LA LETANÍA DEL VIRUS: 4

                La clase estaba sumida en el caos. Era ahí donde pasaban casi la mitad de los días, achaparrados sobre los pupitres, inmersos en una rutina que había sido destruida por la rabia de la chica aburrida.

                Maurice cerró los ojos, dejando que el descontrol le envolviera, “Todo comenzó en la exposición…”

                La voz de su conciencia clamó para hacerle entrar en razón y terminar la frase: “…fue ahí cuando vimos lo peligrosa que era”.

                Pero el joven no podía aceptarlo. Porque finalmente se atrevía a afirmar que esa desconocida era su amiga, quizás la mejor que había tenido nunca. Estaba dispuesto a perdonar el caos que acarreaba esa amistad o el doble filo de las escaramuzas de la muchacha. Estas últimas eran, en parte, como un sueño hecho realidad donde los villanos eran castigados.

                Instigado por el descontrol, se atrevió a esbozar una sonrisa, burlándose de todos aquellos a los que les preocupaba más haber perdido los datos del móvil que encontrarse atrapados en una habitación sin luz ni energía. Aunque el suyo también estaba desaparecido, recordó, compartiendo durante un instante la misma angustia.

                Uno de esos muchos aparatos inservibles hizo un arco antes de caer cerca de donde se encontraba Maurice.

                El joven se quedó en silencio, ajeno al estrépito que le rodeaba, contemplando los cristales y las diminutas piezas que se arremolinaban en el suelo.

                Por primera vez en mucho tiempo se sentía feliz.

*

Lejos de desaparecer, el caos de aquella mañana se extendió al resto de días venideros, contaminándolos con la inoportuna presencia de periodistas aburridos y la investigación que abrió la dirección del centro. Aun así, lo que más les marcó fue al abrupto cambio en una rutina que llevaba ya tanto tiempo en funcionamiento que el primer día después del incidente, ninguno de los estudiantes tenía muy claro qué había qué hacer. Sin ordenador ni power points, los alumnos descubrieron que era posible dar clases únicamente con el profesor explicando con un libro de texto tan estropeado que debía pertenecer a esa otra época en la que la tecnología no había superado al papel.

                Para Maurice, aquellas clases fueron tan extrañas como eficaces. Sin tener los temas preparados de antemano que les daban, no le quedó más remedio que empezar a prestar atención. Aun así, el cambio más impactante que sufrieron fue en los recreos. Al igual que el resto de grupos, la clase del joven se apiñó como siempre en su rincón. Solo que esta vez no tenían consolas, tabletas o móviles con los que distraerse, únicamente el aturdimiento de quien no sabe hacer otra cosa. Desde su escondrijo, Maurice reía al verlos sentados con orgullo durante los quince minutos que duraban cada patio, inmóviles en su asombro al descubrir que no sabían qué hacer.

                Al principio el chico estuvo vigilándolos, divertido ante ese juego de estatuas, pero acabó por olvidarse de ellos cuando su móvil reapareció misteriosamente. Una mañana descubrió que alguien lo había dejado encima de su mesa, tan arañado y desgastado como el día en el que se lo habían quitado. Aunque su contenido también había desaparecido, el muchacho no tardó en dar con una copia de seguridad que restauró todos los programas e información.

                No le sorprendió descubrir que de todos sus contactos, solo uno había resistido a la purga informática. Tampoco le importó.

                Tener a su lado a ChicaAburrida era suficiente para sumergirse de nuevo en su mundo solitario.

*

                Cuando Maurice llegó a su casa, los hombres de negro le estaban esperando. Al principio pasó de largo, ignorando el saloncito donde los desconocidos hablaban con su madre. Estaba demasiado enfrascado en un chat como para alzar la vista y saludar a esos tres hombres que, seguramente, nunca más volvería a ver. No obstante, se detuvo al notar como enmudecían. No fue necesario reconocer ese silencio abrupto y culpable de quienes han sido descubiertos para comprender que habían estado hablando de él.

                ―Buenas tardes ―el primero en hablar fue el que parecía el cabecilla, un hombre de mirada escrutiñadora y gafas de pasta. Su aspecto era insulso, una sombra cualquiera con la que uno se puede cruzar en la calle, pero estaba remarcado por esa presencia característica de los acostumbrados a mandar y dominar la situación―. Te estábamos esperando.

                Con un escalofrío, el chico guardó el móvil al notar como la mirada de todos, incluida la de su madre, estaba pendiente del aparato.

                ―Hola… ―le lanzó una mirada furtiva a su progenitora, buscando en ella cualquier pista que le ayudara a comprender qué estaba sucediendo.

                Pero solo recibió una sutil indirecta para que se sentara y se uniera a ellos.

                Nervioso, el joven se sentó en la otra punta de la mesa, marcando la mayor distancia posible entre él y los desconocidos. El hombre que había hablado sonrió ante su decisión. Era el único de esos tres que estaba sentado y lo contemplaba todo la tranquilidad de una araña que vigila sus redes.

                Intentando ignorar su mirada, Maurice se fijó en que sus dedos tamborileaban sobre unas hojas desperdigadas sobre la superficie de la mesa.

                No sabía por qué, pero necesitaba leerlas. Quizás para calmar la angustia que sentía.

                Pero solo alcanzaba a ver la mancha borrosa de una fotografía.

                ―Hola, Maurice. Soy el doctor Globocnik, psicólogo farmacéutico de la Rosevert Corporation.

                Inconscientemente, durante todo ese tiempo el chico había estado albergando el miedo a que la policía (o el gobierno directamente en sus fantasías) se presentara un día para culparle por todos los desastres y su relación con la hacker que los había orquestado. Casi había creído que se habían hecho realidad al verlos ahí, con sus trajes oscuros y la mirada pétrea de los reguladores de la ley.

                En ningún momento se le había ocurrido que fueran representantes de una empresa farmacéutica. Ni siquiera cuando esa empresa fuera la más poderosa del continente.

                El muchacho intentó decir algo, pero tenía la garganta seca.

                ―Hemos venido a hablar con tus responsables legales y, preferentemente, contigo sobre ese peligro con el que estás jugando ―el hombre se quitó las gafas. Miraba directamente al joven, analizando cada gesto, cada expresión, cada emoción que delatase lo que estaba pensando―. Me refiero, como no, a tu nueva amiga.

                La cautela y la desconfianza estallaron dentro de Maurice, liberándole de esa primera impresión que le había bloqueado con su misterio y desconfianza.

                ―No sabía que unos farmacéuticos se preocuparan de esas cosas―gruñó, hundiendo las manos en los bolsillos mientras desviaba el rostro. Acariciar la superficie del móvil le trasmitió el suficiente valor como para mantenerse firme e indiferente.

                ―Soy uno de los encargados del departamento de las nuevas plagas…

                ―No son más que leyendas ―le interrumpió―. ¿De verdad hay investigadores que se preocupan por los devoradores o los ígneos?

                ―Algunas plagas pueden parecer más reales que otras ―asintió, firme en su posición―. Y las neuroenfermedades son las más verídicas de todas ellas.

                Maurice parpadeó, confuso. No sabía cómo enlazar la poca información que le estaban dando. Ni siquiera estaba seguro de si habían venido por ChicaAburrida o por su hipotética Soledad, dos de los miedos que más le aterraban y que en ese momento se entremezclaban en su interior.

                ―No entiendo nada… ―susurró en un intento desesperado de vaciar su cabeza de temores y paranoias.

                ―Real o no, la Soledad y el Aburrimiento son las dos enfermedades que han tambaleado nuestra sociedad en los últimos años. Así es cómo se lo explico a mis estudiantes en la Universidad, pero me figuro que hasta un estudiante de bachillerato sabe algo tan simple como eso. También que mientras la Soledad únicamente es letal para el portador, los Aburridos son capaces de estallar llevándose consigo la integridad y cordura de todo aquel que le rodea o tenga la desgracia de tropezarse en su camino. Los más inofensivos ―con el dedo índice le dio un par de golpecitos a la hoja, justo encima de la fotografía―, optan por suicidarse.

                ―¿Cómo quién? ―aventuró, lanzándole una mirada significativa a las hojas.

                El doctor sonrió, asintiendo levemente mientras las reagrupaba.

                ―Este es el informe de uno de los casos que estuvimos investigando para poder analizar el deterioro cerebral y psicológico. La ficha es confidencial, por supuesto, pero no veo ningún problema en compartir contigo la identidad de la enferma que una mañana se lanzó por la ventana. Se llamaba Mamen y tenía 20 años cuando puso fin a su vida.

                Mamen.

                El nombre recorrió la espina dorsal del chico como una corriente gélida y escalofriante.

                Mamen.

                No era el nombre el que le aterraba, sino el no saber qué estaba sucediendo.

                Mamen.

                Puede que solo fuera casualidad, pero Maurice estaba empezando a entender que la chica muerta, la desconocida del informe, y su amiga estaban relacionadas por algo más que un nombre que se repetía incansablemente dentro de su cabeza.

                ―Es nuestro deber curar y prevenir la enfermedad, sea cual sea el vector o microorganismo que esté actuando ―continuó Globocnik―. Incluso cuando se trata de un virus… informático.

                ―No lo entiendo ―hundió el rostro entre las manos―. No entiendo nada, ¿es por lo que pasó el otro día en clase? ¿Qué tiene que ver eso conmigo? ¿Y quién es Mamen? ¿Qué…?

                Enmudeció, demasiado confuso como para seguir convirtiendo dudas en preguntas.

                ―Fue gracias a ese espectáculo que rastreáramos y descubriéramos lo que temíamos: la existencia de un virus capaz de imitar una personalidad humana, concretamente la de nuestra chica Aburrida, Mamen.

                El joven se incorporó violentamente. Tenía la mente en blanco, las tripas revueltas y un único deseo: dejar de escuchar antes que le atrapase la podredumbre de la duda.

                Consciente del impacto que había causado en el joven, el doctor se incorporó. A su señal, los otros dos hombres retrocedieron hasta abandonar la salita.

                ―Sé que no estabas preparado para esta verdad ―suspiró con falsa resignación― y puede que dudes de mis palabras, pero es necesario que comprendas lo peligroso que es el virus. ¿Sabías que la información privada de tus compañeros se ha filtrado en foros y redes sociales? Fotografías íntimas, claves… Incluso datos de sus padres que ahora mismo están desesperados intentando solucionarlo.

                ―Mentira ―se atrevió a decir, finalmente―. No puede ser verdad…

                Globocnik suspiró.

                ―Deja que te dé un último consejo, Maurice. Por muy complejo que sea el virus y por muy detallada que tenga su personalidad, es incapaz de desarrollarse como un ser humano. En comparación de la perfección de nuestro cerebro, el suyo es un mecanismo tan simple que solo puede girar alrededor de una única emoción: aburrimiento, alegría… rabia.

                Se fue, dejando la hoja con la foto, una mancha blanca que brilló tentadoramente sobre la mesa, prometiendo respuestas que no eran más que la llave de la duda.

                El chico se dejó caer. Estaba tan aturdido que ni siquiera se dio cuenta que su madre abandonaba discretamente la sala, dejándole solo.

                Pero eso no era del todo cierto, recordó, rebuscando entre sus bolsillos hasta dar con el artefacto. Ella también estaba ahí, envuelta por el misterio de su identidad, algo de lo que no tendría que estar dudando y que, sin embargo, le atosigaba con una intensidad enfermiza.

                Intranquilo, el muchacho leyó los mensajes acumulados. En ellos se repetía la misma petición curiosa ante lo que estaba pasando para que se hubiera desconectado sin despedirse.

                Esa astucia suya tan característica para relacionar hechos resultaba demasiado escalofriante.

ChicoSolitario: Quiero quedar contigo. Vernos cara a cara.

Maurice se mordió el labio. Lo que estaba proponiendo era arriesgado, además de estar rompiendo sus propias reglas, pero no le quedaba otra. Puede que conocerse fragmentara la magia o se defraudaran mutuamente al verse en persona, pero solo así podría salir de dudas.

“Aunque, ¿y si es una trampa para atrapar a una hacker y me están usando de señuelo?”, se estremeció ante esa nueva posibilidad que convertiría la conversación en un circo.

ChicaAburrida: Lo siento, pero es imposible.
ChicoSolitario: ¿Por qué?
ChicaAburrida: Han hablado contigo, ¿verdad? Puedo verlos en las grabaciones de la cámara de la calle y seguir la IP de la red de su empresa. Parece que han olvidado que ella es para mí un faro, un grito…
ChicoSolitario: Entonces comprenderás que necesito saber la verdad. ¿Es Mamen tu verdadero nombre? ¿Qué está pasando? ¿Por qué te buscan?
ChicaAburrida: Me llamo Mamen. Eso era lo único que sabía cuando desperté. Luego regresaron el resto de recuerdos y supe quién era y qué había ocurrido: me llamo Mamen y me suicidé por Aburrimiento.

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4 comentarios en “LA LETANÍA DEL VIRUS: 4

  1. Bueno, no se si darme por vencedora o no, pero en todo caso la idea concuerda con lo que estaba pesando, aunque puede que ni tan solo chica solitaria se de cuenta de su condición. Con eso quiero decir que el virus hizo mucho mas que copiar la personalidad de Mamen (quizás solo si y le doy muchas vueltas). Es prácticamente como si hubiera transferido la conciencia de Mamen a el directamente. Aunque seria sencillo que al obtener la personalidad y recuerdos de Mamen visualizara la situación así, pero no puedo asegurarlo. Al fin y al cabo el hombre hablo de su personalidad no de sus recuerdos, aunque estos ayuden a conformar la propia personalidad de la chica. Por otro lado sigo impaciente por la verdad de Mamen suicida. Y sabes lo de viajar en el tiempo, creo que aún no me lo contaras eso Celia. Intuyo que eso esta perdido en algún de los relatos que aún no he leído o aún no ha sido escrito.

    Vamos a resolver el misterio.

    • Es una mezcla de ambas: personalidad y recuerdos. Solo que en su caso los recuerdos serían como archivos almacenados (Fotografías, vídeos…) lo que los convierte en hechos lejanos y algo impersonales. Es eso lo que no la hace humana del todo y por lo que falla en cosas como la empatía.

  2. Es muy interesante el planteamiento del aburrimiento y la soledad como dos enfermedades que atacan al sistema neurológico del ser humano. Y es muy curioso que los compañeros de Maurice, siendo personas sociables y libres de estas dos enfermedades, no supieran cómo reaccionar ante la ausencia de la tecnología. Creo que ellos sólo estaban física y mentalmente unidos por las tabletas, los móviles y las consolas de modo que no conocían otra forma de socialización xD
    En fin! En este momento quiero saber inmediatamente cómo sigue la historia así que, en el último comentario, daré a conocer las tres pequeñas teorías que tenía acerca de Mamen y la chicaaburrida 🙂

    Saludos! *-*

    • Creo que es aquí cuando se delata lo que estudio y lo mucho que me gustan las enfermedades XD
      Esa es alguna de las mini ideas que están en el trasfondo de la historia: lo dependientes que son de la tecnología y como todos, en el fondo, estaban solos.

      No sabes lo que me apetece leer esas teorías XD

      ¡Besazos!

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