Gallinita ciega [LCdT]

La niña escondió el naranja del atardecer tras un pañuelo. Ella también quería ser, durante un momento, la gallinita ciega.

A su alrededor, el resto de chiquillos se fue alejando con cruel disimulo. Ellos tenían su propio juego, uno en el que ella era piñata y marioneta, muñeca de trapo y canica. Lentamente, fueron abandonando el jardín, abandonándola en el centro de un círculo que había dejado de existir. Pronto, solo estuvo ella y el silencio. Y la ilusión por formar parte de los demás. Y el cansancio de aguantar de pie, con los ojos vendados y los dedos estrujando el borde de la falda con impaciencia.

Atardecía, pero ella no era capaz de ver ni el cielo del crepúsculo ni el naranja que pintaba el jardín de su color favorito. El pañuelo lo cubría todo, también la egoísta traición que la había dejado sola, abandonada por los que todavía esperaba ser su amiga.

Su confianza estaba comenzando a flaquear cuando escuchó la voz. Era la canción de una niña como ella que la llamaba con urgencia y una pizca de diversión. Era, también, una burla que la chiquilla aceptó, emocionada al comprender que finalmente alguien iniciaba el juego.

Un paso.

La ilusión no le permitió reconocer la canción: una balada con toques de nana que odiaba visceralmente.

Dos pasos.

Aunque puede que, realmente, su subconsciente la hubiera aceptando con tal de formar parte de los demás.

Tres pasos.

Aun cuando ellos estuvieran siempre insultándola, convirtiendo en juego lo que no era más que una tortura.

Cuatro pasos.

A veces sentía que ya no podía más.

Cinco pasos.

Estaba cansada. De ellos. Del horror en el que convertían hechos cotidianos y sencillos.

Seis pasos.

Y a pesar de ello seguía intentándolo.

Siete pasos.

Porque quería ser su amiga. Porque quería jugar con ellos en vez de observarles desde la lejanía.

Ocho pasos.

Pero según sus intentos fracasaban, cada vez era más fuerte el deseo de apartarse de ellos para siempre y encerrarse en su propio mundo. De desaparecer. De ser ignorada. De atarse a sus peluches y olvidar a los humanos.

Nueve pasos.

El silencio sustituyó a la canción, tan oprimente como el inicio que había preferido ignorar. Con una determinación desesperada, movió los brazos en busca de la dueña de la voz.

No había nadie, comprendió, con el corazón desbocado y un par de lágrimas a punto de derramarse.

Nunca lo había habido.

El atardecer dio paso a una noche hambrienta que devoró los colores, regalándole a la niña una nueva oscuridad sin naranjas ni esperanza.

La chiquilla se balanceó al borde del precipicio.

Todavía podía escuchar cómo, a lo lejos, alguien la llamaba con una canción.

 

Una historia de las crónicas del teatro
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