Decadencia 9

                Al igual que el resto de institutos con puertas a otros universos y pasillos infinitos, la Academia Sidhe contaba con una serie de laboratorios en uno de los pasillos de la planta baja, con su hilera de microscopios, un esqueleto risueño colgado en una de las paredes y un cuartillo de análisis químico dentro de la propia sala.

                Anarchy contempló al esqueleto con suspicacia. Tal y como habían desembocado los últimos acontecimientos, bien podría ser un alumno que se había dormido en la clase equivocada o no había traído los deberes a tiempo.

                ―¿Sigues con ganas de bailar?

La voz de Palatina logró sobresaltarla.

―La verdad es que no mucho ―intentó sonreír en un vano intento de quitarle importancia al asunto―. Fue un impulso estúpido, lo reconozco, pero estaba demasiado estresada. Después de lo de Senhua mi mente no quería aceptar que estaba ante otro cadáver.

―Cierto, es un dato muy interesante que debo remarcar: hay demasiados muertos relacionados directa o indirectamente contigo.

Anarchy bufó, echando la cabeza para atrás. Los desvaríos policíacos de Palatina le traían sin cuidado, pero no podía obviar todo lo que estaba en juego. La decisión de la chica podía convertirla en una culpable a la que perseguir o en un suspiro de tranquilidad mientras buscaba al asesino en lugar de tener que preocuparse ella.

Aun así, según pasaba el tiempo y la trama de asesinatos se iba enredando, la culpabilidad por la muerte de Senhua cobraba fuerza. Y si quería acallar sus remordimientos estaba moralmente obligada a investigar lo que había sucedido.

Estaba la joven sumida en dichas cavilaciones cuando la puerta del cuartucho se abrió. Missy salió, todavía con la bata puesta y una caja entre sus manos. Con cada paso, el interior tintineaba en una melodía ósea que era casi una burla al baile de Anarchy.

―Ya he terminado el análisis preliminar ―anunció, dejando la caja en una de las mesas para poder quitarse los guantes y las gafas de laboratorio―. Asimismo, he cotejado las muestras de ADN con nuestra base de datos hasta dar con su identidad. Se trata de la desaparecida Ocarina Mircelot de 2ºC.

Las dos chicas fruncieron el entrecejo simultáneamente.

―¿La tercera en la Clasificación del Escondite? ―Palatina esbozó una sonrisa que oscilaba entre la emoción y la preocupación―. ¿La que lleva casi dos años desaparecida?

―¿Tenéis una base de datos con nuestra información? ―Gruñó Anarchy con una mueca de asco.

―Sí y sí ―Missy comenzó a doblar la bata―. Me temo que tendré que abrir un expediente sobre este caso e informar a la dirección. Ya han reaparecido tres alumnas y solo una sigue viva ―levantó la mirada en busca de los ojos aguamarinas de Anarchy―. Insultantemente viva.

La muchacha se encogió de hombros con una sonrisa inocente.

―Lo siento, soy tan irritante que hasta la muerte prefiere apartarme.

―Eso no es excusa ―casi gritó mientras la señalaba con el dedo―. Desde que has llegado te has estado comportando como un huracán ilógico e incoherente que se burla de los demás. Primero fingiendo buscar a Senhua para irte a jugar con el polvo y luego te pones a bailar con las tibias de Ocarina.

A pesar de la firmeza de sus acusaciones, la joven temblaba.

―Así que, por favor ―continuó―, olvida tus locuras de niña pequeña y compórtate. O este desastre continuará en su caída en espiral…

―Oye, ni que todo esto fuera culpa mía…

―… Palatina ―dio media vuelta, ignorando la última queja―, comprendo tu motivación, pero no puedes asaltar a los alumnos para pedirles testimonios, ni seguir escondiéndote en cubos de basura ni continuar rompiendo cristales. Por el momento lo único que has conseguido es que la directora quiera verte ahora en su despacho.

Una sombra oscureció los ojos de la chica. Inusitadamente seria, asintió.

―Ahora cuando vaya a entregarle los restos de la ex alumna agradecería que me acompañaras mientras nuestra estudiante problemática se va a clase de una vez por todas…

La alarma antiincendios resonó con una intensidad atronadora que acalló las órdenes de Missy. Las luces de emergencia, situadas encima de cada puerta, titilaron mientras un humo denso, blanco y espumoso salió disparado desde las cuatro esquinas hasta que el laboratorio quedó prácticamente cubierto por la espuma. En su día, cuando fue sustituida el agua de los extintores por aquella sustancia, les había parecido una buena idea. A efectos prácticos, resultó ser un desastre.

―¡Anarchy! ―Rugió Missy, disfrazada en contra de su voluntad de muñeco de nieve―. ¿Qué has tocado?

―Lo siento ―la muchacha comenzó a bracear hasta la puerta mientras se protegía el pelo con la mochila―. Pensaba que era el interruptor de las luces.

Se le escapó una sonrisilla traviesa antes de abandonar de una vez por todas el laboratorio.

Dejando un reguero de espuma por el suelo, empezó a correr al mismo tiempo que se ponía bien la mochila e intentaba acicalarse. Ocupada como estaba, tropezó nada más cruzar la esquina con otra chica. Bien fuera por los restos de espuma, por esos zapatos hechos más para presumir que para mantener el equilibrio o por su propia torpeza, Anarchy no solo se golpeó, sino que cayó impulsada hacia la recién llegada.

Quien no dudó en apartarse y dejar que cayera al suelo.

No le sorprendió descubrir que se trataba de Lizzie.

―Eso ha dolido ―protestó, masajeándose la rodilla―. Para que luego digan, eres más inoportuna que yo.

―No sé si te has dado cuenta ―comentó con desinterés―pero parece que te hayas quedado a media ducha.

―Se me terminó el champú ―ironizó mientras se incorporaba―. ¿Qué hace aquí la aplicada estudiante en vez de estar en clase?

―Busco a Senhua ―enarcó una ceja, dándole a entender en una mirada que su propósito no había cambiado, que seguía despreciándola y no tenía tiempo que perder hablando con ella.

Y sin añadir nada más, le dio la espalda a la muchacha para continuar caminando.

―¡Espera!

Lizzie detuvo su paso en una invitación silenciosa para que la chica dijera lo que tuviera que decir.

―Senhua apareció esta mañana.

La joven se giró como un resorte. Sorpresa, incredulidad, emoción… las emociones batallaron en un rostro de normal tan inexpresivo como el de una muñeca. Anarchy no tardó en maldecir el momento en el que se le había ocurrido contarle una verdad que resultaría tan dolorosa como cruel.

―Solo que… ―se pasó la lengua por los labios, buscando todos los eufemismos posibles para aligerar la palabra “asesinato”.

―¿Solo que qué?

―Ha perdido la cabeza.

Lizzie parpadeó.

―No digas tonterías ―le recriminó―. No puede haberse vuelto loca por haber desaparecido un día.

―No, no, me refiero a que ha perdido la cabeza literalmente ―con una risilla nerviosa la chica se pasó el dedo por el cuello.

“Soy idiota”, pensó, todavía sonriendo, mientras Lizzie la abofeteaba. “Una idiota rematada”.

Anarchy solo atrevió a levantarse cuando la figura de la joven era ya una mancha al otro extremo del pasillo. Después de recolocar un mechón revoltoso y comprobar que no se le había salido nada de la mochila, comenzó a caminar de nuevo. Acababa de llegar al inicio de las escaleras cuando tropezó de nuevo, esta vez con una rubia que bajaba corriendo los escalones llamando a Lizzie.

Los mismos tres factores se repitieron, empujándola hacia atrás. En el último instante, la otra chica estiró el brazo hasta agarrarla de la mano. En el momento en el que sus dedos se cruzaron, todo lo que las rodeaba se deshizo en volutas de humo. Hasta que solo quedaron ellas, envueltas por una oscuridad turbia, casi grisácea, que se arremolinó a su alrededor. No había nada, ni un atisbo de luz, ni un camino de vuelta, ni un telescopio polvoriento. Solo esa nada que se mecía, como si se hundieran en alquitrán. Aunque la otra joven no tardó en desaparecer, Anarchy todavía sentía como sus dedos se aferraban a los suyos en un lazo que la unía realidad.

Una imagen comenzó a formarse entre manchas y volutas. La tinta caía, adoptando la forma de una mesita de jardín, tres tazas, una tetera… Todo ello del mismo gris oscuro que imperaba en aquel lugar. Luego aparecieron tres sillas, dos vacías y una ocupada por una figura que no tardó en reconocer: era Lizzie, con los ojos vendados y las manos maniatadas. La chica parecía estar sumida en un sueño tranquilo que contrastaba con los desgarrones de la ropa, el pelo revuelto o los arañazos que brillaban en su piel.

Encima de la mesa, se encontraba sentada una muñeca agrietada que bebía té. Como si fuera consciente de su presencia, el juguete levantó su rostro de porcelana hasta clavar sus ojos de cristal en los de Anarchy.

―Te esperaba… ―su voz era algo más que una voz; era un susurro de ultratumba, siniestro y poderoso―. ¿Te unes a mi fiesta de té?

La muchacha sintió como alguien la tironeaba, reclamándola. Entonces la visión desapareció y volvió a encontrarse en el instituto.

¿TE ATREVES A JUGAR?

Desde las sombras, la autora controla los dados de la historia. Es ella quien reta al azar, pero sois vosotros los que decidiréis cuál de todas las tiradas será la elegida.

Juego en marcha: Lo que más me gusta de escribir Decadencia es la mezcla entre comedia y  misterio sobrenatural que puedo mezclar sin preocuparme por la coherencia (Que sí, que la tiene). Especialmente por los disparates, tan comunes en la manera de ser de Anarchy, y que continuarán en el siguiente capítulo. ¿O quizás habrá una traición? ¿O puede que un momento de sinceridad? Está en vuestras manos elegirlo, pero nuevamente la respuesta está oculta. En una conversación entre Anarchy y Palatina donde se descubrirá cuál será el rol (Detective o Abogada) habrá un testigo casual: ¿Kris, Arameo o Lexel?

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