Decadencia 15

Música de fondo

Missy contempla el armario, más anonadada que cabreada, mientras las ventanas se agrietan y las paredes se llenan de diminutas marcas y arañazos. El tiempo se ha echado encima de la elitista academia Sidhe. En un suspiro el verano ha finalizado, el otoño ha durado un par de segundos y el invierno se descongela mientras se acerca la primavera. La última.

                En los pasillos hace frío. Una fina capa de hielo se extiende a través del radiador. Es de un blanco sucio, puede que incluso gris, y sus bordes se retuercen formando motivos florales. Sentada en un pupitre de madera desvencijada, Petunia contempla la escarcha mientras sus dedos se desesperan por encontrar un lápiz y comenzar a dibujar. En las sillas. En las paredes. En la pizarra y los ventanales. Ha perdido el interés de redibujar el instituto y encerrarlo en su cuaderno. Tiene que formar parte de él y su encanto extraño. Quizás solo así despierte ese arte al que desde pequeña le han inculcado las mismas reglas de perfección.

                La punta del portaminas boceta a una niña con tres ojos y cuerpo amorfo, como una de esas caricaturas animadas que tanto le gustan a Arameo y que a ella siempre le habían parecido algo espeluznantes. Pero no esa vez: está orgullosa de ese dibujo de trazos simples y rasgos casi desdibujados que, sin embargo, resplandece. Al contrario que sus bodegones y sus retratos realistas.

                Entusiasmada, Petunia se gira hacia su compañero.

                ―Mira ―susurra, indicándole el radiador con un breve codazo.

                Pero el hielo ya se ha derretido.

                El armario está roto. Al igual que todas las promesas de obras de teatro, fiestas de Halloween, peleas de bolas de nieve y concursos navideños. Las ideas continúan en el cajón de los proyectos fabulosos que nunca serán llevados a cabo. Missy contiene un par de lágrimas de frustración a pesar que, en el fondo, se alegra. No está hecha para el mundo de las fiestas, sino para el odioso imperio de los exámenes, los trabajos de sobresaliente y las tardes de estudio. Aun así, la chica sabe que ha fracasado, pero no es culpa suya.

                Nada de esto habría sucedido si no fuese por Anarchy y su tozuda impaciencia. Anarchy y su inexistente autocontrol, su falta de sentido común y esa incipiente vena caótica que había estallado en el momento más inoportuno.

                El cerdito profirió un último grito, esta vez completamente porcino, antes de echar a volar. Primero en círculos algo elípticos y luego rumbo a la residencia. El suyo era un vuelo torpe, como si no estuviese acostumbrado a tan grandes esfuerzos o como si contase con que Cameron le siguiese. El chico contempló por última vez el patio. Más allá de los seres que su mente imaginaba, podía sentir como se acercaba una presencia entre real e ilusoria. Era algo más que un presentimiento: era una certeza de leyenda que acompañaba al deterioro que había sacudido a la academia. Primero la piedra rota, luego el florecimiento del monstruo.

                No, nada de eso tenía sentido, pero así había sido su vida los últimos meses, por lo que aceptó la premonición con indiferencia: si no afectaba a su tortuosa historia de amor, era un dato completamente irrelevante.

                Calmada ya su conciencia, el joven echó a correr detrás del cerdito, superando rápidamente la distancia que los separaba. Al cruzar el portón que delimitaba los jardines de la residencia de estudiantes su corazón se detuvo.

                Consolando a otra chica está ella. Pelo verde, ojos aguamarinas y ropa manchada de sangre.

                “Tendría que haber seguido desaparecida”, piensa Missy para sus adentros mientras contrae los puños, “pero no, tuvo que regresar y desequilibrarlo todo”.

                Está siendo injusta y lo sabe. Desaparecer no es tan sencillo ni divertido, ni siquiera debería de existir una lista que casi lo convierte en juego. Desaparecer es dejar de existir, de ser uno más con las sombras y convertir tu cuerpo en una carcasa vacía de vida.

                Desaparecer es morir durante un instante a cambio de mantener el equilibrio de Sidhe.

                Su principal efecto secundario es perder la cabeza.

                Solo en la tranquilidad del exterior Anarchy se atreve a abrazar a Lizzie. Es un abrazo de consuelo, pero también un cepo para evitar que la muchacha se derrumbe. Está a punto de hacerlo, como delatan sus pupilas dilatadas y el balbuceo constante que las ha acompañado desde que salieron del cuarto.

                Sin dejar de aferrar a su compañera, la chica le lanza una mirada de suspicacia al edificio de siete plantas que se encuentra detrás suyo. “Residencia”, reza el letrero de la entrada, pero lo último que parece es un hogar de estudiantes. Ladrillo marrón, terrazas desnudas y folios empapelando la entrada con más reglas. Lo primero en lo que Anarchy piensa es que es otro fracaso, una idea que nace desde lo más profundo de su subconsciente y que no tiene ninguna justificación. Lo segundo en lo que cae es que cuando desapareció ese sitio no existía.

                Cuanto más vueltas le da, menos claros son los días antes de su desaparición. Lo único que recuerda es que estaba enfadada, harta de la exigencia de las clases y la monotonía de los días. Deseó irse de allí, pero no solo fue eso, hay algo más: una discusión, ese deseo hecho palabra…

                Confusa, la joven frunce el ceño. Entre las plantas que rodean al edificio hay un esqueleto sin cabeza que aun así parece mirarla. Y sus falanges descarnadas están abrazando una muñeca rota.

A través de la ventana se puede ver el patio del instituto, sus exagerados dominios y, a lo lejos, los edificios grises de una ciudad que se está desvaneciendo en polvo blanco.

Pero nadie la echará de menos porque, en realidad, nunca estuvo allí. Era solo un decorado, una imagen genérica y común de cómo tiene que ser una ciudad genérica y común.

Kris se recuesta en la puerta de los vestuarios. Aquellos últimos días han sido de un ridículo tan frustrante como el tiempo perdido entre taquillas y duchas. Pero a pesar de haber estado incubado un cabreo que amenazaba con eclosionar, al salir al patio sus emociones se han congelado. El muchacho se siente aturullado por la apatía. Tembloroso, se deja caer, desbordado por un cansancio inexplicable. Toda su energía ha desaparecido de golpe, robada en un centello inexplicable y fugaz.

Y entonces, la escucha: una canción que es el conjunto de todas las canciones que ha escuchado en algún momento de su vida. Una melodía con esencia propia que se retuerce entre tonos de rosa.

El título de la canción es su propio nombre.

En el armario hay dos piezas intrusas: una corbata y una mascarilla. Y faltan unas tijeras de podar. De eso se encargará más tarde. Primero hay que hacer inventario de todo lo que se ha escacharrado o ha desaparecido.

                Missy suspira antes de dejarse caer en la silla de terciopelo negro que preside la estancia. A su espalda, un cortinaje deslustrado y raído oculta la cuarta pared. Las otras tres están recubiertas con armarios, estantes de libros y varios ventanales.

                A veces se olvida que ella también es la directora.

                Lexel se para delante del despacho de la directora. Tiene que ponerle al corriente de todo lo que ha ido recabando, pero se detiene con el puño en alto. Odia su misión, sobre todo cuando tiene que espiar a sus mejores amigos, pero sabe que es por un buen motivo.

                Aun así, ni todas las buenas razones pueden justificar el amasijo de sombras siniestras que se perfila alrededor de la puerta, invitándole a entrar con la promesa de no hacerle daño siempre y cuando cumpla su palabra.

Missy cierra los ojos. El cansancio perfila su rostro de adolescente, pero todavía no puede rendirse. Primero tiene que detener a esa voz que canturrea mezclada con el eco:

―Es demasiado tarde―se burla, con encanto aterciopelado, un ser que no debería de tener voz ―. Soy la semilla de la Decadencia y ya he arraigado.

Luego suena su móvil.

Palatina sonríe al escuchar como descuelgan la llamada. Todavía está en el cuarto de Senhua, entre mariposas y manchas de sangre. Satisfecha, apoya una mano sanguinolenta sobre el cristal. Desde donde se encuentra puede ver a Anarchy y Lizzie a través de la ventana. También a un chico rubio, pero ese no es importante en su crimen.

―¿Sí? ―La voz de Missy suena tan agotada como la última vez que hablaron.

―Ya he encontrado el arma del crimen ―anuncia con palabras desbordantes de satisfacción―. Y dada una serie de circunstancias, tengo las suficientes pruebas para acusar legítimamente a Anarchy y abrir el juicio.

Un silencio receloso precede a la respuesta.

―Lo sabes ―no es una pregunta, sino una, y dada la situación, irónica acusación―. Sabes que no tenemos tribunales y jueces, pero aun así quieres montar una pantomima. Lo sabes… ―un deje de sorpresa se perfila en su tono―. Has sido tú quien lo ha estropeado todo. ¡Eres tú quien ha desequilibrado la balanza!

Palatina pasa las páginas de un álbum mientras sonríe, divertida ante el exabrupto de quien intentó convertirla en aliada.

―Puede que nada sea real, pero aun así ha habido un crimen y yo voy a repartir justicia.

―¿No se supone que ibas a revelar la verdad?

―Sí, pero esto es más divertido ―sus dedos se detienen en una página, embadurnándola de sangre. Con cuidado, la chica se restriega la mano en la ropa antes de retirar con delicadeza una foto―. Pero no te he llamado solo para esto, querida Missy. Dada la nueva línea de investigación que estoy desarrollando, ha sido necesario editar el nombre de los protagonistas.

―¿A qué te refieres?

―Puedo asegurar con completa rotundidad que tengo las suficientes pruebas para confirmar que la muerte de Senhua, Ópalo y varios chicos más es culpa de Anarchy…

―¿Ópalo también? ―la histeria empieza a resquebrajar la seguridad de Missy―. ¡Es por ella que estamos a punto de entrar en Decadencia!

―… y tuya. Acabas de ser acusada formalmente como cómplice de esta trama de asesinatos. Un saludo.

Colgó.

Palatina contempla la foto, una de las más antiguas que ha encontrado a pesar de no tener más de un par de años. Dos chicas sonríen a la cámara con timidez: Missy y Anarchy, compartiendo la misma pulsera de la amistad, la misma postura cansada pero orgullosa y un diez perfecto en el trabajo que blanden con satisfacción. Pero lo más sorprendente es el estilo de aquella Anarchy embutada en un uniforme soso y con una cabellera enmarañada que le llega hasta la cintura. E indudablemente de un marrón común que no puede ni destacar unos ojos que parecen simplemente azules.

Aquella es una chica más, una del montón. Alguien a quien uno no tardaría en olvidar.

Y con el punto de ruptura llega ese momento (Que más bien es una caída en picado y sin paracaídas) de las respuestas y de encontrarle sentido a la historia. Que sí, que lo tiene, desde los cerdos voladores hasta los cambios de narración. Y si habéis estado atentos, en este capítulo ya se dan todas las pistas sobre la verdad de los principales misterios 😉 Así que hasta nuevo aviso, el juego se detiene: es hora de las respuestas y conclusiones de la historia que nació con vuestras respuestas. Como siempre: las teorías, comentarios y apuestas sobre quién será el siguiente en perder la cabeza siempre son bienvenidas ❤

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