Una máscara de mentiras

                La última serpiente era una pitón jaspeada que se balanceaba hipnóticamente desde su rama. Había reprobación en su mirada, pero también una pizca de lástima.

                ―¿Vas a seguir engañándote? ¿Vas a continuar mintiéndoles? ―Siseó. Su voz era el eco de sus hermanas, serpientes cansadas de insistir y que poco a poco habían desaparecido.

                La chica despertó de su fantasía de venganzas y gritos. Venganzas posibles, realistas, abarcables en ese preciso instante; gritos de todo lo que quería decir pero callaba. Era un sueño recurrente, casi hasta cansino, del que nunca llegaba a deshacerse. Quizás porque, en el fondo, nunca se cansaría de soñar con todos esos posibles hipotéticos que su tozudez convertía en inimaginables.

                La joven sostenía una máscara de goma. Una copia sonriente, feliz y relajada de su rostro.

                ―No son mentiras ―protestó.

                ―Cierto, es peor. Es silencio en vez de reconocer que estás molesta…

                ―Es evitar una discusión absurda ―contratacó, acallando el siseo.

                ―Es negar la venganza que tanto deseas y, finalmente, obtendrías…

                ―Es evitar rebajarme a su nivel y alimentar una guerra que no quiero.

                La chica se puso la máscara. Puede que fuera mentira, pero era una mentira con la que se sentía feliz, sonriente y relajada.

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