlo: únicamente sabía que estaba más cerca de lo que parecía, precediendo a una presencia que todavía resultaba invisible. El hombre agudizó el oído.

                Aquel sonidillo intermitente venía del suelo.

                Se arrodilló sobre el cruce, con una oreja pegada al suelo y las palmas apoyadas en él. Notó como vibraba, pero también que había algo enterrado, algo que pugnaba por salir.

                Escuchó como dos manos pataleaban por apartar la tierra, como las uñas rascaban la madera de un sepulcro ya podrido y desecho, y un gruñido seco intentaba hacerse oír. Era un sonido gutural, profundo, que se ahogaba mientras repetía una misma palabra: Pan.

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2 comentarios en “Un momento de silencio

  1. Creo que diste en el clavo, me gustan ese tipo de noches, aunque a veces una tiene que conformarse a observarlo sentada dese la terraza de un 4to piso.
    Peregrino, viajero o aventurero que sera lo que realmente rehuyas.
    La verdad estoy un tanto confusa. Pan era el nombre del personaje que protagonizo uno de tus anteriores relatos pero tengo la sensación que forma parte de algo mas (cosa que asumo por la mayúscula detras de :, a que se trata del nombre y no el alimento).
    Te agradezco mucho la dedicación brujita >w< mi kokoro hace doki doki de la emoción (?).

    • Como es verano y hace buen día, doy dos pistas: no es nada muy rebuscado y el pan es una de mis comidas favoritas 😀
      ¡A ti por leer!

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