Promesa en la telaraña

                El niño sollozó, más cansado que asustado, buscando una pizca de compasión en la elegante dama que lo miraba todo con una falsa sonrisa de madre. Sus ropas elegantes y su moño perfecto discordaban dentro del bosque de espinos, lo que le confería un aire de irrealidad, de ilusión, de imagen soñada, como si realmente no estuviera ahí.

                ―¿Quieres que te ayude? ―La mujer le tendió una mano embutida con un largo guante negro―. Solo pídemelo.

                El chiquillo ansiada poder retroceder y escapar de ella, del bosque y las gigantescas telarañas que caían desde los árboles. Pero estaba atrapado por ese hilo blanquecino y pegajoso que se había adherido a su chaqueta hasta envolverlo como a una torpe mosca.

                ―No me fío de ti ―reconoció, sorbiéndose los mocos.

                ―¡Oh! ―La dama esbozó un mohín de tristeza―. Pero si podemos llegar a ser muy buenos amigos…

                ―¡Pero das miedo!

                ―¿Quieres mi palabra? Te prometo que no pienso hacerte daño: solo quiero ayudarte.

                La mujer sonrió, cariñosa y voraz, mientras sus otras siete manos cruzaban los dedos con picardía.

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