Noche en el hospital

                Las puertas se abrieron, empujadas por manos invisibles, manos que se escondían con destreza en la oscuridad. La primera puerta, la del cuarto, se abrió inmersa en un silencio que contrastaba con el estrépito del armario que había enfrente de la cama: un crujido lento que se fue metamorfoseando a chirriar.

                No muy lejos, se escuchó la caldera, una tubería o un desagüe maltratado que las tinieblas de la habitación convirtieron en alarido de fantasma.

                Realmente sentía que estaba atrapada en una habitación encantada, de sombras extrañas, tópicos y ruidos interminables. Estaba desvelada, pero no asustada: los auténticos monstruos se encontraban dentro de su cuerpo; malévolos. Microscópicos. Parásitos.

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