Objetos perdidos

                La muchacha tiembla ante el portón. De emoción ante la posibilidad de recuperar lo perdido. De miedo por si se ilusiona demasiado y una vez más no encuentra nada. Y de frío, porque es el último día de enero y el mes parece estar comprimiendo toda la nieve que le quedaba en esa misma tarde.

                El recepcionista tampoco ayuda. Lo único que se distingue en la portezuela son dos ojos diminutos, marrones y demasiado juntos que la escudriñan con una pizca de impaciencia. También se ve el inicio de una nariz inmensa y enrojecida y dos cejas tan pobladas que seguramente posean fauna propia.

                ―¿Objeto perdido?

                La chica se desespera. Ya le ha dado todos los documentos con la información pertinente, pero el empleado no parece haberse interesado en ellos.

                ―Mi… ―carraspea en un intento de hablar sin toser―. Mi voz…

―Aquí no tenemos de eso ―zanja mientras un tintineo indica que su turno ha acabado―. Nosotros guardamos a los auténticos objetos perdidos y, como se puede ver, todavía te queda voz.

―No, no hablo de esta voz. He perdido mi voz literaria.

Los dos ojillos se mantienen impertérritos.

―Te vas a acatarrar ―le advierte mientras cierra la ventanilla.

La muchacha le da una patada a un montículo de nieve. ¿Y qué más da? Ha perdido la capacidad de describirla, de incluirla en un relato o de convertirla en una metáfora en la que sea algo más que nieve.

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