Amo y mascota

                La celda no era más que un triste cubículo gris con una cama de sábanas rotas y comida desperdigada por el mismo suelo en el que el hombre se retorcía, más de confusión que de dolor, con los ojos inyectados en sangre. El perro contemplaba su sufrimiento desde lo alto del colchón. En sus ojos, anegados por la inteligencia, brillaba la rabia y la compasión.

                ―Tú puedes conseguirlo ―ladró―. Ánimo, Cujo, tú puedes.

                Su mascota no podía entenderle. Nunca lo había hecho. Pero aun así fue capaz de percibir la fuerza que su amigo intentaba trasmitirle en sus ladridos agudos, torpes; ladridos de hombre convertido en perro.

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