Decadencia 12

                Espiar estaba resultando ser mucho más aburrido de lo esperado.

                Acurrucada en la oscuridad, Anarchy aguardaba a que sucediera cualquier cambio, cualquier alteración del silencio, la oscuridad o el aburrimiento. No obstante, la nada que la envolvía se mantenía inalterable, lejos de lo que había llegado a suponer que sucedería y de lo que deseaba que ocurriera. No había ni voces ni pasos, ni siquiera algún ruido por parte de su vecino de armario. Más que sumido en el silencio, el vestuario parecía impregnado en él, empapado, casi prisionero.

                Y cuanto más se aburría, más lento parecía trascurrir el tiempo.

                Los pensamientos de la chica estaban empezando a perderse en el vórtice del hastío cuando la puerta se abrió.

                “Sí”, pensó la chica mientras la franja luminosa se iba haciendo más grande, ”Este es un cambio medianamente aceptable y preferible al aburrimiento, ¿pero qué hago yo ahora?”

                Eso lo pensó antes de descubrir que quien acababa de abrir la puerta era Missy. Y traía consigo una caja repleta de falsos huesos humanos.

                “No”, Anarchy esbozó su sonrisa más grande, más amable, más mentirosa, casi una risa al ver la expresión de espanto de la joven, “Creo que en esta ocasión tampoco vale decir que no es lo que parece”.

                Pero lo cierto es que ni la propia muchacha alcanzaba a sospechar hasta qué punto nada era lo que parecía. Tampoco llegó a descubrirlo en ese momento: Missy cerró la puerta, como esperando que lo que acababa de suceder fuera un producto de su imaginación.

                Incluso Anarchy tuvo que reconocer que aquello había sido un poco extraño. Estaba barruntando lo sucedido cuando el armario volvió a abrirse. Con una disculpa, una excusa y un halago en los labios, la chica se incorporó, dispuesta a enmendar la situación. A decir verdad, estaba algo harta de ese cubículo, por lo que salió antes que su perfeccionista compañera la echara a escobazos.

                ―Lo siento mucho, sé que es inexcusable ―farfulló de un tirón, dándole vida a las palabras que tenía en el tintero de las excusas―. Pero, ya sabes, hay momentos en los que uno necesita desaparecer. Para pensar, para darle vueltas a esta confusa vida, para entender la adolescencia. Y no hay mejor lugar que un armario para solucionar estas dudas ¡Oh! Bonitos huesos, esto… ―se le congeló la sonrisa― ¿Lizzie?

                No, ya no estaba en el vestuario.

                Se encontraba en la que podría haber sido una habitación cualquiera de un adolescente cualquiera, con su cama desecha, su mesa con una superpoblación de libros y varias prendas tiradas en el suelo. Las mismas que Lizzie no llevaba en ese momento, lo que sirvió para que la muchacha la descartara como posible sospechosa del asesinato de Ocarina.

                ―¡Hola! ―Se le escapó una risa nerviosa―. Cuando dije huesos quería decir sujetador.

                Lizzie le pegó una bofetada, una de esas que surgen casi sin pensar y que, a decir verdad, la otra se la había ganado.

                ―¿Qué? ―Balbuceó mientras agarraba una camisa de la silla. Eso sí, sin dejar de vigilar a la chica―. ¿Qué demonios hacías ahí?

                ―Bueno, en algún momento tenía que salir del armario.

                Sin dejar de sonreír, esquivó un libro, un tintero y varios pantalones.

                ―Repito ―gruñó la chica, sonrojada por un tinte que entremezclaba rabia y vergüenza―. ¿Qué cojones está haciendo aquí? ¿Cómo te has metido en mi armario?

                ―En mi defensa alegaré que, técnicamente, no me he metido en tú armario, solo he salido de él.

                No logró esquivar el marco de fotos a tiempo.

                ―¡Esto es el colmo! ―Rugió Lizzie―. ¡Primero te burlas de la muerte de Senhua y ahora esto! ¿Qué te he hecho para que la tomes conmigo?

                ―A decir verdad, no sé si soy tu karma particular por algo que has hecho o el destino se empeña en unir nuestro camino ―a lo que acto seguido, después de ver como la muchacha hacía ademán de lanzarle más cosas, añadió―. Vale, vale, ahora en serio: no lo sé. Sé que puede parecer una locura, pero yo me había metido en el armario de los vestuarios…

                ―¿Y qué hacías ahí?

                ―Es solo un detalle más de esta historia, no hace falta que profundice en él ―carraspeó―. A lo que iba: estaba en ese armario cuando la puerta se abrió y apareció Missy, quien debió de confundirme con algún monstruo de su torturada imaginación, por lo que cerró la puerta, que seguidamente fue abierta por ti. Y, ¡voilà! Aquí me tienes.

                Lizzie se sentó en el borde de la cama. Parecía mareada, como si la que se hubiera teletransportado hubiera sido ella. Con un suspiro cansado, respiró profundamente, buscando la paciencia necesaria para racionalizar lo sucedido.

                ―Vale, presupongamos por un momento que eso es cierto: ¿puedes darme alguna prueba que confirme tu descabellada historia?

                ―Solo se me ocurre una y no te va a gustar.

                ―¿Cuál?

                ―Métete conmigo en el armario.

                La joven esbozó una mueca de asco e incredulidad.

                ―Te dije que no te iba a gustar, melindres.

                ―¡No voy a meterme en mi armario contigo! ―Protestó, ligeramente sonrojada―. Valoro la integridad de mi ropa.

                ―Sin ánimo de ofender, pero, ¿qué más da? Todos los días llevamos el mismo uniforme.

                Lizzie se incorporó, seguramente instigada por esa sonrisa burlona que Anarchy no paraba de dedicarle. Una sonrisa algo prepotente, fastidiosa y engreída con la que la chica daba a entender que era ella la que estaba controlando la situación y no acababa de cometer un allanamiento de morada.

                ―Está bien ―accedió―. Aunque si no sucede nada tendré que llamar a la policía. Seguramente estarán ansiosos por conocer los peculiares pasatiempos de la principal sospechosa del asesinato de Senhua.

                ―Ahora que lo mencionas, me gusta diseñar ropa y robar muñecas…

                Antes que pudiera continuar con una de sus guasas, la muchacha la sujetó del brazo, arrastrándola consigo hacia el armario. A oscuras, este parecía mucho más grande de lo que siempre había creído. Con un suspiro resignado, Lizzie aceptó que, pasase lo que pasase en ese momento, nunca más volvería a confiar en lo que había al otro lado de esa puerta.

                Mientras las dos chicas se acomodaban entre perchas y blusas, la puerta de otro armario no paraba de abrirse y cerrarse sistemáticamente. Por mucho que ya no hubiera nada, Missy estaba segura que algo extraño acababa de suceder. Pero por muchos amagos que hiciera, por mucho que fingiera retroceder o darle la espalda, el contenido del mismo continuaba imperturbable. ¿O quizás no?

                También sentía que faltaba algo y que esa botella de detergente no tendría que estar ahí.

                Era ya su última tentativa cuando descubrió a Lizzie y Anarchy acomodadas de la manera más cómoda posible. Si es que eso era posible en tan reducido espacio. Por acto reflejo, la joven cerró la puerta. Cuando quiso abrirla ya era tarde: las dos habían desaparecido, dejando solo una corbata arrugada como prueba de su paso y una mascarilla.

                En el vacío de aquel sorprendente armario, las voces de las chicas resonaban casi en una competición para ver quién hablaba más alto.

                ―¡Te dije que era real! ―Exclamó una eufórica Anarchy.

                ―Ya, ya, me has convencido… ¿Pero cómo salimos ahora?

                Un contrastante silencio inundó el espacio, haciéndose un hueco entre prendas de vestir y una serie de artilugios que no deberían de estar ahí y que Lizzie fue recogiendo. En parte por comodidad y en parte por curiosidad.

                ―¿Qué hace un quitamanchas? ―Protestó―. ¿Y estas tijeras de podar?

                ―Seguramente sean del primer armario, el de la limpieza.

                ―Vale, pero ―la muchacha esbozó una nueva mueca―, ¿y la tibia o las gafas de laboratorio?

                ―No juzgues a Missy por sus hobbies ―Anarchy se apretujó en su esquina, disipando aquella sonrisa que tanto le gustaba blandir en las situaciones más inoportunas―. Oye, hablando de huesos y cosas raras, siento lo de Senhua.

                El silencio pasó de oprimente a incómodo. Como si una tercera persona se encontrara entre ambas, sofocando el interior del armario.

                ―Ya da igual ―Lizzie se abrazó las rodillas―. Tampoco es que fuera culpa tuya.

                ―En realidad, sí lo es ―puestos a sincerarse, quizás fuera el momento de contarle a alguien la historia completa―. O por lo menos así me siento, lo que es realmente molesto y fastidioso. O quizás simplemente sea la confusión de conocer a los famosos remordimientos.

                ―¿Por qué?

                ―Porque si la hubiera encontrado el día que desapareció no estaría muerta.

                Lizzie comenzó a darle vueltas a una bufanda, enrollándola entre sus dedos y luego estirándola casi hasta romperla.

                ―Eso mismo es lo que me recuerda mi conciencia ―a pesar que intentaba mantenerse firme, ni siquiera la oscuridad podía enmascarar el amago de lágrimas que estaba comenzando a inundarle los ojos―. Podría haberla buscado, podría haberme tomado en serio a Arameo. Pero cuando regresé al instituto por la noche ya era tarde…

                ―¿Sabes? De normal ni se me ocurriría tal intromisión en mi espacio personal o el de otra persona, pero dado que estamos compartiendo armario haré una excepción, ¿quieres un abrazo?

                ―De ti no quiero nada ―gruñó, recobrando su seriedad normal, mientras le daba un ligero puntapié para mantenerla alejada―. Aunque… ¡Espera un momento!

                ―¿Qué pasa?

                ―Esta corbata… ―la chica le lanzó la prenda―. ¡Tiene bordadas las siglas de Senhua!

                ―¿Y eso que tiene de especial? Seguramente acabó entre tu ropa por alguno de esos deslices típicos de amigas del alma.

                ―No, no, piénsalo bien…

                Estaban a punto de comenzar a discutir cuando la puerta del armario se abrió de nuevo. Y Anarchy supo que esta vez se había metido realmente en un problema cuando descubrió que Palatina se encontraba al otro lado, acompañada por la misma chica rubia con la que se había tropezado en las escaleras.

                ―¿Anarchy? ―Inquirió la detective con un timbre casi triunfal. Sus ojos brillaban con esa misma ilusión que le hacía parecer algo más loca, algo más decidida, algo más segura de su teoría.

                ―Palatina ―le respondió con un leve asentimiento de cabeza.

                ―¿Lizzie? ―Murmuró la otra joven, casi al borde del desmayo.

                ―Ópalo ―sonrió la aludida con poca convicción―, ahora te lo cuento todo.

                Las cuatro muchachas se contemplaron mutuamente, compartiendo ese mismo silencio incómodo que parecía haber escapado del armario y que ahora se encontraba en la habitación. Era otro cuarto, similar al de Lizzie, pero quizás algo más desordenado y con menos libros. Y lleno de mariposas: de papel, de papiroflexia, dibujadas, recortadas, fotografiadas. Había mariposas en las paredes, en las estanterías, colgando de la lámpara y pintadas en la cabecera de la cama. Eran mariposas tristes, casi desvaídas, que en vez de volar se limitaban a mantenerse en suspensión, congeladas en ese último día en el que su dueña había estado con ellas.

                ―La habitación de Senhua ―murmuró Anarchy con la desgana de descubrir algo que los demás ya sabían. Su murmullo sonó como el aleteo triste de una de esas mariposas perdidas.

                Se le habían quitado las ganas de reír.

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