Decadencia 13

                Anarchy se pasó las manos por la cabeza. A su espalda, Lizzie cuchicheaba con Ópalo, seguramente poniéndole al día con la última novedad en transporte, mientras Palatina revolvía el interior del armario, emocionada ante aquel nuevo giro en su investigación. En cambio, para ella, todo eso no era más que un molesto dolor de cabeza, como si alguna de las mariposas que la rodeaban se hubiera quedado atrapada en el interior de su cráneo y se estuviese dedicando a revolver sus pensamientos. Al menos la oprimente sensación que había sentido dentro del armario, como si hubiera alguien más, había desaparecido, sustituida por todo el fresco y aire limpio que podía ofrecerle la habitación de un muerto.

                “Podría ser peor”, gruñó para sus adentros, pero ni siquiera se le ocurría qué podía suceder para empeorar la situación. Ya estaba lo suficientemente enredada como para vaticinar augurios nefastos que, dada su suerte, acabarían por cumplirse.

                ―¡Eureka! ―Exclamó la advenediza detective, sacando unas tijeras de podar de entre varias camisetas―. ¡Finalmente he descubierto el arma homicida!

                Desde su esquina, las dos amigas dieron un respingo, sobresaltadas ante el anuncio, pero también sumamente interesadas en lo que sucedería. Ópalo se adelantó, acortando sin saberlo la distancia que la separaba de Anarchy. La chica parpadeó: durante un segundo los contornos de la realidad se desdibujaron, convirtiendo todo lo que había en aquella habitación en poco más que sombras; sombras difusas que titilaban en una pugna entre ganar consistencia o desaparecer. Era la misma sensación de desvanecimiento que había sentido la primera vez que tropezó con ella, solo que aquella vez no tardó en desaparecer, sin premoniciones, muñecas o delirios. Con renovado interés, la muchacha contempló a Ópalo. O, mejor dicho, en los rasgos de su personalidad que se reflejaban en su ropa o en sus ademanes. A pesar de no compartir el mismo estilo, reconoció que también sabía algo de moda. Una totalmente opuesta a la suya, pero moda a fin y al cabo. También había cierta prepotencia en sus gestos, como si estuviera acostumbrada a que todo girase a su alrededor, a acaparar la atención y el interior de los que le rodeasen, a sobresalir.

                La muchacha asintió para sus adentros. Puede que aquellos desvanecimientos que sentía en su presencia eran las inevitables secuelas del choque entre dos egos inconmensurables. Luego se preguntó si la rubia también había visto algo o solo era ella la que padecía sufrir del encuentro. Una posibilidad intolerable para su orgullo, al no ser que eso la hiciera especial, lo cual era ya algo más aceptable.

Mientras, Palatina continuaba exhibiendo su nuevo trofeo.

                ―Mi lista de objetos perdidos se va reduciendo considerablemente ―anunció con un timbre excesivamente agudo, como si batallara por conseguir la atención de todos los allí presentes. Pero pasada la sorpresa inicial, Lizzie se había puesto a jugar con una de las mariposas que colgaba de las estanterías, Ópalo estaba contemplando con impaciencia su manicura y Anarchy bostezaba―. Ejem ―carraspeó―. Ahora que tengo el cuerpo del delito y el arma homicida solo falta la culpable. O por lo menos las pruebas para condenarla.

                En calidad de hipotética culpable, a Anarchy no le quedó más remedio que añadir algo. Cualquier cosa. Afortunadamente, por una vez la sensatez estaba de su parte.

                ―¿No es muy apresurado decir que eso mató a Senhua? ―Puntualizó―. Podría haber sido una sierra metálica, un cuchillo… Hay mil posibilidades con mucho más sentido que unas pobres tijeras que han acabado en el lugar más inoportuno.

                ―Podría ser, podría ser… ―asintió, satisfecha porque alguien finalmente le estuviera haciendo caso―. No me esperaba menos de ti. A decir verdad, me habrías decepcionado si no hubieras barajado, al menos, un argumento en contra. Lamentablemente, poseo el contrargumento más poderoso e irrefutable que se te pueda ocurrir: he observado los bordes de la herida que causó su muerte y puedo determinar que solo este tipo de arma puede haber provocado ese corte fatal. Además ―olfateó el filo―, todavía huele a sangre.

                Ópalo esbozó una mueca mientras Lizzie le lanzaba una consentida mirada de asco y desprecio.

                ―Espera un momento ―Anarchy atrajo su atención con un par de palmadas―. ¿Me estás diciendo que has irrumpido en una investigación policial para examinar un cadáver? Eso es ilegal, ¿lo sabías? Que en el instituto te dejen hacer todo tipo de locuras no significa que en el mundo real estén permitidas.

                A Palatina se le escapó una risilla escalofriante, aguda y estridente. De esas risas que dan a entender que todo lo que parece es falso y hay algo más, algo que solo ella sabía y que había estado ocultando hasta ese momento. Era, también, una risa demente, desquiciada, que podría haber conseguido que todas las mariposas hubieran desaparecido. Y casi parecían desear hacerlo, pero las reglas de lo inerte todavía perduraban.

                ―No fue el cuerpo lo que examiné, sino la cabeza.

                Las tres chicas abrieron los ojos casi al unísono, adoptando la misma expresión de sorpresa. Sorpresa y asco por parte de Lizzie, poco dada a los cambios faciales.

                ―Un momento ―Ópalo se llevó una mano a la frente―. ¿Pero no se supone que su cabeza estaba desaparecida?

                ―Tengo contactos.

                ―Ya… ―Anarchy puso los ojos en blanco―. ¿Y no es más probable que el culpable sea el que sepa qué fue de la cabeza? Es más, si fueron esos contactos los que me acusaron, ¿no habría que sospechar de ellos en primer lugar?

                ―Oh, es que no fue mi contacto quien pronunció tu inconfundible nombre, sino la cabeza cuando le pregunté quién era la culpable de su desgracia.

                Los ojos de Palatina brillaban, relucientes de esa misma locura que antes se había manifestado en carcajada.

                Anarchy trastabilló, confusa, asustada, demasiado insegura como para sentirse cómoda en su propio papel. De todas las escenas que había protagonizado en los últimos días, aquella era la peor de todas, la que más le costaba entender y la única que no podía conducirla hacia su propio interés.

                “Solo queda salir huyendo”, le animó su parte más cobarde, más conocida como ese instinto de supervivencia que la había instado a escalar un telescopio gigante. Dejando a Senhua atrás, lo que le estaba provocando demasiado quebraderos de cabeza. “Pero esta vez lo abandonaría todo. Especialmente ese inaguantable instituto”.

                Pero la chica se resistía a desaparecer de nuevo.

                ―Aunque para confirmar mi teoría todavía falta una cosa ―suspiró Palatina, acariciando casi con cariño el pomo del arma―. Un pequeño e insignificante detalle…

                Meditabunda, abrió y cerró las tijeras repetidas veces, como si cada corte imaginario fuera un eco de sus propios pensamientos. No tardó en detenerse, como si hubiera tomado una decisión. A decir verdad, lo cierto es que fue más bien un parón brusco y repentino, como le acabase de asaltar la solución. Hasta sus ojos se habían iluminado, eco de esas bombillitas características de los dibujos animados.

                Y sin decir nada más, le cortó la cabeza a Ópalo.

                ―Perfecto ―sonrió mientras el cuerpo decapitado se desplomaba―. Es un corte idéntico, la prueba que necesitaba.

                Anarchy contempló con una sonrisilla de prepotencia aquella caída sin gracia. El cadáver se había desmoronado como una ruina superada por el tiempo, como un árbol azotado por el vendaval. No había rastro de la elegancia que le había caracterizado con vida, solo el desplome de un peso muerto. “Cuando yo pierdo la cabeza lo hago con más gracia”, reconoció con falsa modestia, relajando ligeramente los hombros.

                Y entonces se percató que Ópalo la había perdido en el sentido más literal de aquella frase, lo que incluía el lamentable efecto secundario que era la muerte.

                Pero ni eso fue capaz de borrarle la sonrisa, sino el hecho que Palatina continuaba agitando las ensangrentadas tijeras. Y que sus zapatos corrían el riesgo de embadurnarse de la sangre que manaba del cuerpo.

                Haciendo gala de su querido sentido de supervivencia, la joven olvidó todas sus reticencias sobre el ejercicio físico para echar a correr. Solo que, al contrario que la última vez, y sin poder racionalizar su altruismo, malgastó un par de preciosos segundos en aferrarse a un lastre que, finalmente, había abandonado su mueca de asco por el horror. Luego echó a correr, alejándose de la locura del cuarto, de la detective recién convertida en asesina, de las mariposas que no podían volar. Pero no de Lizzie, quien pasada la sorpresa, se había aferrado a ella con la desesperación de estar viviendo una pesadilla.

Solo que no habría despertar, solo la soledad de haber perdido a sus dos mejores amigas.

Las chicas corrieron, acompañadas por la risa de Palatina que las persiguió como un discordante eco. Atrás quedó el umbral al dormitorio, con la puerta entreabierta como una invitación para entrar. Con la instantaneidad de un segundo, el marco se llenó de diminutas grietas. Fue una aparición tan veloz y sutil que cualquiera que las mirase no notaría nada extraño. Ni siquiera se percataría de ellas, como si siempre hubiera estado ahí. Quizás la única que podría fijarse en ellas sería Senhua, pero entre los mil defectos de la muerte incluía el no poder observar con detenimiento tu propia puerta.

No muy lejos, en uno de los muchos pasillos del instituto, dos compañeros se limitaban a dejar que el tiempo pasara; Arameo, con su inseparable consola, y Petunia con sus intrincados y volubles pensamientos.

―Cuando fui a coger mí libreta en la taquilla vi a tu amiga ―comenzó, súbitamente, la joven―. La del pelo como las lechugas.

―Ajá ―farfulló el muchacho mientras ladeaba la cabeza en el mismo ángulo que la consola―. Yo también suelo verla a veces.

―Me gusta ―hablaba a trozos, como si tuviera que rescatar sus pensamientos para darles voz. Con la misma parsimonia con la que pronunciaba las palabras sacó un cuaderno de dibujo de su mochila―. Su ropa es muy bonita ―hizo una pausa para concentrarse en el dibujo que tenía a medias: un bosquejo a carboncillo sobre una academia muy similar a la suya, pero diferente por toda una serie de pequeños detalles que la chica no era capaz de localizar. Esa incapacidad de lograr un calco perfecto la incordiaba, pero al mismo tiempo le gustaba. Convertía el boceto en algo diferente y menos aburrido―. Llevaba una calavera en la cabeza ―Añadió antes de retomar el dibujo.

Arameo apartó la vista del juego; la partida había acabado.

―La verdad es que no me extraña ―comentó mientras esperaba a que se cargase el siguiente nivel―. ¿Pero la llevaba porque pensaba que era Halloween o porque le quedaba bien?

―Creo que formaba parte de la indumentaria de una curiosa danza.

Y entonces, la calamidad sucedió. Solo que ninguno de los dos fue capaz de percatarse de ella, de entender el nada sutil cambio que había sucedido en menos de un pestañeo. Pero estaban demasiado enfrascados en su conversación a trozos, en el juego o el dibujo como para fijarse en algo que ya nunca más sería como antes.

Todos los cristales del instituto se habían resquebrajado. Había sido algo más que vandalismo o un accidente lo que había destrozado las ventanas, cubriéndolas que telarañas de grietas. No obstante, a ojos de los estudiantes todo continuaba como antes.

Y sin un “por qué” que cuestionara lo sucedido, no habría respuesta.

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