Decadencia 11

                Bajo la atenta ausencia de mirada del cadáver, Anarchy atrajo a Kris y a la muñeca hacia ella. Después de comprobar que no había nadie más, suspiró.

                ―Os preguntaréis por qué os he reunido aquí ―susurró con voz solemne, casi conspiratoria.

                ―Emm… ―el chico, visiblemente incómodo, se apartó ligeramente, lo suficiente como para no ofenderla ni para estar a escasos centímetros de un esqueleto flotante―. A mí no me has reunido, he sido yo el que ha venido para saber qué está sucediendo.

                ―Una puntualización innecesaria sobre un matiz ridículo que poco influye en el tema del que os quiero hablar ―le quitó importancia con un ademán―. Después de haber oteado dimensiones oscuras, haber sido perseguida por sombras monstruosas y acusada injustamente de asesinatos creo que ha llegado el momento en el que os cuente toda la historia y confíe en aquellos que han demostrado ser de fiar.

                ―¿La muñeca también?

                ―La muñeca también.

                Desesperado, Kris se llevó las manos a la cabeza. La misma que Anarchy debía de haber perdido después de todos sin sentido que aseguraba haber vivido y que a pesar de todo no le resultaban tan descabellados de creer. Quizás porque uno de esos imposibles levitaba delante suyo. Quizás porque días atrás había aparecido ensangrentada o, simplemente, porque ansiaba creer en ella y en los restos de su amistad pasada.

                ―Ya puestos, ¿por qué no invitas al esqueleto? ―Exclamó, nervioso e intranquilo, casi chillando.

                Los dos jóvenes contemplaron el cadáver de Ocarina. La sombra que tenía por corazón latía con la misma pausa y tranquilidad con la que sus huesos se dejaban mecer. Casi hubiera parecido que estaba durmiendo si no fuera por su incuestionable muerte.

                ―También está invitada ―Anarchy se incorporó ligeramente, buscando alguna señal en las luces verdosas que envolvían al esqueleto―. Tú también puedes formar parte de esta reunión secreta, querida amiga. Al fin y al cabo, eres la que más ha sufrido esta conspiración.

                ―No es por interrumpir y cuestionar todo lo que dices, ¿pero de qué conspiración estás hablando?

                ―De la misma que ya ha asesinado a dos alumnas, insiste en perseguirme y secuestrar mis accesorios de moda.

                Kris volvió a hundir la cara entre las manos. Quizás de entre todos los porqués lo que realmente le había impulsado a perseguirla era saber si era cierto que se había vuelto loca.

                Eso era lo único que podía justificar el brusco cambio de personalidad que la muchacha había sufrido en los últimos años.

                ―¿Y bien? ―Insistió la chica―. ¿Hay algo que puedas contarnos?

                Y Ocarina pareció despertar de su letargo.

                Una mano huesuda se despegó del resto del cuerpo para dirigirse grácilmente hasta la alfombra. Bajo la atenta mirada de los chicos comenzó a posarse sobre diferentes letras, trazando un mensaje que se fue repitiendo una y otra vez. Aunque a veces con ligeras faltas de ortografía.

                ―”Culpable…” ―murmuró la joven en voz alta―. “Cicatriz en el ombligo…”

                Cinco palabras inconexas y sujetas a confusiones; cinco palabras susurradas sin voz que conformaban un mensaje de ultratumba; cinco palabras convertidas en la única pista que poseían.

                Formulado el mensaje, el embrujo que mantenía en suspensión a Ocarina se deshizo. Los huesos se precipitaron en una catarata ósea conformando un montículo irregular pero ordenado, quizás a la espera de volver a ser recogidos y guardados en alguna caja oscura.

                Los jóvenes se quedaron en silencio mientras contemplaban la alfombra, en parte esperando a que algo más sucediera; una explicación, algún que otro fenómeno mágico… Pero no hubo más que polvo: polvo que danzaba en el aire, polvo que cubría las baldas, polvo que caía con absoluta normalidad.

                Para Anarchy, que fuera polvo ya era cualquier cosa menos normal.

                ―Tropa ―anunció mientras se enderezaba, recogiendo la mochila para guardar de nuevo al cadáver―, por fin tenemos un indicio con el que seguir nuestra misión. La revolución nunca morirá, pero para poder aspirar a la victoria antes tenemos que intentar encontrar al culpable ―excesivamente emocionada, levantó el brazo apuntando a un punto impreciso, como señalando a la sombra de ese enemigo omnipotente y omnisciente que lo guiaba todo―. Es decir: hemos de encontrar a quien tenga una cicatriz en el, en lugar de, encima de o todas las variantes en las que se pueda incluir un ombligo.

                Satisfecha, la chica contempló a sus nuevos aliados: una muñeca que, para su alivio y calma, llevaba todo ese rato sin moverse y un joven que batallaba entre confiar en su amiga y llamar al loquero.

                ―Está bien ―Kris suspiró, cansado de darle vueltas a preguntas que no se atrevía a responder y plantearse posibilidades que realmente deseaba que nunca llegaran a existir―. Sé que voy a arrepentirme, pero te estaré apoyando ―se le escapó una sonrisa nostálgica―. Puede que hasta sea divertido.

                ―No prometo nada ―rio, dándole un puñetazo amistoso―, pero seguro que será como los viejos tiempos.

                Era imposible, y ambos lo sabían, pero aun así podían intentar soñar con un reflejo de sus travesuras pasadas.

                ―Muy bien, como vuestra líder tengo ya organizadas dos misiones que cumplir con relativa urgencia. La primera es liberar a nuestra pequeña y muda compañera de la prisión que la mantiene encerrada y cuya llave monetaria no nos podemos permitir.

                ―Quieres robar la muñeca.

                ―Es otra forma de decirlo.

                El muchacho esbozó una sonrisa de compromiso. Puede que las cosas no fueran tan sencillas como le gustaría.

                ―¿Y la segunda misión?

                Como todo instituto que se precie, la academia Sidhe poseía diversas y extensas instalaciones, de proporciones casi exageradas dado su uso escolar, que abarcaba un patio con canchas, un gimnasio, un huerto y una pequeña granja. Y dada su demanda, unos vestuarios en los que siempre había alguna clase preparándose para sus respectivas lecciones, ya fueran de gimnasia o preparando herbicidas.

                Kris no necesitó que Anarchy le explicara nada para entender la sencillez de su segundo plan. Resultaba igual de poco ético que el primero, pero al menos era legal.

                ―A ver si adivino ―el joven se cruzó de brazos, conteniendo la sonrisa divertida que anhelaba esbozar―, vamos a espiar a los estudiantes mientras se cambian para ver si alguno tiene esa misteriosa cicatriz.

                ―¡Exacto! ―A ella, en cambio, nada le impedía sonreír de oreja a oreja―. Por diversos motivos, entre ellos el camuflaje, un sorteo y mi poco interés en conocer los secretos masculinos, tú irás al de chicos y yo vigilaré a las chicas. ¿Hecho?

                Y sin esperar una respuesta, Anarchy se dirigió a la puerta que separaba ambos géneros. A pesar de los años que llevaba en el centro, solamente había usado los vestuarios unas dos veces mal contadas. Tanto su refinamiento como aversión a las cosas de higiene cuestionable habían resultado ser muy tentadores a la hora de escaquearse de ciertas clases. Pero de esta misión no se podía escabullir. Especialmente porque había sido ella quien se la había inventado.

                Tal y como había calculado, los baños se encontraban desiertos. Haciendo uso de una mascarilla higiénica, la joven se adentró para tantear el terreno desde una distancia prudencial. El siguiente paso en su maravilloso plan era esconderse en alguna de las taquillas. Lo que no contaba es que estas fueran demasiado pequeñas. Eran perfectas para guardar una mochila o amontonar un esqueleto, pero no para ocultar un cuerpo con el resto de tejidos.

                Desde una de las taquillas se escuchó un roer nervioso, casi hiperactivo. Seguramente el de alguna ardilla mordisqueando una galleta.

                Molesta por el inesperado contratiempo, la joven comenzó a dar vueltas por el vestuario. Azulejos y espejos centelleaban su paso, distorsionando su imagen verde y negra hasta convertirla en poco más que un borrón que perseguía a su dueña. Otra sombra informe más que no logró, precisamente, calmarla.

                Cansada, a Anarchy solo le quedó su última baza: los armarios de materiales. Habían dos en una esquina recóndita de los baños, justo en el punto más alejado de las duchas y casi parapetados por las taquillas. Era el peor sitio para espiar, pero el único que le quedaba si quería mantener un mínimo de apariencia.

                Con un suspiro, abrió la primera puerta. Dada su suerte, esperaba encontrarla cerrada, pero en un giro inesperado, resultó que ya estaba ocupado por un chico rubio que se quedó patidifuso, contemplándola con el rostro contraído por la sorpresa y la incredulidad.

                ―Sí, ¿por qué no? ―Protestó, cerrando la puerta―. Es perfectamente lógico: siempre hay un pervertido en los baños de las chicas.

                ―No soy ningún pervertido ―una voz ahogada intentó hacerse escuchar desde el otro lado de la puerta―, ni tampoco estoy espiando.

                ―Ya, ya, lo que tú digas, esto…

                ―Cameron.

                ―Lo que digas, Cameron. Soy Anarchy, por cierto, tu vecina de armario.

                El segundo armario estaba vacío. Podría haber sido perfecto dejando de lado que, tal y como comprobó la muchacha al cerrar la puerta, era imposible ver lo que sucedía afuera.

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