Día de corazones (LGBT)

Valentina todavía no se había perdonado por haberse olvidado del día de San Valentín. Ella, que vivía por y para el amor, acabó por extraviarse entre semanas de invierno y publicidad de febrero. Era inexplicable y la única verdad: se había perdido.

La criatura se acurrucó todavía más en el banco. A lo lejos, la gente celebraba algo. ¿El resultado de las elecciones? ¿Las hogueras de San Juan? Molesta por el barullo, se levantó y comenzó a otear la calle. Por todas partes caminaban personas cogidas de la mano, sonrientes o en grupos. Valentina respiró un amor diferente al que conocía, un amor rebelde que estaba dispuesto a luchar por ser aceptado. En el pecho de los transeúntes brillaba un corazón que solo ella podía ver, un corazón de colorines cuyas combinaciones eran infinitas. Le gustó; trasmitía calidez, alegría, ilusión…

Tuvo que reconocer que era más bonito que los insulsos corazones rojos.

También había personas con corazones grises: en ellos no había empatía, no había esperanza, solo un amor envenenado que les permitía quererse a sí mismos y a nadie más.

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