Donde sueñan las libélulas 5

Música de fondo

                Cimopolia caminaba con inmensas zancadas, algo saltarinas, con las que encabezaba una procesión fantasmal que se arremolinaba, entre curiosa e indiferente, en un riachuelo grisáceo que cruzaba los portones del castillo y se encaminaba hacia el cementerio. Algo más atrás, Velvet intentaba mantener su ritmo. Gracias al antídoto había recobrado el color y el aliento, pero su paso continuaba siendo un traspié continuo. Si la muchacha continuaba en pie era por pura fuerza de voluntad. Y bastante tozudez.

                Todavía quedaba una última libélula cuando el alba empezó a perfilarse sobre las copas de los árboles. Era un amanecer tardío, propio de aquellas tierras perdidas que han sido olvidadas hasta por el sol. El insecto, cuyo vuelo era cada vez más lento, cada vez más torpe, dejó de batir las alas y se dejó caer sobre el hombre de su dueña. Su diminuto corazón también se ralentizó, congelado en un sueño que duraría todo lo que quedaba de noche.

                La guardiana no estaba dispuesta a desaparecer en el momento final de la gran obra.

                Velvet cruzó la verja del cementerio sin apenas detenerse, segura y confiada, aunque todavía algo tambaleante. El sistemático orden de tumbas y epitafios abrazó su presencia, invitándola a cruzar sus pasillos, guiándola bien por instinto, bien por las voces espectrales que no paraban de susurrar dónde estaba la fosa.

                “Sigue adelante, niña”

                “Todo recto”

                “¡Ahora a la derecha!”

“Ya casi has llegado…”

La fosa común contrastaba entre las lápidas polvorientas. El tiempo había borrado la mayoría de los nombres, distorsionándolos hasta volverlos irreconocible, por lo que todas aquellas tumbas; las ilustres y las presumidas, las ostentosas y las importantes, se habían vuelto tan anónimas como la tierra revuelta, sin siquiera marcar, que presidía el claro.

―La verdad es que nunca le había dado mucha importancia ―murmuró la chica. A su lado, Cimopolia levantó la mirada por educación, consciente que la muchacha hablaba consigo misma―. Y ni siquiera sé por qué he pensado en ella… Tampoco es tan importante, pero…

La joven se arrodilló. La tierra, oscura, negra, estaba tan húmeda como si acabase de llover encima suyo.

―No podía dejar de pensar en la torre ―empezó a escarbar frenéticamente―. Todos soñaban con la torre, es donde se suicidó una mujer desdichada, es donde hay una maldita voz… pero…

La guardiana se sentó encima de su tumba favorita. No era la más bonita, puede que incluso fuese demasiado simple y apagada, pero tenía el diseño perfecto para reclinarse con comodidad. Sus ojos, tan oscuros como la tierra, contemplaron a Velvet y su desesperado intento por desenterrar el cadáver. No apartó la mirada ni cuando Amadeo se acercó a ella.

―Es verdaderamente curioso que se le haya ocurrido pensar en el misterio de su madre en vez de en el suyo ―señaló el fantasma con esa tranquilidad que bien podría ser tanto una acusación como estar señalando una idea inocente.

―¿Tú crees?

―Llámame retorcido si quieres, pero más bien parece el soplo de algún pajarito. O de alguna libélula.

―Los soplos son solo soplos ―Cimopolia esbozó su sonrisa de duende―. Es decir, aire.

Los dos seres contemplaron a la muchacha, quien había retomado sus cavilaciones. No muy lejos, un surtido grupo de fantasmas se amontonaba detrás de unas pocas lápidas, ansiosos por descubrir si sucedería realmente algo.

―Pero luego estuvo esa mujer… ―continuó la chica. Hizo una pausa para restregarse el sudor de la frente, aunque solo logró embadurnársela―. Y lo que dijo era otro eco, un eco para el hijo de Amadeo: “Tu madre se revolvería en la tumba si te viese” ―la tierra se arremolinaba en torno a la joven, cubriendo sus ropas, goteando desde su cara, ocultando la respuesta―. Ella era la criada que murió, por la que se crearon tres pruebas de amor verdadero… Y la auténtica madre.

Amadeo suspiró.

―Insensata ―rezongó―. Ahí está, revelando mis trapos sucios delante de la más variopinta colección de parientes y cuñados que se dedicarán a saborear el chisme durante siglos. Esto no te lo puedo perdonar, señorita que está en todas partes y lo sabe todo.

Cimopolia se encogió de hombros, conteniendo una risilla.

―Tu eres quien nos maldijo ―añadió, finalmente Velvet, entre jadeos y miradas brillantes por la emoción.

Una mano descarnada asomaba entre la tierra. El blanco de su huesos contrastaba con esa tierra negra que durante tantos años había sido infierno y lecho. Incluso ahora, un ligero espasmo recorría sus falanges.

La muchacha sacó de sus embarrados pantalones una caja diminuta con un tesoro diminuto: el que aquella alma llevaba esperando durante tantos siglos.

―Lo reconozco ―comenzó, súbitamente, Cimopolia―. La he usado. Siento mangonear a tu familia, pero estaba cansada de vuestra maldición y los lamentos post mortem. Y ella parecía tan perfecta… Aunque… Quizás no sea la más adecuada para cerrar esta historia.

Amadeo contempló a la guardiana con una sonrisa divertida.

―A veces me pregunto quién es de los dos el más cruel ―rio―. Bueno, parece que por fin me toca, ¿verdad? No puedo eludir dos veces la misma responsabilidad.

Con zancadas altaneras, el espíritu se acercó a la tumba. La misma inmaterialidad que le permitía traspasar a la chica no fue obstáculo para que tomase la alianza: un sencillo anillo de oro sin más decoración que un grabado del escudo familiar de los Seraph: una libélula.

Velvet contuvo un grito de sorpresa al ver cómo la joya flotaba en el aire, sostenida por los dedos de un espíritu grisáceo, mustio, invisible, que la guiaron hasta los huesos, blancos, quebradizos, de aquella criada de nombre ya olvidado.

―¿Es tu amor verdadero? ―Susurró mientras la alianza se deslizaba entre las falanges.

Bajo tierra, la sonrisa de la calavera se volvió sincera. Por fin podría descansar. Para siempre.

Aquel brazo que emergía como una flor cadavérica, se estremeció por última vez. Lentamente, se fue deshaciendo en un polvillo brillante que se desperdigó por la tierra que la había abrazado durante tantos años, incapaz de ocultarla a ella y a su historia.

Amadeo se sacudió con elegancia una suciedad imaginaria de los pantalones.

―¿Satisfecha? ―Inquirió, girándose hacia Cimopolia―. Aquí tienes el broche de tu propia novela, de tu historia favorita: el final de las tres pruebas y el amor tóxico de un monstruo.

―Podría haber sido aún más romántico ―asintió―. Un “¿quieres casarte conmigo?” o “Ni la muerte podrá separarnos” habría quedado perfecto. No obstante, reconozco que me gusta este final que me ha tenido en vela durante siglos.

El espíritu señaló a la humana. La muchacha temblaba, emocionada, aterida por el frío, bajo el primer amanecer de su vida en el que ya no habría ninguna maldición que la asustase.

―¿No te preocupa que te escuche?

―Ya no puede hacerlo. La última libélula ha desaparecido.

―Pero tú todavía estás aquí.

La guardiana cerró los ojos, disfrutando de aquellos débiles rayos de sol que le acariciaban un rostro cada vez más traslúcido.

―Quiero disfrutar un poco antes de desvanecerme de nuevo. Ser aire no es equiparable a tener una forma casi humana.

―Comprendo… ―Amadeo se apoyó en otra tumba―. Entonces aclárame una duda, ¿la maldición ha desaparecido?

―¡Oh! Lamentablemente, arrastráis demasiadas muertes, demasiadas traiciones, pugnas y maldiciones. Pero, si ya no se creen en ellas… ¿se cumplirán igualmente?

―Ya veo ―enarcó una ceja, divertido―. Le has cambiado el nombre al eco. Ahora los fantasmas en vez de hablar de esqueletos que se revuelven y esa gran maldición solo repetirán la cursi historia de amor que saboteó un destino condenado… hasta que el cuento se haga real.

Cimopolia sonrió, orgullosa, a pesar que sus rasgos eran cada vez más difusos, más transparentes.

―Lástima ―suspiró, contemplando unas manos en las que se podía ver perfectamente el otro lado―. Me gusta ser azul y rosa.

―Supongo que es un adiós…

―O un hasta de cien años.

―Cierto ―rio, aunque rápidamente recobró la compostura―. ¿A dónde vas cuando desapareces? Eres casi un espíritu, podrías quedarte con nosotros.

Cimopolia se puso en pie. Su cuerpo se desvanecía en nubes de colores y destellos blanquecinos que se evaporaban lentamente.

―Soy aire, soy brisa, soy un soplo, soy el eco, soy una maldición ―canturreó―. Y siempre estaré donde sueñan las libélulas.

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