Fiebre numérica

                La enfermera alzó sutilmente la mirada cuando el doctor irrumpió en la sala. Le alegraba que hubiera vuelto, pero le inquietó el brillo nervioso y las ojeras que todavía sombreaban los ojos del hombre, como si el mismo mal que le había obligado a descansar unos días todavía estuviera ahí, persiguiéndole. Con un suspiro cansado, la mujer recogió la escudilla, repleta de una mezcla fangosa de agua rojiza.

                ―Buenos días doctor ―le saludó con un leve gesto mientras terminaba de ordenar el material.

                ―Buenos días.

                El médico se acercó a la cabecera de la cama. Su nuevo paciente era poco más que un chiquillo pálido y esquelético cuya enfermedad lo iba consumiendo lentamente, hundiendo sus ojos y coloreando sus uñas de una tonalidad macilenta mientras las costillas comenzaban a marcarse sobre la tirante piel. Entre las muchas medidas que habían impuesto para evitar el contagio de la enfermedad estaba la mascarilla que el enfermo llevaba y que no había tardado en llenarse de unos manchurrones rojizos que el doctor identificó como sangre. La misma que había llenado la escudilla de la enfermera.

                Era un caso espeluznante de una enfermedad desconocida y sin cura. Y a pesar de ello, se sentía animado, recuperado de la impresión de haber operado a un joven sin corazón. Él no estaba hecho para casos imposibles, sino para los retorcidos ingenios de la naturaleza.

                ―Por fin tenemos algo normal entre nosotros ―celebró―. ¿Habéis analizado ya la sangre de los esputos?

                ―Bueno… ―la mujer tragó saliva mientras esbozaba su mejor sonrisa de compromiso―. Lo cierto es que no se trata de sangre.

                El doctor enarcó una ceja.

                ―Entonces, ¿qué es?

                ―Son números, números capicúas que vomita y que luego se deshacen.

                ―¡Eso es imposible! ¡Ilógico y amedicinal!

                ―Pues parece que ese es el principal síntoma de su enfermedad… ¡Uy, mira! Un 1 se le está escurriendo a través de la mascarilla ―con tierna paciencia, limpió el número hasta convertirlo en una mancha―. Es lo más habitual, ¿sabes? La combinación 1331. Y ochos, muchos ochos… ¿Doctor? ¿Se encuentra bien?

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