Un baño reconfortante

La momia reposaba en el fondo de la bañera. La blancura del mármol contrastaba con su cuerpo marchito, consumido, de un marrón negruzco que recordaba a una muñeca quemada. No había nada más en el inmenso baño de azulejos verdosos, únicamente la bañera con la momia.

Una mano invisible, seguramente la misma que había traído al cadáver, accionó el grifo. Con un golpe seco que reverberó en las cañerías, la sangre comenzó a fluir, primero con gotas tentadoras, luego en un fluir casi incontrolado. La momia se inclinó, impulsada por el líquido, mientras la bañera se llenaba. Su vaivén incontrolado, propio de la inercia y la gravedad, amenazó con hundirla. Pero se mantuvo recta, con los brazos sujetos al borde, casi aferrados al mármol.

Y la sangre seguí cayendo, interminable, pero la bañera no terminaba de llenarse. Quizás porque era imposible. O quizás porque ya no había ninguna momia.

La dama se recostó en las aguas ensangrentadas. Hermosa. Joven. Inmortal.

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