Un ángel solitario

                El ángel relucía en la oscuridad del cielo. Mil estrellas había y ninguna era capaz de superar el brillo innato de la criatura o el blanco puro que caracterizaba su ropa, su pelo, su piel, sus alas. Sin matices ni sombras que caracterizasen a los diferentes tonos, todo él podía confundirse en una única mancha de aspecto vagamente humano.

                El ángel flotaba con una parsimonia caprichosa en el punto exacto entre el cielo y la tierra, a medio camino del arriba y el abajo. Las estrellas, el azul oscuro y la silueta de algún planeta quedaban a su espalda. La lejanía del resto del mundo dormitaba a sus pies.

                Había, también, una barrera imaginaria con complejo de cápsula, un muro invisible entre él y los demás. Le separaba del arriba y el resto de seres celestiales. Le separaba del abajo y los corazones humanos. Le aislaba en una trampa de cristal que flotaba un poco antes del firmamento, un poco después de la Tierra.

                Pero al ángel no le importaba: había descubierto que le gustaba estar solo.

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