La desmemoria de Grumilda

                “Estoy de pie en mi cocina”, Ursina tironeó con fuerza la manga de su vestido, “Y esta va a ser la noche más importante de mi vida.”

                Aquella era la noche, la gran noche que llevaba planeando, organizando y preparando desde hace meses. Ya estaba todo listo y sin vuelta atrás: el menú de la cena, la decoración, las galas que llevarían… Todos y cada uno de los detalles formaban parte de su meticuloso plan. Sin embargo, su corazón latía desbocado y cada vez quedaba menos para que llegaran los Millonetti.

                La culpa era de Grumilda.

                Grumilda era una sirvienta rechoncha, con la cara regordeta y lechosa desde la que parpadeaban un par de ojos despistados. Era una mujer de naturaleza torpe, pero muy eficiente, siempre preocupándose por la perfección de las tareas que le encargaban.

                Y ahora daba vueltas por la cocina, repitiendo una letanía incansable.

                ―La colada, preparar la carne, asarla, limpiar… ¿De qué me he olvidado?

                Y el mantra volvía a repetirse en un carrusel interminable. Ursina no podía sino contagiarse de aquellas palabras que bajo su rostro tranquilo se convertían en nervios. Grumilda era una persona demasiado apática que confiaba en que acabaría por recordar. Pero no tenía en cuenta el peligro. Y lo que para ella podía ser un simple despiste podía acabar con la casa en llamas.

                Y aquella era la noche de su vida, la gran noche. Los Millonetti estaban a punto de llegar y Jorge esperaba pacientemente en el salón donde, quizás, lograría el contrato de su vida.

                “No puedo estropearlo”, la mujer se quitó el sudor de la frente, “Grumilda no puede estropearlo”.

                El timbre sonó a la hora acordada. Ursina se mordió la lengua. La obra comenzaba y todavía no sabía qué había olvidado Grumilda.

                “Ahora los Millonetti buscarán a las hijas de Jorge para malcriarlas un poco más”, aventuró, “Luego les saludaremos nosotros como buenos anfitriones”.

                Aunque había ensayado todas las fórmulas de cortesía que sabía, palabras inocentes para empezar una conversación y los oportunos halagos, en aquel instante solo podía escuchar su corazón delatándola en medio de un silencio interrumpido por los murmullos de la criada.

                ―¡Grumilda! ―Exclamó, consciente que se le acababa el tiempo― ¡Colada! ¿Echaste la ropa de las niñas a lavar?

                ―Sí, señora.

                ―¡La carne! ¿La deshuesaste? Sabes que Jorge ya se rompió una muela y es muy susceptible a los huesecillos. ¿Te deshiciste de las vísceras? No quiero perros callejeros en la puerta de la cocina.

                ―Sí, señora. También la aromé como ordenasteis y seguí la receta de vuestra abuela para cocinarla.

                ―Y… ―la mujer contempló la amplia cocina, con sus resplandecientes cuchillos goteando desde la pared, los ventanucos cubiertos de paños de flores y aroma a incienso. Era su cocina, la había remodelado ella, pero aquella noche se sentía una extraña, un monstruo inmundo que no tenía derecho a pisar las baldosas―. ¡Oh! Ya sé qué se te ha olvidado, Grumilda: no has limpiado el suelo.

                Una sonrisa de tranquilidad afloró en el rostro de la sirvienta. Aquella sonrisa también calmó a Ursina, feliz finalmente que la gran noche hubiera llegado. A partir de ahora, ella y Jorge serían muy felices solos.

                Y se fue, no sin antes señalarle un par de goterones de sangre.

RETO: El libro del escritor

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