Oasis

                Sadie continuaba hacia adelante porque detenerse significaba reconocer que se había perdido. Y perderse en el desierto era sinónimo de locura, muerte y regresar como un espíritu condenado a vagar siempre. Ella tenía planes más interesantes para su futuro, planes que eclipsaban la sola idea de dar un solo paso más. Pero no podía parar, no en aquel mar de arenas rojizas y puntas de esqueletos coronando dunas interminables. Tenía que seguir y mantener viva la cada vez más remota posibilidad que seguía en el camino correcto. La desesperación y el calor la perseguían agazapados en su larga sombra, alimentándose de sus fuerzas, minando la claridad de su visión. Pero ellos no eran los peores, no. Estaba aquella sed intensa, desgarradora; una sed alimentada por meses de inapetencia y arena seca, por los espejismos cada vez más frecuentes y el recuerdo de su oasis.

                Pensar en el oasis la hizo estremecer. Había perdido la cuenta de los días que llevaba caminando, incapaz de dejar de buscar aquel paraíso que se escondía en la lejana Alguna Parte.

                Y entonces, lo escuchó.

                Comenzó como un sollozo lejano entre jirones de viento. Sadie agudizó las orejas antes de echar a correr en pos de aquel sonido. Pronto caerían las primeras gotas y el oasis aparecería: una fuente de instantes, el único lugar donde beber agua pura en aquel desierto.

                A la chica se le escapó una sonrisa cuando cayeron las primeras gotas. Eran lágrimas de titanes desdichados.

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