Témpanos y astillas

Música

                La flor nacía de su corazón, enraizaba en sus venas y florecía junto a sus ojos. Era una amapola de escarcha, pura y cristalina, gélida como el escalofrío que recorría su cuerpo y nublaba sus sentidos. Pero tenía que seguir caminando, aunque su final se hubiera perdido tiempo atrás y cada paso fuese una tortura que clamaba por detenerse, por enterrarse en la nieve, por tirar la carga y rendirse.

                Rendirse. La flor había incluido esa palabra en su vocabulario, enmascarándola con promesas y falsas metas.

                “Ríndete”, susurraron las astillas de hielo que cruzaban su cuerpo, “Ríndete. Nada de lo que hagas importa. Déjalo.”

                “Sueña”, le tentaron los témpanos que bordeaban el camino. Podía ver su reflejo en ellos, distorsionado en una imagen triste y grotesca, “Sueña con un mundo sin dolor ni soledad. Crea ese universo que no te pueda defraudar”.

                El veneno de la amapola era pegajoso como la miel, pero detrás del empalago estaba el sabor más amargo: decepción, frustración, rabia.

                Cada paso era un esfuerzo titánico, pero merecía la pena. Significaba que todavía podía seguir adelante, a pesar del hielo, la flor y todas esas voces que no se cansaban de repetir que lo dejara.

                Sonrió. Todavía le quedaban demasiadas estrellas fugaces en el bolsillo como para rendirse.

Que las estrellas iluminen siempre vuestros caminos en los días más oscuros.

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