Ocho oportunidades

El pececito se arrebujó en su disfraz de pájaro. Ni siquiera el azul de las plumas, alegre y brillante como el cielo del mediodía, era capaz de ocultar el gris mortecino de sus escamas, opaco reflejo de su estado de ánimo.

                ―No entiendo por qué todos me odian ―farfulló, añorando seguramente las lágrimas que culminarían su desgracia―. Estoy solo, siempre lo he estado y así seguirá siendo. Nadie me comprende…

                ―Yo estoy aquí ―la araña le tendió uno de sus ochos brazos―. Siempre.

                Intentó acariciar a su amigo, arrancarle del disfraz y hacerle bien que ella le quería tal y como era: sin engaños ni artificios. El pez se revolvió, metamorfoseándose durante un instante en tiburón: mil dientes centellearon, arrancándole la mano.

                ―Estoy solo, nadie me quiere ―repitió, recobrando ya su aspecto de sardina.

                La araña apretó el muñón con fuerza. No quería rendirse, no podía dejar que un amigo se precipitara al vacío si ella podía remediarlo con una telaraña. Pero el mordisco dolía y la ausencia de la extremidad era algo más que un error fruto de un mal momento: era la conclusión de todas las veces que había sido rechazada, herida por el mismo al que intentaba comprender.

                Lentamente, comenzó a alejarse, consciente que ya no había nada que hacer.

                ―¿Lo ves? Hasta tú has dejado de quererme ―gimoteó―. Vete con la mona, que a ella se lo perdonas todo…

                Al arácnido se le escapó un suspiro. La mona se convirtió en gorila cuando le arrancó el otro brazo. Aun así la araña decidió mantenerse a su lado, herida, pero dispuesta a salvar aquel lazo que hace tanto lo había significado todo. Y había servido: su amiga había regresado de la oscuridad, recuperando la alegría, el entusiasmo…

                Ocho brazos había al principio. Ya solo quedaban cuatro.

                La mitad había desaparecido entre arañazos y dentelladas, robados por aquellos que creían tenerlo todo perdido.

                ―Estoy solo ―se escuchó a lo lejos―. Normal, nadie me puede soportar.

                La araña quiso dar media vuelta, retroceder y fundirse en un abrazo de plumas que trajese de vuelta el calor perdido. Pero estaba cansada de salvar a almas perdidas que, al recuperar la energía, la abandonaban por otros.

                Quedaban cuatro brazos. Y no pensaba volver a malgastarlos.

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2 comentarios en “Ocho oportunidades

  1. Es triste y cansado estar ahi para aquellos que han perdido la esperanza, que creen estar solos, animarles y que tras ello te dejen a ti de la misma forma que estaban al princpio, olvidandose. Te acaban rompiendo, como a la araña arancando sus patas, y finalmente acabas desistiendo. Comprendo a la araña, a veces por nuestro propio bien solo queda retirarnos, aunque de eso nos demos cuenta tarde.

    • A veces más vale dar media vuelta que seguir sufriendo, aunque antes hayas tenido que haber perdido cuatro brazos para darte cuenta.

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