El inocente

                El inocente no había cometido el crimen, pero el azar y el infortunio se habían confabulado de forma que todas las pruebas apuntaban a que había sido él quien, de una manera u otra, se había visto implicado en el asesinato.

                No tenía más coartada que su palabra ni más defensa que una presunción de inocencia que, a ojos del público, era tan inexistente como el auténtico culpable. Ni siquiera se atrevía a contar con el apoyo de sus amigos: el miedo y la paranoia habían devorado cualquier atisbo de confianza a la que se hubiera atrevido a aferrar. Era, precisamente, ese vacío que sentía al estar solo el que más le torturaba, más incluso que la rabia al saber que el auténtico asesino deambulaba libre de sospecha.

                El inocente cerró los ojos. Enfrente suyo se encontraba la encrucijada que decidiría su futuro: el camino de la huida, del destierro, el no retorno y el camino dela investigación, de la sospecha, del escrutinio policial. Prófugo y sospechoso aguardaban en sus respectivos finales, ambos tan inciertos como la resolución del misterio en el que estaba atrapado.

                Dudó, incapaz de elegir uno.

                Su mente de personaje estaba enturbiada por todas las novelas donde sus predecesores habían huido en vez de afrontar la verdad y los grilletes. El legado de aquellos protagonistas había convertido la decisión en la diferencia entre convertirse en un héroe loco o un cobarde sensato.

Los personajes sin nombre y el mundo gris
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