Arañas en la biblioteca

Los pasos de la bibliotecaria mecánica resonaban con la precisión de un metrónomo. Era un avance lento pero preciso, empujado por la determinación de encontrar a su objetivo. Caminaba a oscuras, recorriendo los interminables estantes de la Biblioteca del vacío.

Buscando. Sin preguntar.

Buscando. Sin conocer su objetivo.

Buscando. Porque esa era su misión.

Buscando. Sin entender el porqué.

Buscando. Porque así tenía que ser.

Buscando. Pues para eso había sido creada.

Las arañas correteaban a su lado, acompañándola con la tintineante melodía de ocho patitas al caminar. La seguían en el suelo y en los estantes, traviesas dentro de un mundo que no les pertenecía. Eran, al fin y al cabo, intrusas dentro de ese reino de papel que la bibliotecaria regentaba con su inocencia de robot. Y a pesar de tener el poder de destruirlas, las ignoró, inmersa en la búsqueda de ese nuevo libro capaz de alterar el universo. Puede que incluso se sintiera algo más humana con su compañía.

En una esquina recóndita de la biblioteca, oculto entre pergaminos y tratados, había un libro abierto. Su tinta, al igual que la de otros muchos ejemplares mágicos, estaba en continuo movimiento, escribiendo palabras que abandonaban las páginas con pasos saltarines e impaciencia infantil.

Para luego convertirse en diminutas arañas negras.

una historia de las crónicas del teatro
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