Decadencia 7

                       A veces, es necesario que algunas cosas desaparezcan…

                Anarchy odiaba definir su personalidad en unas pocas palabras. El motivo era tan extenso como la lista de adjetivos que de una manera u otra la describían (y que continuamente estaba ampliando). No obstante, había uno en concreto que encajaba a la perfección en aquellos momentos en los que se enfadaba y no podía soportarlo más, en los que necesitaba demostrar que ella también estaba molesta, aunque fuera haciendo uso de su cortesía más desagradable y antipática.

                Esa palabra era impertinente y formaba parte de los muchos motivos por los que tenía más enemigos que amigos. O, mejor dicho, más conocidos que preferían no volver a juntar nunca más su camino con el de ella.

                Aunque la mayoría de las veces ignoraba a propósito ese detalle, había días como aquel en los que contenía su malhumor. Para los demás era simplemente un comportamiento desagradable con el que la condenaban, olvidando que ella también podía enfadarse.

                Acostumbrada a la negativa y los caprichosos giros con los que el destino tendía a burlarse de sus piezas, Anarchy había sustituido la impertinencia por una sonrisa.

                Era mejor aparentar indiferencia que seguir despertando el odio.

                Así pues, sonrió cuando llegó al instituto y vio que la conserjería estaba cerrada.

                Sonrió cuando el bedel llegó tarde a su puesto de trabajo, haciéndole perder su valioso tiempo y una de esas clases que, súbitamente, estaban comenzando a interesarle.

                Sonrió al enterarse que los objetos perdidos se encontraban clasificados en códigos ininteligibles y que para acceder a ellos había que rellenar un formulario que ocupaba unas diez páginas.

                Sonrió cuando tropezó con Missy, quien torció el gesto al verla hasta esbozar una mueca de asco y repelús.

                Sonrió hasta que notó que le escocían las mejillas, poco acostumbradas a la repetición continua de dicha acción. Y menos al esfuerzo adicional de la exagerada sonrisa irónica.

                Cuando se encontró con Kris estaba demasiado cansada como para esbozar algo que no fuera una mueca mustia de cansancio e impaciencia.

                ―Hola ―el chico le saludó con una cordialidad ajena al resaltado malhumor de su amiga―. Te he traído algunos apuntes.

                Rebuscó en su mochila hasta dar con un par de hojas unidas por un clip que le tendió, algo dubitativo. Anarchy alzó levemente las cejas ante la escasez que le ofrecía, pero terminó por aceptarlo. En silencio. El muchacho, visiblemente nervioso, la observó con impaciencia, esperando quizás alguna pregunta o signo de agradecimiento.

                ―No sabía si ibas a venir ―reconoció, a regañadientes.

                Aunque calló que si no había traído más era para evitar sobrecargarse con un peso inútil.

                La joven lo aceptó con un débil amago de sonrisa que se quedó en nada. A decir verdad, su mente continuaba dándole vueltas al innecesario formulario que tenía que rellenar para llegar hasta objetos perdidos. Un fastidio a todas luces prescindible.

                Estaban los dos en silencio, amparados en sus propios pensamientos, cuando apareció una chica con la brusquedad de un tornado y el tintineo de varios cristales rotos. Saltó por encima de ellos hasta quedarse justo delante, con el dedo índice apuntando a Anarchy.

                ―Esto… ―entre sorprendido y asustado por la repentina aparición, Kris se quitó los auriculares―. ¿Has visto eso?

―Ajá.

―¡Pero si acaba de aparecer de la nada!

―Creo que más bien ha saltado por una ventana. Por aquí hay muchas.

―¡Pero todos esos cristales…!

―Estaba cerrada, oye ―le increpó la muchacha. Había en su manera de hablar cierto aire que recordaba a un ratoncito nervioso―. Cuando se va con prisas cualquier obstáculo es irrelevante.

Mientras, al fondo del pasillo, Lexel contempló la escena con curiosidad. Luego vio el estropicio de cristales y sangre, y se apresuró a desaparecer antes que Missy le encasquetase aquel nuevo desastre. Pensándolo mejor, se dijo, era improbable que lo que hubiera visto era real.

Pero lo era, para confusión de Kris y fastidio de Anarchy.

―Por qué tengo la sensación que quieres algo, señorita bala atómica ―rezongó, tiñendo sus palabras con esa impertinencia que ya no era capaz de ocultar.

―Es Palatina. Señorita Palatina si así lo prefieres ―anunció, orgullosa―. 2º A, grupo sanguíneo B, 1’67 de altura y 55 de peso. Soy alérgica a los cacahuetes y mi sueño es convertirme en detective y atrapar a los villanos. O volverme abogada y defenderlos.

―Ajá.

―Y tú eres… ―entornó los ojos, negros como el carbón―. 1º C, pelo teñido de verde, ojos aguamarinos, 1’60 de altura y 54 de peso. Llevas un uniforme redecorado con el límite existente de accesorios y formas parte de la lista de los que han estado más tiempo desaparecidos. ¡Que me parte un rayo si no eres Anarchy Da Angelo!

Con una pizca de crédula ilusión, Anarchy aguardó a que del cielo comenzaran a caer truenos. Pero por enésima vez, nada de lo que ella quería sucedió. Aunque tampoco apareció ninguna sombra monstruosa.

―Diría que encantada de conocerte, pero no es mi mejor día. Ya te daré hora para el momento idóneo en el que forjar una maravillosa amistad.

―¡No es amistad lo que quiero! Vengo a ofrecerte mis servicios.

La joven supo de inmediato que aquello no auguraba nada bueno.

                …y hay otras que no tendrían que haber aparecido.

                Llovía goterones negros que se deslizaban por las calles, embadurnándolo todo con un gris triste y apagado. A pesar que ni siquiera las gotas eran capaces de ocultar el calor sofocante y pegajoso que hacía, los tres chicos sintieron el frío que emanaba aquel callejón. Una muchedumbre se agolpaba al otro extremo, rodeando la escena como un muro de curiosidad ante lo que había sucedido. Los policías sobresalían entre los vecinos, como inmensos cuervos.

                Anarchy entornó los ojos, aguardando a que el médico emergiera de entre la muchedumbre. A su lado, Kris se estremeció. De frío. De miedo. De incertidumbre.

                ―La encontraron esta mañana ―anunció Palatina. Había abandonado el entusiasmo, sustituyéndolo por una máscara fría e impersonal―. Parece ser que murió a medianoche.

                Un aroma lejano, pero penetrante, les envolvió, dulzón y sombrío como la muerte misma.

                ―A Lizzie esto no le va a gustar ―murmuró Anarchy, por lo bajo, casi para sus adentros―. Lo bueno es que por fin Senhua ha aparecido ―añadió en un penoso intento de aliviar la situación.

                ―Pero fue una aparición incompleta.

                Como impulsada por un resorte, se giró hacia Palatina:

―¿A qué te refieres?

―Hay una parte de ella que sigue desaparecida: la cabeza. Lamentablemente, la escisión entre cabeza y cuerpo suele conducir irrevocablemente a la muerte. Que cosas, ¿no crees?

La escuchó con los sentidos embotados. Nada de esto era real, no podía serlo. Era demasiado tenebroso, demasiado surrealista y cruel para formar parte de esa vida suya a la que a veces comparaba con un cuento de hadas.

No era justo, pensó.

―Eso no es todo ―añadió la muchacha―. Un misterioso elemento ha aparecido junto al cadáver: una diadema de terciopelo negro.

―Vaya ―sonrió con amargura―, parece que es cierto que las cosas aparecen cuando no se las busca.

―Por eso mismo ―Palatina le lanzó una mirada seria, inescrutable, capaz de perforar más allá de sus emociones ― quiero ofrecerte mis servicios como detective… o abogada.

Anarchy frunció el ceño. Ambas opciones la habían convertido en culpable.

¿TE ATREVES A JUGAR?

Desde las sombras, la autora controla los dados de la historia. Es ella quien reta al azar, pero sois vosotros los que decidiréis cuál de todas las tiradas será la elegida.

Juego en marcha: un crimen misterioso, espezlunante e incriminatorio se cierne sobre Anarchy. Poco tiene de casual, pero lamentándolo para nuestra tierna protagonista, sus posibilidades no están en sus manos, sino en las vuestras.

1-ANARCHY: está la opción de cotillear y desentrañar la verdad, pero también la de ignorar lo sucedido y fingir que nada de eso le incumbe (Lo cual en cierta manera es verdad). También la tercera y última opción: librarte de todas las sospechas cargándole el muerto, literalmente, a otra persona. Concretamente a esa compañera suya que estuvo en el instituto por la noche en misteriosas circunstancias.

2-PALATINA: su decisión tampoco la puede controlar a Anarchy. ¿Ser la detective y perseguir al criminal, es decir, nuestra protagonista? ¿O ser la abogada que la defenderá? Está en vuestras manos.

¡ENCUESTAS CERRADAS!

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2 comentarios en “Decadencia 7

  1. Parece ser que soy la primera en votar y comentar XD
    Después de mucho tiempo sin aparecer por tu relato, aquí me tienes. Estoy más que intrigada por saber qué pasará con todos los personajes, en especial con la intrigante Anarchy ¬¬* Así que más te vale continuar la historia y no detenerte hasta haberla acabado!! *^*
    Se despide por ahora la reina oscura 😉

    • ¡Bienvenida al teatro, reina oscura! O titiritera, por lo que veo (Parece que tengo un nuevo blog al que visitar).
      Solo puedo prometerte un desmadre improvisado según las opciones. Y la amenaza de la propia Anarchy por acabar la historia, así que ten por seguro que esta no acabará en el olvido. Espero.

      ¡Volveremos a vernos pronto!

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