La fruta del odio

La fruta del odio pendía de un árbol de alabastro.

                Bastaba con extender el brazo para poder alcanzarla y hundir los dedos en su pulpa carnosa, recubierta de zarcillos negros y rezumante de rabia. Cualquiera podía hacerlo: bastaba con levantar la mirada y descubrir esa semilla oscura que lo envenenaba todo con su presencia.

                La suya se ladeaba desde la rama, goteando zumo y lágrimas resignadas. Era un regalo que había aceptado, devorándolo con ansia hasta que la oscuridad comenzó a pintar de negro sus venas, inyectando en ellas el mismo odio que le rodeaba.

                Y éste no distinguía amigos de enemigos.

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