❀-Ruptura

Somos una familia, un clan sin reglas que se alimenta de las traiciones y de lo que otros prohíben. Somos libres.

Ella formaba parte de la familia, era un miembro más de la oscura maquinaria de asesinos y delincuentes que conformaban esa secta oculta y misteriosa. No obstante, a pesar que finalmente había dejado atrás su camino como principiante, no alcanzaba a encontrarse cómoda con el resto de sus compañeros, siendo incapaz de entender sus aspiraciones o logros.

                Había, también, noches en las que deseaba ser realmente libre. Olvidar todo lo sucedido y empezar de cero en otro lugar con otra vida. Pero ya no podía escapar: una vez habías muerto en nombre de los dioses oscuros solo su culto era capaz de mantenerte con vida. Aun así, sus sueños persistían, tentándola con posibilidades que se escurrían entre sus dedos antes incluso de intentar atraparlas. Eran deseos insignificantes, nimios dentro de la gloria con la que fantaseaban sus líderes, pero suficientes para que se fuera germinando lentamente el fuego de la traición.

                La dama plateada le tendió la llave que necesitaba para escapar.

                Tropezó con la mujer en una calle cualquiera. Ambas estaban amparadas en las sombras, ocultas por las tinieblas a las que moldeaban hasta poder formar parte de ellas. Aun así, la desconocida relucía como solo los seres mágicos eran capaces de hacerlo. Tenía el cabello y los ojos de un gris brillante, casi de plata líquida, y llevaba una tiara que le confería un aire de princesa. Eso era lo único que destacaba de aquel ser que se cubría con capas y faldones de un negro vacío y penetrante.

                Podía haber pasado por una joven común, una noble, una hechicera, pero en su presencia estaba escrito que formaba parte del Círculo de los Oscuros. Cazadores de anomalías, inquisidores de ese mundo cosido entre hojas y tinta y guardianes del Teatro.

                Sus enemigos.

                ―¿Esto es lo que deseas? ―La mujer tenía una voz inmemorial y fría en la que se ocultaba una pizca de burla―. ¿Formar parte de esa hipocresía que intenta destruir nuestras reglas con las suyas? ¿Resucitar a los dioses oscuros, engendros paganos que no tendrían que existir?

                ―¿Acaso puedo elegir?

                Nunca había tenido esa oportunidad. Formaba parte de los restos que la Realidad expulsaba y que la ciudad sin sol había acogido.

                ―Ayúdanos y serás perdonada. Traiciónales y tu maldición será eliminada.

                La voz de la dama resonaba con la misma tentación que coloreaba sus sueños, logrando cautivarla con una nueva promesa capaz de eliminar para siempre las penumbras de su vida. Aun así, desconfió de ella, pero se aferró a esa posibilidad para destruir la oscuridad que tanto odiaba.

                ―No puedo ―tanteó con discreción―. Si les abandono moriré.

                ―No te fíes de sus mentiras. Si realmente vuestra fe os salvase habrías vuelto a morir hace tiempo: lo que realmente te mantiene con vida es, precisamente, que no la necesitas. Eres un cascarón, un personaje vacío sin nombre ni historia. Ni siquiera está escrito tu progreso como recién llegada, aprendiz y principiante. No importas.

                “Eso es cierto”, suspiró para sus adentros mientras cerraba los ojos. “Pero me gustaría poder ser alguien”.

                ―¿Y si el precio de mi traición fuera dejar de ser una sombra cualquiera? ¿Y si lo que deseo es recuperar el pasado, decidir mi presente y liberar mi futuro?

―Entonces ya eres una de los nuestros.

El personaje hueco se estremeció al notar una mordedura de calor en el hombro izquierdo. Ardía en un fulgor magenta que iluminó el mundo gris y negro que habitaba. A pesar del dolor y la inquietud ante lo que estaría a punto de suceder, contempló con asombro aquel color nuevo y único. Intentó atraparlo en sus dedos, atesorarlo en su memoria y aferrarse a él para siempre, pero se detuvo al comprender que formaba parte de ella.

En lo alto de su hombro centelleó el tatuaje de una flor tan imborrable como su determinación. Era un dibujo de trazos delicados, simple en esencia, pero con el suficiente poder para afianzar la ruptura con las tinieblas para siempre.

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