Decadencia 10

                Anarchy encontró a los chicos en el mismo lugar, casi un calco exacto, del momento en el que les había abandonado, como si las últimas horas no hubieran sido más que un parpadeo o una pesadilla que nunca había llegado a existir. Pero ahí estaba ella, con un nuevo cadáver a su espalda, mientras los tres se entretenían con sus estúpidos aparatos electrónicos: Lexel jugueteaba con el móvil, Kris escuchaba música con su reproductor y Arameo estaba inmerso en alguna partida de la psp. Pero lejos de importarle, la muchacha lo agradeció: seguía demasiado confundida como para pulir sus habilidades sociales. La extraña visión de la muñeca todavía la perseguía. Puede que solo fuera un delirio por culpa del cansancio o los surrealistas eventos que estaba protagonizando, pero en el fondo sentía que aquella imagen era real. O, más bien, que llegaría a serlo, como una especie extraña profecía.

                La melodía de llamada de su propio móvil logró que Anarchy se sobresaltara. Hacia tanto que no sonaba que casi había olvidado que tenía esa cancioncilla electrónica. A decir verdad, ni siquiera conocía su letra.

                Al otro lado, la vocecilla de Palatina cortó su saludo.

                ―Anarchy, me temo que tengo que reconsiderar mi propuesta inicial sobre mis servicios. Ya he decidido cuáles serán y su cambio es indiscutible.

                ―¿Puedo saber, oh fuente de toda sabiduría cotilla, cuál será nuestro quejumbroso destino?

                ―Después de repasar una serie de evidencias me temo que la balanza se ha desequilibrado. Todos los indicios y las primeras pruebas apuntan a tu culpabilidad, por lo que mi papel definitivo será el de detective.

                La joven masculló para sus adentros.

                ―¿Qué más evidencia aparte de una diadema robada y colocada en el escenario a propósito? ¡Eso no es suficiente!

                ―Gracias a un testigo de confianza indiscutible he tenido acceso a las últimas palabras de Senhua en las que se te acusa como culpable de su desgracia.

                ―Vale, dejemos la retórica estúpida y hablemos como dos personas normales y sensatas ―nerviosa, sujetó el móvil con las dos manos para que no se le cayera―. ¿No te das cuenta que lo que acabas de decir no tiene sentido? ¡Si perdió la cabeza significa que el asesino escuchó sus últimas palabras! No puedes darle veracidad a un rumor ilógico como ese.

                ―No voy a cambiar mi postura. El testimonio de Senhua te ha declarado culpable por lo que mi misión será encontrar todas las pistas que lo confirmen.

                Y la llamada finalizó.

                Anarchy se quedó el silencio, mirando fijamente al móvil como si se tratase de un aparato extraño, culpable de lo que acababa de escuchar o lo que había sucedido. Luego dio media vuelta, a paso veloz, dispuesta a abandonar el instituto y alejarse de todos esos problemas en los que se había zambullido sin pensarlo.

                La idea, dispar e ilógica como la mayoría de sus pensamientos, se le ocurrió mientras caminaba. Como todo lo ya sucedido, no fue casualidad que en ese momento se encontrara en la misma calle en la que estaba la tienda de antigüedades. A decir verdad, lo que se le había ocurrido ni formaba parte del stock habitual de una tienda común ni tenía pensado comprarlo, pero aun así la joven se dirigió a la tienda de antigüedades. Quizás porque todavía creía que había algún libro misterioso esperándola, alguna joya encantada que descubrir o simplemente algún nuevo adorno para su estrafalario estilo.

                Una campanita tintineó cuando abrió la puerta. Su melodía, un tintineo metálico, resonó con la gracia de todas esas canciones que existen para morir.

                Todo tipo de trastos se acumulaban en montones desordenados que le conferían un aire de laberinto a la tienda, haciéndola parecer mucho más grande de lo que realmente era, pero al mismo algo claustrofóbica. Dejando que el azar la guiara, Anarchy comenzó a caminar entre cuadros de artistas sin renombre y vestidos de épocas pasadas. Desde los estantes que conformaban los torcidos pasillos, los segunderos de los relojes la saludaron mientras que espejos convexos y cóncavos distorsionaban su figura, convirtiéndola en una especie de Alicia que caminaba a través de un diminuto país de las maravillas perdidas. A pesar del descontrol y el aparente caos, todos los artículos estaban limpios y en buen estado. Tampoco faltaba la etiqueta señalando el precio, aunque en algunos casos el papel estaba mohoso o los números eran ya ilegibles.

                Caminaba, distraída por el aroma a viejo, cuando tropezó con la muñeca.

                La chica contuvo un silbido cuando su mirada curiosa tropezó con esos ojos de cristal, relucientes, que casi flotaban entre las sombras y los destellos de cobre. Era una muñeca de porcelana bastante fea, casi aterradora, con su sonrisa congelada y la cabeza ladeada en una maraña de rizos rubios. Por mucho que fuera una pieza que había sido trabajada con esmero y cariño, era el último juguete que se le podría regalar a un niño.

                Era, también, la misma muñeca de la visión que había tenido en las escaleras. Menos estropeada, menos ajada, menos maléfica, pero idéntica al retrato forjado en sueños.

                Dudó, entre confusa y asombrada, pero la joven acabó por coger el juguete de la estantería. Apenas pesaba, como si no fuera más que un soplo de aire envuelto entre pliegues. Estaba recogiéndole la falda del vestido cuando se percató que había pisado una alfombra. No era accidental: estaba dispuesta de manera que su tela de esparto cubría aquella parte del pasillo. Como si se hubiera derramado un bote de tinta y alguien luego hubiera dibujado una constelación en ese falso cielo. Solo que no había estrellas, sino letras.

                ―Una ouija ―susurró.

                El eco repitió sus palabras, casi como la confirmación que esperaba. Sin soltar a la muñeca y controlando los vaivenes de su mochila, la muchacha se arrodilló. La alfombra, al igual que el resto de antiguallas, tenía olor a viejo, pero el suyo era un aroma peculiar que le confería un aura diferente, de irrealidad entre todos esos trastos viejos. Anarchy acarició las letras tejidas con nudos e hilo blanco. Era perfecta, justo lo que estaba buscando, salvando el insignificante detalle del precio.

                No podía permitírsela, pero estaba en una situación desesperada que requería medidas desesperadas. Y, al fin y al cabo, ella solo pensaba darle un único uso.

                Con especial cuidado, la chica dejó la muñeca a un lado y comenzó a rebuscar en su cargada mochila. Poco a poco comenzó a sacar de ella falanges, tibias y costillas con una lentitud casi reverencial, vigilando con atención que ninguno de los huesos se estropeaba o escapaba a su control.

                Lentamente, y con mucha imaginación, comenzó a reconstruir el esqueleto de Ocarina encima de la alfombra-ouija. Pero ni la seriedad del momento ni su intento en darle cierto misterio al improvisado ritual que estaba inventando lograron borrarle la sonrisa. Cuantos más huesos sacaba de la bolsa, más se reía al imaginar ese momento culmine en el Missy descubriría que había intercambiado la caja con el esqueleto del laboratorio.

                Si la esquiva y traicionera suerte le sonreía, quizás tardaría en darse cuenta.

                ―Tampoco tienes cabeza ―murmuró, acariciando el esternón―. Espero que puedas disculparme, Ocarina, pero estoy algo desesperada. En otra ocasión intentaría invocarte en un lugar más idóneo que una vieja tienda de antiguallas, pero se trata de un momento especial.

                Anarchy contempló el esbozo que había formado con todos los huesos reunidos. La verdad es que nunca había participado en un ritual similar. Ni siquiera sabía qué había que hacer para invocar al espíritu.

                ―Bueno, improvisemos ―sonrió mientras se acomodaba al borde de la alfombra―. Ocarina, ¿estás aquí?

                Un silencio espectral, tan viejo y rancio como los cachivaches que la rodeaba, absorbió sus palabras, devorándolas con la insaciabilidad de la nada.

                ―Si lo estás, ¿podrías mover una costilla o algo? ―Se pasó la mano por el pelo―. Esto es más aburrido de lo que parecía.

                Con los labios fruncidos, observó los puntajes de la tela, buscando en ellos alguna pista de lo que tenía que hacer a continuación. A su espalda sonaron pasos, inquietos, lejanos, pero en camino, que ignoró mientras intentaba concentrarse. Solo era otra extravagante clienta conjurando a los muertos en medio de la tienda.

                Pero lejos de desaparecer, las pisadas se aproximaban, impacientes por llegar.

                ―¡Anarchy!

                Con un gruñido de fastidio, la muchacha se incorporó. Al fondo del pasillo, Kris caminaba hacia ella, a medio camino entre el cabreo y la estupefacción.

                ―¿Qué?… ―Balbuceó, buscando todas esas palabras que había conjurado en su mente mientras la seguía―. ¿Qué cojones estás haciendo? ―Añadió, finalmente, al distinguir el esqueleto en el suelo―. Por favor, dime que no es de verdad.

                ―No es el de Senhua, si es lo que te preocupa.

                ―Me preocupan varias cosas ―el joven se cruzó de brazos, aceptando poco a poco la situación mientras el enfado recuperaba el terreno perdido―. Joder… Mira, no sé ni qué decir, ni por dónde empezar. ¿Qué leñes estás haciendo aquí? ¿Qué… qué pasa contigo?

                La chica reconoció en el tinte amargo de su voz algo más que preocupación y desasosiego: también había motas de resquemor, de fastidio al ver que su amiga tenía secretos que no le contaba.

                ―Es largo de explicar.

                ―¿Podrías hacerlo? ¿O es demasiado para la señorita Anarchy y sus secretillos?

                Podía hacerlo, ¿pero realmente quería?

                ―Me he encontrado con un esqueleto en mi taquilla ―comenzó con una verdad a medias, suficiente para justificar su última extravagancia―. Y he estoy intentando invocar su espíritu para saber qué estaba haciendo entre mis libros.

                Kris le dedicó una mirada que pasaba de la incredulidad a la genuina estupefacción. Se debatía en creer en su amiga, en entenderla, pero también en lo que la lógica le dictaba. Y ninguna de las situaciones para las que la academia les preparaba incluía cadáveres imprevistos.

                Anarchy se estremeció. Había algo diferente en el pasillo, algo que no estaba. Como un olor a brisa y aire limpio.

                El esqueleto de Ocarina se incorporó envuelto en una luz verdosa que lo mantuvo en suspensión. Entre sus costillas, un corazón rojo, ilusorio, que mantenía la forma de los dibujos, latía con la inseguridad de no recordar cómo funcionaba.

¿TE ATREVES A JUGAR?

Desde las sombras, la autora controla los dados de la historia. Es ella quien reta al azar, pero sois vosotros los que decidiréis cuál de todas las tiradas será la elegida.

Juego en marcha: en vuestra eterna sabiduría habéis convertido a Palatina en el detective, lo que sumándolo a vuestras anteriores decisiones (Que el rol de la protagonista sea The liar y la canción Dont mess with me), está convirtiendo este tablero en una partida difícil de ganar en solitario. Pero no imposible.

¿Continuar en solitario o sincerizarse con Kris y convertirle en un aliado? ¿O aliarso con el esqueleto? ¿O aliarse con la muñeca? (Mejor dicho, deshacerse de ella). Para el siguiente capítulo os invito a que elijáis dos posibles aliados de los siguientes personajes: Missy, Lizzie, Kris, Arameo, Lexel, Ocarina, la muñeca o la chica rubia con la que tropezó en las escaleras y cuyo resultado fue una visión que es probable que suceda.

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