Donde sueñan las libélulas 2

Música de fondo

Lidia contempló, meditabunda, la tierra revuelta de la fosa. Podía notar como su inquieto durmiente se burlaba de ellos con su risa sabor a moho.

―Estaba segura que era Cimopolia ―murmuró―. Pero entonces…

Negó con la cabeza, despejándola de posibilidades y pensamientos macabros. No quería saber nada más del resto de los monstruos de los Seraph. Para ella, solo tenían cabida la guardiana y la maldición: una por necesidad, la otra por resignación.

El resto de interrogantes, si por ella fuera, continuarían siendo secretos para siempre.

*

                Cimopolia se permitió dar un ligero paseo por las ruinas del palacio antes de cumplir su encargo. El tiempo, como otras tantas cosas, formaba parte de esos conceptos humanos que no terminaba de asimilar. Un día, una hora, tres años; desde la eternidad era incapaz de notar diferencia. Que la familia Seraph estuviera ahí para recibirla, inmutable en su condición fantasmal, sin ausencias, aunque siempre con nuevas incorporaciones, no ayudaba precisamente a controlar el tiempo que trascurría desde que adoptaba forma humana. O a administrarlo.

                Generaciones de espíritus saludaron a la guardiana. A pesar de la novedad que suponía, ninguno se acercó a molestarla. Las cuatro libélulas, que iluminaban tenuemente su camino al volar, eran sinónimo de una obligación por cumplir. Otros fantasmas, sin embargo, la ignoraron. Como el padre de Lidia; sumamente interesado en leer lo que parecía el boletín de notas de su nieta, o el pequeño Barrington, que se entretenía arrancándole las patas a una araña para desesperación de su tía.

                ―Tu madre se revolvería en la tumba si te viese hacer eso ―farfulló entre dientes una mujer cansada de lo vivido y el hastío de la muerte. Hizo amago de pegarle un cachete, pero al final la amenaza se convirtió en un débil saludo para Cimopolia. La criatura le devolvió el gesto. De todos a los que había protegido una vez, guardaba un recuerdo muy especial de ella y sus hermanas.

                Siempre la llamaban para que las ayudara a escapar de su propio hermano, de Amadeo, verdugo y amigo.

                Cimopolia suspiró. Si hubiese que marcar un antes y un después en la línea generacional, esa sería la existencia de Amadeo Seraph. El resto de vidas no eran más que pinceladas anecdóticas, retazos de historias en las que rara vez había participado o que no merecían la pena ser recordadas. Algunas habían dejado atrás un cuadro que se acumulaba en la galería de antepasados, libros cuyas hojas se consumían, ropa devorada por polillas o deudas de sangre. Y otros dejaban maldiciones y monstruos.

                La criatura se internó por un pasillo prácticamente derruido. El interior del palacete compartía la misma decadencia que su fachada. Era un desastre ya irremediable, fruto del descuido y desinterés de sus últimos dueños. La luz que las libélulas desprendían arrancó pedazos de sombras a las desprendidas paredes. Aquella zona, hundida y casi desmoronada, con el esqueleto de la construcción asomando entre la pintura, recordaba a la garganta de una bestia. Cimopolia extendió un brazo. Ni siquiera sus colores sobrevivían a esa zona, devorados por las tinieblas que recorrían la galería y sus pasadizos.

                Por ello, el contraste con el salón era particularmente notable. También estaba a medio descomponer, anclado para siempre en una estampa azul por el cielo que se filtraba por los diversos agujeros. Azul oscuro, con una pizca de gris, coloreaba unas paredes en las que el polvo brillaba como estrellas.

                Y en su centro, un hombre joven tocaba el piano.

                El instrumento resistía las acometidas del intérprete, quien con tranquilidad y pericia era capaz de arrancarle un sonido que casi podría calificarse como hermoso. A pesar de la madera podrida de la carcasa y del óxido que cubría las teclas, una melodía emergía del piano, ascendiendo hacia el cielo para luego desaparecer.

                Desde su puesto de espectadora, la guardiana contempló a Amadeo Seraph. No era del todo corpóreo, al igual que el resto de los fantasmas, pero se movía con una ilusión de la que carecían los demás. Tenía más energía que algunos vivos y casi podría parecer uno de ellos sino fuese por la palidez grisácea, la inexpresividad de sus ojos o los momentos en los que era completamente traslúcido. Para ella, que lo había conocido en ambos estados, no había casi diferencia entre ambos: tenía la misma sonrisa de loco contenida en un rostro sereno que a veces lograba parecer hasta confiable. Su elegancia natural resistía al destrozo de su cuerpo: trece cuchilladas desgarraban su pecho en una amalgama de tela rota y sangre seca.

                Todavía era un hombre apuesto, aunque demasiado enamorado de sí mismo como para compadecerse de otro ser humano.

                Cimopolia se situó a la altura del piano. Amadeo no hizo amago de haberla visto, pues siguió tocando hasta que la última nota quedó flotando junto al eco.

                ―Hacía tiempo que no venías a saludarme, guardiana ―el fantasma le dedicó una sonrisa de lobo―. Se nota que prefieres a mis hermanas.

                ―Son un caso especial que se merece mi compasión ―se sentó encima del piano con la gracilidad de quien no es real del todo―. Aunque reconozco que tu parafernalia para buscar esposa fue especialmente divertida.

                Un brillo nostálgico recorrió el rostro del fantasma.

                ―Las tres pruebas ―suspiró.

                ―Sí, tus tres pruebas por amor… ¿Y sabías qué? Vuestra descendiente actual acaba de activar el mecanismo de la tercera.

                Amadeo rompió a reír. Su carcajada era la misma que la que se le había escapado a la guardiana al recibir la noticia: aguda, histriónica y sin pausa para recuperar el aliento. Tampoco es que ninguno de los dos lo necesitase.

                La joven frunció ligeramente el ceño, aunque manteniendo su sonrisa de duende. No recordaba en qué momento se le había contagiado esa risa, qué había sucedido para que acabase por formar parte de ella. Quizás simplemente le había gustado, olvidando o sin tener en cuenta su origen.

                ―Esto me plantea una serie de cuestiones éticas sobre el incesto y la viudedad ―comentó el espíritu, recobrando rápidamente la compostura.

                ―Tienes toda la eternidad para resolverlas. Pero ella no tiene tanto tiempo. Ni la llave ya que no ha pasado las otras dos.

                ―La llave ―repitió―. Sabes que es una horquilla, ¿verdad?

                Cimopolia hizo aparecer entre sus dedos una horquilla sencilla, rosa y azul, con un brillante en el extremo.

                ―¿Era así?

                ―Bueno, tenía otros colores, pero eso al mecanismo no le importará. Con que encaje es suficiente.

                ―Eso me figuraba ―se incorporó de un salto―. Bueno, hay una Seraph a la que salvar antes que acabe convertida en un emparedado. Hasta otra ocasión, Amadeo.

                ―Adiós, Cimopolia ―el hombre tocó un par de tonos en una tonadilla improvisada―. Quizás ya lo sepas, quizás no, pero siempre hubo un motivo para hablar de amor verdadero.

                La guardiana asintió. Como era habitual, solían olvidar que ella siempre estaba allí, aunque no pudieran verla, aunque no tuviera forma corpórea, humana o visible. Ella formaba parte de aquellas tierras, sus misterios y habitantes.

                Y, consecuentemente, acababa por conocer todos sus secretos.

*

                La distancia que la separaba de la pared era ya de centímetros. Velvet escudriñó por enésima vez su superficie de ladrillo. Hasta el momento, su mayor descubrimiento era una hendidura justo en el centro. Había intentado manipularla con un trozo de alambre y un bolígrafo, pero solo había servido para detenerla durante un momento antes que continuase hacia delante. La muchacha estaba segura que ese era el mecanismo de seguridad que detendría la pared, pero no sabía cómo. Y la leyenda no hablaba de trampas, sino de dos copas y su contenido mortal.

                ―¿Es tu amor verdadero? ―Repitió el espejo.

                “Solo me queda el ácido o el veneno”, la joven contempló ambos cálices. El del “sí” era la opción que le parecía más lógica: después de tantos años, el veneno habría perdido la mayor parte de sus capacidades. Si es que realmente quedaba algo.

                Velvet siempre se había considerado una persona que actuaba guiada más por el sentido común que por decisiones ilógicas. Estaba muy satisfecha de su racionalidad y a veces hasta desdeñaba a los que preferían la impulsividad y luego se lamentaban de sus consecuencias. Por ello, había tardado años en organizar su visita a la ruina polvorienta que había heredado de su madre. Si por ella fuera, nunca habría pisado un lugar que amenazaba al mismo tiempo con derrumbarse, contagiarle mil enfermedades o darle un ataque de alergia. Sin embargo, allí estaba, atrapada en un mecanismo a toda luces mortal que supuestamente había construido uno de sus antepasados para encontrar esposa.

                Y todo para romper una estúpida maldición de la que no estaba segura si era real.

                La muchacha rememoró todo lo que había leído sobre las tres pruebas de Amadeo Seraph. Había llegado hasta memorizar el texto después de comprender que para acceder a la torre no le quedaba más remedio que cruzar la habitación donde se desarrollaría la tercera.

                ―Llegó el momento en el que a Amadeo no le quedó más remedio que buscarse esposa ―murmuró―. A pesar de su estatus, anunció que organizaría tres pruebas a las que se podrían presentar cualquier mujer, plebeya o noble, que aspirase a amarle. Muchas lo intentaron, a pesar que desde el principio se advirtió que serían peligrosas…

                Tres pruebas.

Buscar un papiro en la biblioteca.

Recuperar una horquilla del bosquecillo.

Responder a una pregunta.

―¿Es tu amor verdadero? ―Insistió el espejo con dejadez.

Velvet contuvo un grito de frustración. No se había tomado en serio ninguna de las tres. Al fin y al cabo, el cuento de hadas no logró su final de perdices: Amadeo se casó con una prima lejana y el resto de jóvenes se perdieron buscando papeles y joyas.

Súbitamente, un rostro pálido, pero enmarcado con una melena de colores, atravesó la pared. La joven sintió como su racionalidad se fragmentaba de nuevo al ver cómo el cuerpecillo de una chiquilla terminaba de cruzar el ladrillo.

―¡Hola! ―Se hizo oír entre la voz del espejo y el chirriar de los mecanismos―. Soy Cimopolia, guardiana de la familia. Tu madre te envía recuerdos.

―Lo que faltaba ―murmuró, dejándose caer mientras la recién llegada se inclinaba sobre la hendidura. Llevaba consigo una horquilla que encajó a la perfección, deteniendo la pared cuando estaba ya a un suspiro de ella―. Gracias, Cimo… ¿Cimoqué?

―Cimopolia ―repitió con resabida paciencia―. ¿Tu madre nunca te habló de mí?

―Murió cuando yo era pequeña. No recuerdo gran cosa sobre ella ―la muchacha se incorporó con torpeza. No estaba cansada y mucho menos herida, pero se sentía como si sus piernas hubieran adoptado la consistencia de la gelatina―. Tampoco tuvo tiempo para contarme gran cosa.

Se le escapó parte de ese resquemor que tenía acumulado, un lastre que se alimentaba de la frustración de las respuestas partidas, falsas o incompletas; y los celos hacia esa extensa colección de madres, padres, hermanos y abuelos que sus amigos poseían. Ella tenía dinero, más del que llegaría a gastar, pero insuficiente para arreglar ese vacío al que algunos llamaban familia.

―Dile que estoy bien ―susurró, lanzándole una mirada fugaz al cáliz del veneno―. Y que voy a romper la maldición.

Cimopolia ladeó la cabeza, como un búho especialmente curioso.

―Felicidades ―rio entre dientes―. No solo has heredado la arrogancia y tenacidad característica de tu familia, sino que también te han bendecido con una pizca de iniciativa. ¿Es mucho preguntar qué tiene que ver esto con romper la maldición? Hasta donde alcanzo a imaginar, beber esa copa de veneno solo agilizará tu muerte.

Velvet le dedicó una mirada desafiante, dispuesta afianzar todas aquellas características y sentirse orgullosa de ellas.

―Quiero cruzar al otro lado para llegar a la torre.

―¿La torre? ―la guardiana hizo una mueca. Por primera vez, algo parecido a inseguridad titiló en sus palabras―. Mala idea.

―Todos antes de morir han soñado con esta torre. Está en los diarios de mi madre y mi abuelo ―la joven posó la mano sobre la piedra―. Y yo voy a llegar a ella cueste lo que cueste.

―Qué remedio ―suspiró Cimopolia para sus adentros.

Y cogió la copa del “No”, la del ácido, para llevársela a los labios y tragar su líquido corrosivo con una mueca de resignación.

La primera libélula se deshizo en llamas azuladas mientras la puerta se abría por primera vez en más de cien años, pero no para una joven enamorada, sino para dos chiquillas: la irreal y la maldita.

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