Pobre muñeca rota

Música de fondo

                Recogió la muñeca del suelo, más por la obligación de ordenar sus cosas que por cariño. El rostro de trapo le devolvió una sonrisa deforme, cosida a costurones, imborrable y siempre fiel. Una sonrisa a la que poco le importaba el desdén de su dueña, aburrida de aquel pedazo de tela vieja y algodón mohoso. Lo cierto es que todavía le quedaba una pizca de apego por la muñeca, un afecto que existía a modo de recuerdo y que le impedía traicionarla del todo y tirarla a la basura. Para siempre.

Para la dueña no había crueldad en el falso interés que le dedicaba al juguete, únicamente aburrimiento. Estaba cansada de su compañía, harta de todos los juegos que había repetido hasta la saciedad y que era incapaz de renovar. Y aun así era incapaz de deshacerse de ella, de romper para siempre su estúpido apego infantil y buscar algo nuevo, una pieza más acorde para el presente que le deparaba.

Quizás no se atrevía a zanjar ese trozo de pasado porque, en el fondo de su corazón, todavía quería que continuase en el futuro.

O quizás la culpa era de la muñeca que se había comido la llave de la cadena que las unía… ¿Para siempre?

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