LA LETANÍA DEL VIRUS: 3

ChicoSolitario: No sé cómo lo has hecho, ¡pero ha sido genial!
                ChicaAburrida: Solo ha sido un pequeño truquito para ayudarte, Maurice O//w//O
                Chicosolitario: … ¿Cómo sabes mi nombre?
                ChicaAburrida: ¡Ups!
                ChicoSolitario: Va en serio, ¿cómo lo sabes?
                ChicaAburrida: Me he descargado una copia del contenido de la Tablet del profesor de Historia de la patología para conocer la lista de tu clase y deducir a partir de ella y la información que me daba tu identidad. No es para asustarte, es más como un juego.
                ChicoSolitario: ¿Y si yo no quiero jugar a ese juego? Valoro mi privacidad.
                ChicaAburrida: Lo siento
                ChicoSolitario: Está bien, pero te toca decirme cómo te llamas.
                ChicaAburrida: Mamen
                ChicoSolitario: ¿Ese es tu nombre de verdad?
                ChicaAburrida: Lo sea o no, es un nombre que me gusta y con el que me siento identificada.

 

*

 

Hubo una promesa: la de no mezclar sus dos identidades, la real y la virtual.

Lo que Maurice nunca imaginó es que también encontraría amigos con los que compartir películas, quedar en juegos virtuales y desahogarse ante la presión de su clase. Amigos con nombres como Oveja_Negra, NyanCatGirl y Lucasito. Nunca habían hablado cara a cara, pero para él era suficiente.

Hasta que llegó ChicaAburrida.

Era como uno de esos encuentros concertados por el destino en los que conoces a tu alma gemela, a ese amigo que tanto necesitas o el confidente que anhelas. De todos los usuarios de la inmensa Red, ChicaAburrida era sin lugar a dudas la más enigmática y esquiva de todos ellos, pero había algo en cada conversación que tenían, en cada imagen o vídeo que compartían, capaz de transformar su relación en una tan real como si durante todo ese tiempo hubieran estado juntos.

Maurice no necesitaba conocerla ya que sentía que ella siempre estaba a su lado.

Al principio las horas de conexión de su amiga habían sido tan caóticas como impredecibles, llegando a enviarle mensajes de madrugada o cuando estaba en clase. Poco a poco se fue adaptando al horario del chico. Aun así era capaz de estar días enteros sin dar señales de vida para luego reaparecer como si su ausencia no hubiera sido más que un lapsus insignificante.

Había pasado más de un mes desde el incidente de las risas. Sus compañeros habían aumentado el vacío, contratacando con el ninguneo, pero el chico se sentía más animado que nunca. Con el móvil semioculto entre los apuntes era capaz de pasarse todas las clases hablando con ella, compartiendo chistes o despistes de los profesores como si estuviera divirtiendo con su compañera de pupitre.

Y para él lo era aunque su presencia fuera tan intangible como la de un fantasma.

*

                El presentimiento le asaltó nada más abrir la puerta. Maurice se quedó inmóvil, atenazado por la duda, a medio camino entre entrar dentro de la clase y quedarse en el pasillo. La lección continuaba, indiferente a las necesidades fisiológicas que habían obligado al alumno a ir al servicio. Era un escenario cotidiano en el que, sin embargo, algo no encajaba. Quizás fuera por las miradas furtivas que se le escapaban a algunos de sus compañeros o la tenue risita que había escuchado al acercarse al aula. O quizás no fuera nada, pero el chico no podía dejar de darle vueltas a la idea que algo iba mal.

                Se dirigió hacia su mesa mientras el profesor le llamaba la atención, invitándole a unirse al resto de la lección. Con cada paso fue dando forma a su miedo, comprendiendo algo que nunca antes se le había ocurrido.

                No le sorprendió ver que su móvil había desaparecido. Y con él el vínculo con su amiga.

*

                La chica aburrida cabeceaba entre noticias de última hora y foros de rarezas. Aunque no quisiera reconocerlo, leía cada comentario con el miedo de descubrir que ya no quedaba nada más. Había recorrido cada rincón de la inmensa Red y a pesar que esta era, en teoría, infinita, poco quedaba que no conociera. Todo era, a su manera, repetitivamente igual y cansino.

                Cuando vio que tenía un nuevo mensaje, no tardó en precipitarse hacia el chat. Su relación con Maurice había alcanzado ese punto de dependencia mutua: él la necesitaba para dejar de sentirse solo, ella para entretenerse con las vicisitudes de una vida impredecible.

                Pero el mensaje que había no era el que ella esperaba.

                ChicoSolitario: Por fin entiendo lo perfecto que es tu nombre: eres demasiado aburrida.
                ChicoSolitario: Ya no aguanto más. Estoy cansado de ti y tus niñerías.
                ChicoSolitario: Adiós. No me busques pues estaré ocupado con otros AMIGOS.
―YA NO ERES AMIG@ DE CHICOSOLITARIO―

“No es verdad”, sus pensamientos se sucedieron uno tras otro, tan veloces como la metamorfosis de sus emociones. Su deseo se había cumplido y el sopor había desaparecido.

Sorpresa.

Tristeza.

Y, al final, la rabia absoluta.

*

                Maurice mordisqueó la punta del bolígrafo táctil. Hacía rato que sus pensamientos había escapado lejos de la lección, perdiéndose por los recovecos de las teorías conspiratorias. Se sentía más atrapado que nunca, pero al mismo tiempo motivado como si todo aquello no fuera más que un juego. Y analizar las diferentes opciones y posibilidades había resultado ser una buena terapia para evitar que el enfado le instigara a cometer una locura.

                Dado que él había sido el único en salir en los últimos minutos, el móvil tenía que seguir dentro del aula.

                El tiempo avanzaba veloz. El chico podía sentirlo sin necesidad de consultar ningún reloj. Con cada segundo se iba poniendo más nervioso, aunque también aumentaba su determinación de comentarle el robo al profesor o al tutor. Estaba prohibido tenerlo encendido dentro de clase, pero no le importaba el castigo si con ello servía de aliciente para que el ladrón devolviera el aparato o fuera descubierto.

                Así estaba, vigilando a sus compañeros en busca de algún gesto sospechoso, cuando las luces de la clase se apagaron. El corazón del joven dio un vuelco, aferrándose instintivamente a la certeza que aquello no tenía nada de casualidad.

                La pantalla, hasta entonces cubierta por las diapositivas, parpadeó. Las imágenes y las palabras se fundieron, devoradas por un inmenso emoticono que fue cubriendo la totalidad del espacio. Era una simple carita sonriente que abría y cerraba la boca como si realmente estuviera hablando.

                A pesar de su inesperada intromisión, Maurice sintió que aquella imagen tenía la extraña habilidad de trasmitir lo que sentía. Aunque solo fuera poco más que píxeles, podía sentir la rabia que se ocultaba detrás de su sonrisa.

                Cuando habló lo hizo con la voz neutral propia de un sintetizador.

                ―Lamento la intromisión, pero odio que me dejen con la palabra en la boca y sin posibilidad alguna de respuesta. Querido profesor; no le voy a robar mucho tiempo, así que puede dejar de intentar llamar al técnico. Gracias.

                El aludido dejó caer su móvil por la sorpresa. Quizás con la intención de dirigirse hacia el avatar, adoptó una postura cautelosa, pero neutral, que fue ignorada.

                ―¿Sabéis? Al principio todo era rabia. Dudo que alcancéis a imaginar lo que se siente al no ser más que el afán de destruir, de gritar, de odiar al mundo. Todo lo demás era secundario, una línea de pensamiento que fácilmente fue eliminada ―mientras la sonrisa del emoticono era cada vez más amplia, el fondo que le acompañaba se fue tiñendo de un rojo que daba vida a esa emoción que intentaba describirles―. También estaba, indudablemente, el pensamiento de la venganza.

                Maurice sí era capaz de comprenderlo. Sentía como se ahogaba en el miedo al no comprender qué estaba pasando, de las consecuencias de lo que iba a suceder… Se incorporó, presa del pánico, sin saber lo que estaba haciendo.

                ―Pero, ¿sabéis qué? Fui capaz de detectar la posición de ese móvil dentro del perímetro de la clase. Ese móvil que todos conocéis y que me ha atraído hasta aquí. Dadle las gracias a la escasa seguridad que tiene el instituto, ya que me ha permitido saber que en vez de estar en su sitio de siempre se encontraba en el pupitre de la segunda fila y cuarta columna. Su dueño, si es tan amable, ¿podría devolverlo? ¿O es demasiado cobarde?

                Sumergidos en la oscuridad y el silencio, la clase se había hundido en una irrealidad que rozaba lo inimaginable. Un hipido temeroso se unió al encantamiento.

                Por un momento, todos ellos sintieron que se encontraban en una gruta repleta de estatuas humanas.

―¿No? Me lo imaginaba ―su risa fue la misma canción con la que había hundido el trabajo de Mallorca―. Entonces dejad que continúe con mi cuento, ya que fue ese pequeño detalle el que logró que la rabia se transformara en alegría. Y es que me habéis regalado una pequeña diversión con la que paliar mi aburrimiento. Encontrar al culpable no fue más que una nimiedad: bastaba con mirar el nombre en la lista de clase para saber que se trataba de Manuel. ¡Un aplauso para ese chiquillo que no sabe ni presentar trabajos ni engañarme!

Aunque sus expresiones estaban enmascaradas por las sombras, el joven se hundió un poco en su silla. Un gesto menospreciable que fue capaz de condenarle.

―Como ya lo he dicho, eso eran tan fácil y simple como aburrido. No, el juego estuvo después, cuando analicé el falso mensaje que me habíais enviado. Puede que vosotros no sepáis quién soy, pero durante el tiempo en el que hemos hablado vuestro chico solitario y yo, he descubierto muchas cosas. Sé cómo sois, cómo pensáis, cómo actuáis. Sé lo que queréis y hasta dónde alcanza vuestra hipocresía. Sé que sois incapaces de concebir la amistad virtual y por eso mismo sé que nunca habrías escrito que me iba a abandonar por otros amigos. Porque para vosotros Maurice está solo.

Y todos acababan de comprender hasta qué punto aquello era falso.

―Y entonces se me ocurrió, ¿y si el ladrón conocía al chico solitario de internet? ¿Y si fuera uno de sus contactos? ¿Y si fuera alguien que hubiera estado fingiendo ser su amigo por la mera crueldad de saber lo que siente un falso solitario?

Maurice parpadeó. El temor continuaba, transformado ahora en el miedo a no querer saber esa verdad. Pero también en la rabia contra ese estúpido mundo que disfrutaba vapuleándole, siempre en su contra. Las dos caras de su realidad se estaban desmoronando por culpa de las mismas manos que insistían en zarandearle como a un juguete.

Los odiaba, comprendió, más de lo que todos ellos serían capaces de sentir juntos.

―Solo tuve que comprobar las direcciones IP de sus contactos más recientes con la de los miembros de esta clase y… ¡Sorpresa! Hubo una coincidencia.

                Por una milésima de segundo, el emoticono parpadeó.

                Fue tan fugaz como el breve descontrol que sintió la chica aburrida. Durante un instante un ramalazo de empatía hacia su amigo la sacudió, permitiéndole entrever lo cruel que era la verdad que iba a revelar.

                No había sido un contacto cualquiera, sino uno en los que confiaba y del que tantas veces había hablado: Oveja_Negra.

                Era inevitable que tarde un temprano Maurice lo descubriera, pero no tenía por qué averiguar que el traidor había estado haciendo capturas de sus conversaciones para enseñárselas al resto de la clase. Todos se habían estado cebando de su ingenuidad, amparados en la seguridad de la camarería.

                La duda entre decir la verdad o no trastocó el control que daba vida al emoticono, transformándolo en un amasijo de píxeles. La chica aburrida no se molestó en arreglarlo.

                El espectáculo estaba a punto de terminar.

―Y volví a recordar lo que estaba persiguiendo ―aunque se mantenía estable, la voz no sonó tan perfecta―: venganza.

Solo una decisión y todos los móviles, tabletas y ordenadores que había en la clase estallaron. Las pantallas se fundieron en negro o rayas de colores que auguraban una avería que iba a ser permanente. Solo al ver como los preciados aparatos estallaban, los jóvenes rompieron su silencio. Gritos, protestas, el parpadeo de las luces… el caos se infiltró con la fuerza de un tornado.

Ninguno era capaz de imaginar que el castigo iba más allá de lo material.

Una sola decisión y todos sus datos habían sido robados, eliminados o vendidos al maremágnum de la Red.

Una sola decisión de la chica aburrida los había destruido mucho más de lo que en ese momento alcanzaban a sospechar.

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4 comentarios en “LA LETANÍA DEL VIRUS: 3

  1. No se que decir, esperaba que Maurice acabara lamentando su desición ya pero parece que no, aun no. Es bastante heavy lo que uno puede llegar a indentificarse a veces con el, pero en todo caso la relación de dependencia que ha creado me hace temer algo malo, basicamente porque ChicaAburrida dpende de el por propio aburrimiento y Maurice de ella por soledad. Maurice lo tiene bien con su dependencia pero cuanto durara el pasatiempo a ChicaAburrida? Que hara despues? Eso sin ligar el posble echo de que sea Mamen del prologo en realidad. A pesar de que tendris sentido que si asi fuera, chica aburrida hubiera conocido internet tan tarde por la epoca en que se situs la historia. Eso que sigue sin encajar con sus habilidades. Eso o, que basicamente chica aburrida ni fuera mas que un propio super ordenador o virus o cosa por el estilo que fue iniciada tal dia, cosa que explicaria su reciente conocimiento de la red. Todo esto separandolo “su indentidad” de la Mamen que conocimos en el prologo. Quizas tomando su nombre expresamente o por tener relación con ella.

    • Aunque ambos necesiten al otro por aburrimiento o soledad, no deja de ser una relación bastante tóxica. En fin, por el momento todavía no lo han pensado mucho 😉

  2. Oh! Se descubrió rápido la identidad de la chica! o.o (o tal vez no)
    Parece que Mamen y la chicaaburrida sí están, de alguna manera, conectadas :O
    Pero no me quiero adelantar a los hechos (aunque ya tenga algunas teorías >w<), quiero dejar que la historia se desarrolle y que ella sola sea quien valide o refute las ideas que tengo *-*

    Ouch! Pobre Maurice! D:
    Manuel, el chico tímido, se burló de él! D:<
    No sé si puedo confiar en ella (se me erizó la piel en ese momento), pero la chicaaburrida estuvo genial! *-*
    Igual me sigue dando mala espina xD

    Saludos! 😀

    • Por lo menos el nombre las une 😉

      ¡Espero poder conocer esas teorías algún día! Aunque ya solo quedan dos capítulos.
      Confiar o no en ella es la duda que persigue a la historia.

      ¡Hasta el siguiente! >w<

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