Huída premeditada de la cena de Nochebuena

                El fugitivo se escurrió entre los árboles, silencioso como un suspiro, incansable. Atrás quedaron las luces del pueblo, las callejuelas decoradas con motivos navideños y la casa. Esa casa monstruosa, ardiente, en la que casi había sido devorado.

                El pavo caminaba sin miedo ni cansancio, únicamente con la determinación de escapar de su destino. Los muñones que tenía por patas dejaron un reguero de diminutas huellas, manchurrones de ausencia en la nieve, que no tardaron en desaparecer. El viento helado que envolvía el camino hacia las montañas había cubierto su cuerpo con una fina costra de escarcha, arrebatándole el olor a asado, las pequeñas hortalizas que se habían ido desprendiendo y esa capa aceitosa con la que había salido del horno y que tanto había dificultado su escape. Sin cabeza, ni plumas, ni siquiera extremidades, había sido toda una hazaña escabullirse de la cocina, prácticamente deslizándose en su propio caldo, hasta encontrar el ventanuco que le había permitido abandonar ese antro de bestias hambrientas.

                En la linde de la montaña, por primera vez se sintió realmente libre. Luego apareció el lobo.

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