Adicción

“Es 8 de septiembre”, recordó.

                Se suponía que iba a ser un día especial gracias al poder que ella misma le había conferido a esa fecha, incluso los últimos eventos de su vida se habían moldeado para permitirle que ese día en particular, anodino a ojos de cualquiera, se transformara en algo único e irrepetible. No obstante, ahí estaba ella, contemplando como la tarde moría, amparada en esa tranquilidad propia de las vacaciones.

                Indiferente a todos los planes que había tenido en mente y que se habían desvanecido sin que se diera cuenta, contempló la sinuosa telaraña que cubría sus brazos hasta hundirse en sus muñecas o recorrían sus piernas como un entramado de algodón.

                Ese no era el único regalo que la araña le había ofrecido. Decenas de picaduras veteaban su piel, manchas rosadas sobre blanco que se desperdigaban aleatoriamente.

                El veneno que se esparcía por sus venas era empalagosamente dulce, capaz de aletargar su realidad y convertir el tiempo en una quimera con la que seguir soñando.

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