Un momento de pánico

Los golpes arrancaron a Pan del sueño, su cama y la tranquilidad. La joven se desperezó a trompicones en una habitación donde no había llegado el amanecer. Las sombras nocturnas aumentaron su inquietud al reconocer los golpes como insistentes llamadas que hacían temblar la puerta. En la casa solo estaban ella, sus ancianos padres y su hermano pequeño. Era incapaz de imaginarse a alguno de ellos dando aquellos ensordecedores golpes capaces de despertar al resto. “¿Quién será?”, pensó con cierto temor, “¿Qué querrá?”. Los golpes eran irregulares y tan brutales que la puerta del dormitorio se estremecía sin descanso. Aterrada, la chica se dirigió a las cortinas. De ellas extrajo una vara de apenas un metro. No servía más que para mantener la tela recta, no para defenderse de una posible agresión, pero Pan había jugado muchas veces con ella a las espadas con su hermano y había aprendido que no era tan endeble como parecía.

                Aferrada a su improvisada arma, la muchacha se dirigió a la puerta. Todavía temblaba cuando se atrevió a abrirla. De inmediato, un cuerpo sumergido en las sombras del pasillo se abalanzó sobre ella con los brazos extendidos y sin dejar de proferir gruñidos inhumanos. Con un chillido, pero sin dejarse vencer por la sorpresa, Pan clavó la vara en el pecho del agresor. Para su consternación no logró espantarlo, al contrario, el metal se hundió en la carne del desconocido. Sin embargo, este continuó avanzando, indiferente al hierro que le atravesaba de lado a lado. Tampoco dejó de gruñir. A sus espaldas había tres sombras más que se tambaleaban con los brazos extendidos en su dirección y la boca entreabierta en un mordisco anhelante.

                Un ramalazo de pánico sacudió a la chica. El miedo le dio las fuerzas suficientes para empujar lejos de ella al monstruo, la vara y cerrar la puerta. Volvía a encontrarse delante de la puerta que se estremecía con los golpes, los arañazos y la insistencia de los intrusos. “No, intrusos no”, comprendió antes de romper a llorar. Pan se dejó caer mientras la madera cedía y ocho brazos irrumpían al mismo tiempo que el amanecer.

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