Zampacerebros

                La no muerte era aburrida, un continuo de días grises y horas idénticas que se sucedían una tras otra. Afortunadamente, él ya no era capaz de percibirlo. Ni el cansancio, ni el tedio, tampoco el asco ante las muestras de vida que otros disfrutaban en restregarle, a veces incluso con lloriqueos ante lo penosa que era su existencia al no haber logrado cumplir los requisitos que su ego exigía, otras veces con dardos envenenados de odio y egoísmo.

                Para un zombi, aquellas tonterías no eran más que el condimento para sus selectas comidas. Esa era la única importancia que podía darles, a pesar que, a veces, todas esas críticas (a particulares y ajenos) despertaban lo que quedaba de su lado humano. Eso solía suceder antes de devorar al criticón, momento en el que todo volvía a su apática normalidad. En su nueva existencia no había cabida para preguntas como, “¿desde cuándo estoy muerto? ¿Qué me pasó? ¿Qué hago abalanzándome sobre ese apetitoso humano en vez de ir al supermercado? Aunque podría ir al supermercado a por más cerebros…“

                Cerebros. Su mundo giraba en torno a ellos, especialmente a su abundancia y accesibilidad. También a la protección del suyo; lo único que no parecía podrirse y que, en caso de ser destruido, le llevaría irremediablemente a la MUERTE. La última, la oscura, la indescifrable. Hasta esa pseudovida suya era preferible a la ausencia de haber desaparecido para siempre.

                En los momentos en los que recobraba la conciencia solía preguntarse qué sería morir de verdad, qué había al otro lado o si dicho lado existía. No siempre se permitía el lujo de divagar filosóficamente: tenía un problema demasiado urgente como para ignorarlo a favor de las preguntas retóricas y las cuestiones sin solución.

                Desde hacía unas semanas, escaseaba la calidad de los cerebros. Seguían habiendo víctimas, torpes humanos y encerronas suicidas, pero esos cerebros no eran los mismos. Faltaba algo, esa pizca de ilusión que los volvía únicos.

                Solo quedaban los cerebros aburridos. Cerebros que no eran más que cerebros, grises e insípidos.

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