Donde sueñan las libélulas 1

Música de fondo

Los restos del palacio descansaban en una hondonada, amparados por aquella noche sin luna. Poco quedaba en pie: una torreta torcida, tres cuartas partes de los muros y la cara oeste se erigían con orgullo de reliquia histórica a pesar del polvo, la decadencia natural y los cientos de desperfectos que decoraban la piedra. Los restos de un camino, sepultado por las malas hierbas, bordeaban la ladera hasta el cementerio que acompañaba al edificio. El resto de senderos se habían perdido en el bosquecillo que rodeaba la hondonada en un abrazo asfixiante, como si su intención fuese hacer desaparecer aquel lugar. A decir verdad, ni siquiera las alimañas se atrevían a recorrer esa tierra abandonada y anclada para la perpetuidad en una época de dichos y leyendas.

Y una de ellas, una cualquiera, cuyo nombre forma parte del eco que recorre las ruinas, todavía existe.

Lidia Seraph se detuvo delante de la verja que separaba el camino del camposanto. A pesar que no necesitaba recuperar el aliento, a pesar de su aspecto demacrado y traslúcido, a pesar de su innegable condición de fantasma, estaba temblando. Armándose de valor, la mujer cruzó los restos oxidados de la puerta. El cementerio compartía el mismo orgullo putrefacto del palacio: diferentes panteones y estatuas (Todas ellas de ángeles: volando, descansando, extendiendo un brazo…) descansaban con elegancia en un laberinto que recordaba más a un archivero de antepasados que a un auténtico lugar de descanso. La familia de sangre a un lado, la política a otro, los sirvientes más fieles en su propia parcelita… Y en el centro de todo, rompiendo el esquema y alterando parte del orden, había una fosa común.

El espíritu se detuvo en la tierra revuelta después de saludar a una de sus tataratías que rondaba las dimensiones con una cesta vacía. El temblor, lejos de desaparecer, se había hecho más intenso. Toda su figura retemblaba, inconsistente como el reflejo de un estanque.

A pesar de sus quince años de vida fantasmal, atrapada en unas ruinas de las que no podía salir y conviviendo con todo tipo de espectros, el esqueleto que se retorcía en la fosa todavía lograba estremecerla. Quizás fuese por sus nuevas cualidades paranormales, pero podía sentir esa presencia que en vez de descansar en paz se revolvía en un sueño inquieto. O una horrible pesadilla.

Quería huir, pero estaba desesperada y solo quedaba ya una leyenda a la que recurrir.

―Cimopolia ―le susurró a la tierra mojada. Detrás suyo, el fantasma de la cesta asomó su rostro de abuelita entre las lápidas, instigado por la curiosidad― Cimopolia, aparece, por favor, te necesito…

Lo único que respondió a sus plegarias fue un silencio vacío, ausente hasta del susurro de las hojas.

―Cimopolia ―repitió, más frustrada que asustada―. Sé que estás aquí. Aparece. ¡Es una orden de la familia a la que tienes que proteger!

Lidia lanzó una nueva mirada desesperada a la fosa. El esqueleto parecía haberse detenido, tan expectante como ella.

―Proteger a los muertos está fuera de mi jurisdicción.

El fantasma tropezó con su propia falda. Había una muchacha, salida de la nada, sentada en una de las lápidas. A pesar de su estatura y carita de duende, sus ojos eran dos pozos antiguos en los que brillaban siglos de existencia. Solo su sonrisa traviesa parecía contrarrestar esa oscuridad. Y su pelo, dividido simétricamente en azul y rosa pastel, camuflaba la desconfianza natural que los seres como ella despertaban en los humanos.

Cuatro libélulas la acompañaban, dos rosadas y dos azuladas.

―Lidia, ¿verdad? ―La criatura hinchó los mofletes―. Sé que los treinta son una edad preciosa, ¿pero no podías esperar un poco más para morirte?

Intencionado o no, el espíritu recibió la pregunta como un insulto. Una de las muchas reglas que tenían los Seraph para su convivencia fantasmal era no hablar sobre las causas de defunción.

―Hay una maldición, ¿recuerdas, supuesta protectora?

―La recuerdo a la perfección: llevo hablándoos de ella desde el siglo pasado. Pero nada, no le prestáis atención hasta que es demasiado tarde ―se encogió de hombros sin ocultar una sonrisilla―. Tu padre no pensó que fuera real hasta que la diñó. Necesitó ese último empujito final para empezar a investigarla. Irónico, ¿no te parece? Solo los muertos os interesa lo que os pueda contar de la maldición e intentáis desentrañar su origen. Lástima que lo que descubráis nunca lo podrán escuchar vuestros herederos vivos. Y cuando me enviáis el recado, no me escuchan… hasta muertos ―negó con la cabeza―. Estáis condenados a un círculo vicioso por vuestra propia arrogancia.

―¡Cimopolia! ―La vieja salió tras la tumba, agitando con énfasis su cesta―. Criatura arrogante, ¡no olvides que eres nuestra sierva más leal! En mis tiempos no habríamos tolerado esa falta de respeto…

―Son nuevos tiempos, Baya ―rio mientras la saludaba―. Tiempos aburridos: los nuevos descendientes dejan de creer en mí y solo me recuerdan antes exámenes que no han estudiado o para tener suerte en la entrevista de trabajo. Lo siento, pero no soy una diosa que responde a las plegarias: solo una protectora que te alcanza el tarro de las galletas cuando no llegas o te protege del sádico de tu hermano ―extendió los brazos, un movimiento que los insectos acompañaron con un par de círculos―. ¡Miradme! Después de años de olvido, solo el ruego de un fantasma ha podido traerme de vuelta, pero su súplica solo es suficiente para cuatro libélulas. Lo siento, Lidia, pero no tengo ni fuerza ni la habilidad para ayudarte en tus asuntos sobrenaturales.

La mujer levantó la mirada, desafiante.

―No es para mí: es para mi hija, la última heredera de los Seraph.

Cimopolia asintió, visiblemente concentrada.

―Velvet ―añadió al final, satisfecha al haber recordado el nombre―. ¿No es ya mayorcita para invocarme ella sola?

―Digamos que mi hija es… un pelín escéptica.

―Demasiada libertad le has dado ―masculló Baya―. ¡Y me da igual que sea una adolescente! Si el palacio se derrumba, será culpa suya.

―Ajá ―la criatura se cruzó de brazos. A pesar que no dejaba de balancearse lentamente, casi con dejadez, por fin parecía interesada―. Entiendo: tu hija no cree en mí así que eres tú la que viene a pedirme ayuda.

―Exacto ―la fantasma asintió, aliviada a pesar del temor a que la protectora ignorase su petición―. Por favor, Cimopolia, ayúdala. Es mi hija, todavía una niña y está a punto de morir.

―¿Enfermedad? ¿Accidente? ¿Algún lobo hambriento?

―¿Cazadores furtivos? ―Se unió la vieja Baya, entusiasmada ante la adivinanza―. ¿Veneno? ¿Un primo que quiere quedarse la herencia?

Lidia negó.

―Ha activado el mecanismo de la tercera trampa.

Sin previo aviso, Cimopolia cayó al suelo entre el revuelo de las libélulas y un sonoro golpe. Los dos espíritus se acercaron, intrigados, al cuerpo desmadejado de la criatura. A pesar del batacazo, la protectora se había quedado exactamente donde había caído, eso sí, sin dejar de mover los brazos frenéticamente o girar la cabeza en ángulos imposibles para un humano normal.

―¿La tercera? ―Farfulló―. ¿Después de tantos años por fin alguien está haciendo la tercera prueba? ―Echó la cabeza atrás antes de romper a reír a carcajadas. El impulso de la risa sacudió su cuerpecillo en movimientos histriónicos.

“Seguro que el esqueleto también se revuelve así”, pensó Lidia para sus adentros.

―¡Te recuerdo que mi hija está en peligro! ―Gritó, sobreponiéndose de la sorpresa―. Deja de reír y ayúdala.

―Lo siento, lo siento ―Cimopolia se incorporó lentamente―. Es una broma particular que no puedes ni espero que comprendas.

La fantasma se contuvo para lanzarle su extenso repertorio de frases de madre y amenazas veladas. La falta de desconsideración de la criatura era algo secundario si lograba salvar a Velvet.

―¿Puedes hacerlo?

Una sonrisa inmensa cruzó el rostro de duendecillo.

―Por supuesto, será incluso sencillo.

Al fin y al cabo, ella había estado presente el día en que Amadeo Seraph decidió convertir su matrimonio en un juego y las construyó: tres pruebas por amor, tres trampas que nadie logró superar.

“¿Qué elegirás, Velvet?”, Cimopolia se pasó la punta de la lengua por los labios, “¿El veneno o el ácido? Es un enigma con un truco tan simple como retorcido”.

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2 comentarios en “Donde sueñan las libélulas 1

  1. Buenas noches brujita. Antes que nada me disculpo por cierto aspecto. No se si te llegaron los comentarios y mi opinión final acerca LLDV, espero que si. Y bueno ahora que ya estoy un poco mas metida en materia, volvemos a ello.
    Lo cierto es que había visto anteriormente a y siempre me había despertado la curiosidad. Tenia ganas de conocerla. Y me ha sorprendido. Supongo que no me esperaba esa actitud burleta de aquel que es mas viejo que la muerte y ya lo ha visto todo. Y me gustó 😀 (Si te soy sincera la veía y me recordaba a obsesión por cierta ilustración tuya. Cosa que me sabe mal que no leyera la historia en su tiempo ya que es como uno de tus peldaños faltantes).
    Y acerca Velvet y toda su parnetela, a ver como avanza la cosa éwé

    • Sí, me llegó (En todo caso, culpa mía: tardo siglos en aprobar los comentarios porque no quiero que se me olvide responderlos).
      Bueno, no siempre las historias sobre la muerte iban a ser tristes y deprimentes. ¡Después de Hija del humo tocaba darle un poco de color al asunto!
      Ahora que lo comentas, entre el corazón y los colores tiene cierto aire, pero en serio, no lo había pensado hasta ahora XD

      En fin, ¡espero que disfrutes de este cuentecillo!

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