Se llamaba Cobarde…

…aunque ese no era realmente su verdadero nombre. Era solo un apodo con el que se refería a sí misma y al terrible defecto que arrastraba. Lo odiaba, pero haciendo gala de la contradicción no dejaba de repetirlo, manteniendo así el recuerdo de aquello que tenía que eliminar.

                Soy una cobarde que no se atreve a luchar.

                Lanzó una estocada al vacío, blandiendo la espada de madera con furia.

                Soy una cobarde que no se atreve a enfrentarse a los monstruos.

Sabía pelear, podía ganar, pero se resignaba a las batallas secundarias; seguras y sencillas.

Soy una cobarde que no se atreve a enfrentarse a los monstruos por miedo.

Se detuvo, con el rostro perlado por el sudor y las manos ardiendo en torno a la empuñadora.

Soy una cobarde que no se atreve a enfrentarse a los monstruos por miedo a no ser capaz de derrotarles.

La espada era cada vez más pesada, recordándole a su vez que no podía huir para siempre.

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