No hacen falta aplausos

                Ahí estaba, finalmente, en lo alto del escenario, abrazado por la calidez de mil aplausos. Podía bailar, podía cantar y componer aquello que consideraba arte, pero también podía notar el cariño de su público, ese amor idolatrado que despertaban los ídolos. Era querido. Era venerado. Era un artista.

                Desde el estrado, el payaso ultimó una acrobacia con una reverencia aérea. Volaba, más alto de lo que había llegado a soñar, lejos de las mundanidades de la vida común. Dentro de la carpa de colores, era todo lo que quería ser, un ser infinito sin límites capaces de detenerle.

                Los aplausos sonaban a intervalos regulares entre chirridos y zumbidos quejumbrosos. No había nadie. Ni siquiera las grabaciones funcionaban correctamente, pero dentro de su mente, el falso público era suficiente para hacerle feliz.

                Y la puerta continuaba abierta, una invitación trémula para adentrarse en la carpa y descubrir sus sorpresas.

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