DECADENCIA: 2

                La chica cerró los ojos, cubriendo el escenario que la rodeaba por un velo de oscuridad con tal de fingir que estaba en cualquier otro sitio que no fuera el instituto. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que había ido a clase, tanto, que ya ni siquiera recordaba el nombre de la mayoría de sus compañeros o qué había sido lo último que habían dado.

                Aun así y a pesar de todo, ahí estaba, a dos pasos de volver a entrar como si su ausencia no hubiera sido más que un fugaz suspiro.

                Anarchy había hablado muchas veces de regresar, pero nunca había pensado realmente en hacerlo. Hasta que esa palabrería se había convertido en realidad y había acabado por seguir un impulso que le había traído de nuevo ante las puertas repletas de folletos y recordatorios sobre las normas centro.

                Quisiera reconocerlo o no, lo cierto es que estaba tan agobiada como ansiosa.

                ―Bienvenida, mi pequeña.

                Tres palabras que provocaron un escalofrío que recorrió a la muchacha, nerviosa ante la familiaridad de una voz que no podía reconocer. Inquieta, abrió los ojos mientras se incorporaba, adoptando inconscientemente una actitud defensiva. Enfrente suyo, una mujer de porte grácil y casi etéreo, la contemplaba con una sonrisa luminosa. El cabello se arremolinaba a su alrededor casi como si flotara y el vestido que llevaba parecía estar tejido con nubes y alas de libélula. Además, tenía una varita que parpadeaba y escupía chispas moradas y fucsias.

                ―Soy tan feliz ―exclamó aquel ser, agitando lo que parecían unas alas alargadas y transparentes que se confundían con los edificios que había a su espalda―. Hacía tiempo que aguardaba el momento de vernos cara a cara.

                ―¿Quién eres? ―Aunque recelaba de su presencia, al mismo tiempo la joven sentía que ella también había estado esperando ese encuentro entre ambas.

                ―Tu hada madrina.

                Anarchy asintió por inercia. Había leído tantos libros sobre hadas madrinas, que no le resultó del todo descabellado que la suya hubiera aparecido, aunque hubiera sido en un día que se estaba transformando en una encrucijada. Y quizás fuera por la presencia del ser, tan calmado y resplandeciente, pero la chica sintió cómo se le contagiaba esa su misma calma. Ya nada le parecía tan terrible o angustiante como antes, quizás emocionante, como un reto con el que alterar su rutina.

                ―He venido a darte un regalo, mi pequeña ―anunció la criatura con su voz cantarina―. He oteado todos tus posibles futuros y en la mayoría es probable que lo vayas a necesitar.

                El hada se inclinó hasta alcanzar la altura de la muchacha que cerró los ojos instintivamente. Con la reverencial parsimonia con la que antaño se coronaban a los caballeros, le colocó una cadena broncínea que terminaba en una esfera de lados achaparrados y filigranas que recubrían su superficie.

                Cuando volvió a abrir los ojos, su madrina ya no estaba. No le dio importancia, puesto que no era incapaz de recomendarla. Esa era la maldición que perseguía a las hadas: la magia etérea que las envolvía convertía su recuerdo en algo tan inconstante como un soplo de viento. Quizás, si se volvieran encontrar, la muchacha sabría quién era y qué había pasado, pero cuando la criatura desapareciera, también lo harían los recuerdos.

                Así pues, la muchacha se quedó en silencio, abstraída en sus propios pensamientos, sin percatarse de ese colgante que pendía de su cuello y que antes no estaba.

                Aquel collar no era el único cambio. El breve encontronazo con el hada le había devuelto la calma necesaria para retomar la iniciativa. Con una sonrisa socarrona y el entusiasmo de quien está dispuesto a dominar el mundo, la joven acortó el tramo que le separaba del instituto y cruzó sus puertas sin acordarse de la antigua angustia.

                Las paredes, familiares y extrañas al mismo tiempo, la recibieron con solemnidad y el característico silencio que envolvía a los pasillos en hora de clase. Los posters, las listas y las fotocopias parecían tener la intención de empapelar cualquier resquicio, ocultando así la piedra de color crema con la que estaba hecho el edificio.

                La chica se dirigió hacia la secretaría con unas zancadas casi impacientes por reincorporarse de nuevo. Su mostrador estaba a la derecha del recibidor, cubierto por más papeles en los que se podían leer algunas indicaciones para los nuevos alumnos, las últimas novedades sobre las matrículas o recordatorios sobre las fechas límites para apuntarse a un club. En aquel momento, solo había una chica entregando unas hojas. Delgada, pero esbelta, le caía una cascada de cabello castaño por la espalda que se arremolinaba en las puntas a pesar de sus intentos de dominarlo con horquillas y una diadema. Solo cuando se giró, una vez finalizado el trámite, Anarchy la reconoció. Se llamaba Missy y habían coincidido un par de veces en la biblioteca. Aunque dado que pertenecían a clases diferentes, lo más probable es que nunca hubieran hablado.

                ―Hola ―le saludó la joven con un gesto educado―. Bienvenida, aunque me temo que te has equivocado. Esta es la secretaría del instituto; el polideportivo es el edificio casi idéntico que está justo enfrente. No tiene pérdida.

                Incapaz de contenerse, Anarchy rompió a reír.

                Missy llevaba el uniforme del centro: una camisa blanca y almidonada que los alumnos podían combinar con una chaqueta, rebeca o chaleco burdeos según su elección, asimismo de un lazo o corbata del mismo color y la característica falda plisada y a cuadros que en los chicos era sustituido por unos pantalones grises. Ella, en cambio, vestía con un jersey viejo que, además, le iba grande, una falda blanca que no solo era demasiado corta, sino que tenía encaje, rayas y sus bordes se curvaban. Además de todos los complementos con los que le gustaba adornar su ropa y que sobrepasaban el límite de lo permitido. A modo de guinda, Missy llevaba su cartera, con la que terminaba de completar su imagen de estudiante, en cambio ella ni siquiera se había acordado de coger el DNI.

                ―El hecho que no parezca una estudiante, no significa que no sea lo sea.

                Un brillo de indignación relució en la mirada azulada de la joven, pero en vez de replicarle, se alejó con altanería dispuesta a no perder el tiempo.

                Anarchy contempló como se iba, todavía con una sonrisita entre los labios. Estaba a punto de dirigirse hacia secretaría cuando alguien la saludó. A sus ojos no era más que una silueta que se recortaba en lo alto de las escaleras que había enfrente del recibidor, pero aun así logró reconocer a uno de sus antiguos compañeros de clase.

                Con una sonrisa, le devolvió el saludo, animada al ver que por lo menos alguien se acordaba de ella.

                Ahora sí, había regresado.

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