Juguetes nuevos y viejos

La última afrenta fue la balda alta de la estantería.

                Todo había comenzado con la llegada de los juguetes nuevos: una caja entera de novedades, diversión por estrenar y personajes más afines a los nuevos gustos de la niña. La muñeca remendada, la favorita por tantos años, aceptó a los recién llegados, confundiéndolos al principio con un nuevo capricho de su dueña. Pero la caja era, también, un ejército de invasores en miniatura. Sustitutos para su cuerpo recosido y despeluchado. Ladrones de tiempo entre muñeca y chiquilla.

                Hasta que quedó relegada a la última balda, la más alta, la más polvorienta, la de los libros de texto y los recuerdos del colegio.

                “Ya está”, pensó la muñeca, cansada y decepcionada, “Se acabó”.

                Y ella sola bajó de los estantes para dirigirse a la puerta y abandonar el cuarto de los juguetes para siempre.   Afuera le esperaba lo desconocido, lo inimaginable y la libertad de un mundo sin dueñas ni paredes.

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