Andanzas quijotescas

                Galopaba Don Quijote, noble caballero (Que no hidalgo manchego), acompañado por su fiel Sancho Pancha. Era una mañana tranquila, de nubes perezosas y una ligera brisa que acompañó a nuestros héroes colina arriba. Aunque la pendiente no era muy pronunciada, el valeroso corcel Rocinante parecía agotado. Con un relincho quejumbroso, fue el primero en anunciar que habían llegado a la cima y que no pensaba seguir trotando sin ton ni son como llevaba siendo costumbre en los últimos días. Desde el lomo de su caballo, y sin percatarse de su cansancio, Don Quijote se enderezó. Tenía la mirada fija en el valle que había a sus pies y las figuras que había desperdigadas en él.

                ―Una docena… ―comenzó a contar―. ¡Oh, no puede ser! ¡Un tropel!

                Sancho, que ya se estaba humedeciendo los labios, la garganta y el estómago con su bota de vino, miró a su amo con asombro: él no veía a nadie. Pero como estaba acostumbrado a sus extravagancias y sabía que lo mejor era escucharle en vez de contradecirle, calló.

                ―Sí, sí, no hay ninguna duda ―continuó―. Y no dejan de agitar los brazos como bárbaros.

                ―Ah ―comprendió el escudero―. ¡Los molinos!

                ―Mi buen amigo Sancho, el sol os ha nublado el juicio. No hay molinos, sino algunos de los más terribles enemigos de nuestro Dios ―el hombre desenvainó la espada sin dejar de hablar―. Y es mi deber como caballero erradicar a esas horribles criaturas antes que su maldición se propague por España. ¡Mira ese andar tan lento que casi parece que no avanzan!…

                ―Pero yo no veo que nadie se mueva…

                ―…¡Observa como mueven los brazos en busca de cerebros!…

                ―Vaya vista.

                ―¡Y ese quejido que se escapa de sus bocas muertas, escúchalo Sancho, antes que se confunda con el viento! No hay duda: son cadáveres vivientes. O zombis, como los llama la Biblia ―y añadió, espada en alto y con el pecho hinchado―. Y yo iré a presentarles batalla aprovechando que parecen haberse detenido. ¡Por Dulcinea!

                Y así el incansable caballero y su cansado caballo se precipitaron colina abajo hacia el tranquilo valle. Lanza en mano, Don Quijote se dirigió a la primera de las pétreas moles que flanqueaban su camino. Pero esta, lejos de morderle, se mantuvo inmóvil. Y gigantesca para ser un cadáver humano. Y además hacía un runrún que sonaba a trigo molido.

                Rocinante al comprender contra qué iban a precipitarse se detuvo en seco. Con tan mala pata que su jinete salió despedido, yendo a parar a los rítmicos brazos del molino zombi.

RETO: El libro del escritor

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