Donde sueñan las libélulas 3

Música de fondo

                Antes no era nada, un nombre malgastado que dormitaba en el aire; recurrente, olvidable, una promesa de seguridad y confianza. Hasta aquella ocasión. No era el primer deseo que le pedían, pero hubo algo especial, algo diferente que logró despertar a la criatura:

                ―Ayúdame, Cimopolia ―era la súplica de un moribundo, el lamento desesperado de un hombre dispuesto a creer en la superstición para lograr su deseo―. Protege a mi familia, por favor, protégela…

                De alguna manera, aquellas palabras se quedaron grabadas en ella, la guardiana, la protectora de los Seraph, la última hija del eco.

                Y de ahí al final de los siglos.

*

                La puerta se abrió, convertida en un rectángulo de oscuridad que ensombreció los rasgos de Velvet, marcados por la sorpresa y el miedo. Después de haber convivido con tantas generaciones, Cimopolia era incapaz de dar con alguna peculiaridad que la diferenciase del resto. La muchacha era una suma a color de todos los fantasmas que pululaban en la mansión.

                ―Estás… ¡Estás ardiendo!

                La guardiana bostezó. Una vaharada de humo oscuro se arrastró desde su garganta hasta afuera. “Como una dragona”, pensó para sus adentros.

                ―No te preocupes ―cerró los labios en un círculo perfecto para hacer aros de humo―. No soy corpórea del todo, así que el ácido no puede quemarme.

                ―Ya… ―Velvet desvió la mirada hacia la puerta. Parecía ansiosa por cruzarla, lo que habría hecho cualquier Seraph, pero se contuvo, lo que no habría hecho cualquier Seraph―. ¿Por qué se ha abierto la puerta? ¿Era esa la respuesta?

                ―No ―Cimopolia, seguida por su séquito de libélulas, se adentró en la oscuridad―. En realidad se abriría al beber de cualquiera de las dos copas, pero me habría sentido muy incómoda si hubiera tenido que decir que “Sí” a una pregunta casadera que ideó un demente al que visito de tanto en tanto. Si un mortal común hubiera bebido el ácido, habría muerto, así que tanto daba que se abriese o no la puerta.

                ―¿Y el veneno?

                Las dos muchachas cruzaron el umbral. El camino conducía a un cuartucho angosto en el que apenas cabía una repisa polvorienta. La guardiana se quitó uno de sus guantes para retirar el polvo, las telarañas y el sinfín de sospechosas partículas que se habían ido acumulando en ella. Como por arte de magia, dos objetos reaparecieron entre las pelusas: un frasquito tallado en un cristal oscuro y un estuchito de terciopelo ajado.

                ―Aquí tienes tu respuesta ―Cimopolia le lanzó el frasco a Velvet―. Antídoto. Ese era el truco: resistir al miedo de una posible muerte y la tentación de escapar una vez que descubres la cerradura para tu llave para arriesgarte al responder a esa sencilla pregunta: “¿Es tu amor verdadero?”.

                La chica apretó el cristal con fuerza.

                ―De amor esto no tiene nada ―protestó―. Me da igual que fuese mi antepasado: nada de esto tiene sentido. Quiero decir, ¿de verdad te casarías con alguien dispuesto a arrastrarse en todas estas ridículas pruebas y arriesgar su vida por un motivo tan estúpido?

―Bueno, yo no tengo pensado casarme ―se encogió de hombros―. De todas formas, no confundas a tu tátara tío. Él no buscaba un romance sumiso ni nada parecido. Es más, si tuviese que definirlo con una sola palabra… ―sonrió― Ese hombre era un sádico que disfrutaba con el dolor ajeno. Por ese entonces sus hermanas siempre me estaban pidiendo ayuda: “¡Amadeo me ha escondido los juguetes! ¡Amadeo le ha cortado la cola a mi gato! ¡Amadeo me ha llenado el té de agujas!”

Velvet le lanzó una mirada que oscilaba entre la incredulidad y el desconcierto.

―El mismo día que se terminó de construir todo esto ―Cimopolia abarcó la estancia con ambos brazos, conteniendo en ellos la totalidad del cuartucho―. Me confesó que lo que más le emocionaba era imaginar la angustia de las pobres candidatas cuando creyesen que iban a morir por la pared corrediza después de todo lo que habían tenido que soportar. Por suerte lo casaron con tu pobre tátara tía Candela cuando murió una criada que quiso hacer las tres pruebas.

―Esa parte la conozco―la chica contempló el estuchito. Con delicadeza, lo agitó hasta que se pudo escuchar el tintineo del anillo que había atrapado en él―. Tuvieron un hijo, Barrington, creo…

                Cimopolia asintió.

―Una criaturilla tan encantadora como su padre ―rezongó para sus adentros.

―…pero años más tarde, padre e hijo murieron acuchillados y Candela se lanzó por una torre ―Velvet se dirigió hacia la pared―. Por esta torre con la que soñaron mi madre y mi abuelo.

Una capa de piedra separaba la estancia de la torre. Parecía débil y tan ajada como el resto del palacio, lo suficiente como para que incluso una chica como ella (y con ayuda de algún pico o pala) lograse fracturarla. Y al mismo tiempo, era un muro que se erigía orgulloso, consciente que seguía en pie a pesar del tiempo y la precariedad con la que había sido construido. No era más que un apaño para separar la habitación del torreón que había logrado resistir a pesar de todo.

―La torre de los susurros ―murmuró Cimopolia―. No parece buena idea que quieras entrar ahí.

―¿Por qué no? ¡Si no es la respuesta es la única pista que tengo para investigar la maldición!

―No soy quien para opinar…

―No, no lo eres ―le cortó, recobrando la característica altanería familiar.

―…pero yo no descartaría hablar con una criatura inmortal que lleva presente desde el inicio de la maldición ―añadió, finalmente, con un suspiro de resignación.

Velvet comenzó a palpar la pared. Entre sus dedos se filtraba una pizca de aire que se convertía en lamento al pasar entre las piedras.

―Hay corriente ―anunció―. Así que mi teoría no estaba equivocada cuando vi los mapas: puedo pasar al otro lado.

Cimopolia, que había aprovechado para sentarse en la mesa, tenía la mano extendida. En la palma, una libélula rosa agonizaba.

―La verdad ―comenzó, olvidando sonreír por una vez―. No sé con qué imagen quedarme contigo. Pensaba que eras diferente al resto de tu familia, la primera en siglos con la iniciativa suficiente en intentar romper una maldición que existe únicamente por que nadie ha hecho nada para deshacerla. Aunque todos sabían que existía, ni siquiera se preguntaron su origen. Y antes hasta has hecho un alarde de precaución que poco tiene que ver con la impulsividad natural de tu linaje. Sin embargo, ahora… ―giró su rostro hacia el de Velvet, clavando en la muchacha esos ojos negros en los que no había sitio para la luz―. Resulta que eres tan arrogante y estúpida que los demás. Y es eso lo que realmente os mata: la arrogancia y la estupidez.

La chica, desafiante, le sostuvo la mirada. Estaba cansada, asustada por demasiadas cosas que no comprendía y de las que se había rendido en encontrarles una explicación, pero tenía un orgullo que se negaba a ser aplastado por una criaturilla impertinente que no parecía interesada en nada.

―Ya, ya, arrogante y estúpida. No hace falta que lo repitas tanto…

―Eso fue lo que me dijo el primero que me invocó: “Ayúdame, Cimopolia” ―imitó la voz de un hombre, su súplica y desesperación―. “Protege a mi familia, por favor, protégela… de nuestra arrogancia y estupidez”. ¡Es que no lo ves! ¡Os habéis matado entre vosotros, torturado, inventado mitos absurdos y hasta creado pruebas ridículas! Sois especiales, de una manera de la que nunca nadie lo ha sospechado, pero seguís sin darle cuenta… que podéis darle nombre al aire.

Velvet negó.

―Yo… Ya no sé qué intentas decir.

Cimopolia se encogió de hombros. De entre sus dedos se escurrió un polvillo rosado que brilló antes de desaparecer.

―Yo tampoco sé lo que quiero decir ―rio―. Las palabras están aquí, dentro de mi cabeza, revoloteando como libélulas. Son tantas las cosas que me gustaría contarte, pero no lo entenderías. Ni siquiera terminas de creer del todo en mí: cuando mi tiempo termine y desaparezca me convertiré en un bonito delirio que acabará por ser olvidado…

―Inténtalo ―le retó la chica―. Por el momento eres más realista que la maldición que estoy buscando.

La guardiana cerró los ojos. Sonriente, se desplomó sobre la pared.

―¿Por qué estoy viva? ¿Por qué el espejo habla? ¿Por qué hay lamentos escondidos en el viento? ¿Quién lanzó la maldición? ―y antes que Velvet pudiese abrir la boca, ella misma respondió, con una vocecilla más aguda, impaciente, divertida―. Él repitió una y otra vez esa pregunta, “¿Es tu amor verdadero?”, hasta que su eco quedó atrapado en el espejo. ¡Oh! ¿Lo oyes? Es solo una corriente de aire, ¿o es el lamento de la pobre Candela que se suicidó en la torra? Repitamos que es un lamento, una y otra vez, hasta que realmente el viento se convierta en la voz de un espíritu maldito… ¡Cimopolia nos ayudará! Ella siempre está ahí, así que pídele tu deseo y este acabará por hacerse realidad. Dilo una y otra vez, malgasta su nombre hasta que un día, un día… ―su voz tembló ligeramente como si ya no supiera lo que estaba diciendo―. Hasta que un día respondí… porque me habíais hecho real…

―Ecos ―Velvet negó con la cabeza, anonadada―. Nuestros ecos…

―Ecos que viven, que adoptan forman y convierten lo metafórico en literal ―la guardiana asintió débilmente con la cabeza―. ¿Y qué es esa misteriosa maldición?

La muchacha empalideció.

―¿Hemos repetido tantas veces que había una maldición que esta se ha hecho real?

―Es posible… También que alguien pidiera un deseo, una petición no muy descabellada que ha coincidido con una serie de circunstancias. Del estilo: no descansaré hasta que todos los Seraph mueran o algo similar.

―¡Pero eso es absurdo!

―No, no lo es. Son las últimas palabras de un muerto. Y vuestra familia arrastra demasiados.

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