Memorias magentas

Para perdonar…

                La chica se detuvo en medio de la cocina. Mirara por donde mirara, todo eran recuerdos, momentos congelados en una nota pegada en la nevara, en una taza, en todos esos libros de tartas y galletas que nunca llegaron a usarse. Recuerdos, la cocina estaba inundada de recuerdos; de ella, de ellos, de lo que fueron. Y todos y cada uno de esos recuerdos se burlaban de ella, recordándole que se había quedado sola, que todos los demás la habían abandonado, tomando rumbos diferentes, lejanos, sin tenerla en cuenta.

                Había recuerdos agradables, pero tristes, de todos esos momentos que habían tenido juntos, de todas las bromas, de todas las promesas, de todas las noches de fiesta y los días de ensueño.

                También había recuerdos más dolorosos, de las diferentes traiciones, de la guerra interna que les había fragmentado. Ella había sido la que peor lo había pasado y la única que se negó a tomar partido. Y ahora se había quedado sola, odiando en silencio a las dos personas que habían destrozado ese estúpido sueño suyo en el que eran un grupo perfecto, como en los libros o en las películas.

                Había tardado demasiado tiempo en elegir, creyendo que se solucionaría, pero acabó por perderles a todos. Ahora tenían nuevos amigos, nuevos confidentes, nuevos compañeros de locuras y enredos.

                ¿Por qué ella era diferente?

                Quizás el problema se había fraguado desde el mismo instante en el que se habían conocido. Todos tenían una historia, pero la chica era la única que no tenía más amigos. Ella los había unido, buscando esa amistad sólida con la que siempre había soñado. Había jugado a hacer una combinación que resultó ser demasiado inestable. Y que había terminado por explotar.

                A veces deseaba olvidar. A veces deseaba eliminar todos aquellos momentos, arrancarlos de su cerebro y destruirlos como si nunca hubieran existido. Quizás así dejaría de lamentarse por algo que ya había pasado y resultaría imposible de recuperar.

                Olvidar, tenía que olvidar, pero no los buenos momentos; tenía que olvidar el resquemor que sentía por los culpables y que el tiempo alimentaba, resucitando hechos y anécdotas de los caprichos, las rabietas, los susurros confidentes, las peleas internas…

                Lentamente, la chica comenzó a ponerse en movimiento. Primero como un autómata torpe que no tiene claro lo que está haciendo, luego con la certera y segura precisión de estar siguiendo un objetivo por cumplir. Rebuscó entre cajones, tirando platos y vasos, mientras su mente continuaba dando vueltas, inmersa en todos esos pensamientos que no eran más que la repetición de una única protesta.

                Casi con rabia, vació los cajones hasta inundar el suelo de todo tipo de cachivaches. Indiferente a los cuchillos y cristales que cubrían las baldosas, se arrodilló y comenzó a tantearlos con la desesperación de una ciega. Buscó, ignorando pelapatatas y servilletas, despreciando tenedores y paletas para el pescado. Buscó hasta que dio con el cuchillo. No uno cualquiera, sino ese inmenso cuchillo jamonero que solo usaba para el turrón y algún que otro asado.

                La firmeza de su rostro se reflejó en el cuchillo mientras se incorporaba. Pequeñas gotas de sangre se escurrieron de entre sus dedos, manchando de rojo la comisura de todos esos diminutos arañazos que había cosechado en su desesperada búsqueda.

                A su espalda, colocado con primor y orgullo en un plato de porcelana, descansaba el cerebro de la chica.

                Con delicadeza, pero sin miedo, la joven tomó el órgano con una mano mientras con la otra levantaba el cuchillo.

                ―Es hora de perdonar ―susurró―, pero antes…

                La hoja se hundió, cercenando las memorias magentas.

…primero hay que olvidar

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