Una polilla de penumbras |Relato|

El cuerpo de la bruja estaba forjado con el polvo y las cenizas de la nada. Sus ojos eran dos muecas de olvido y su rostro una sombra difusa, casi traslúcida, que brillaba con la frialdad de las máscaras. Era tan real como cualquier deseo, tan poderosa como la emoción que la llamaba, pero igual de invisible.

                Con la ligereza de una nube, la criatura flotó por los pasillos de la facultad. La soledad reclamaba su existencia enmascarada en mil voces diferentes, pero siempre con la misma necesidad. Ella no era la única capaz de escuchar su llamada, pero si la que se preocupaba por responder a ese grito de auxilio. El resto de sus compañeros no terminaban de aprobar esa misión que se había impuesto, pero aceptaban su necesidad recalcitrante con la que condenaba su pasado a la inexistencia y al mismo tiempo lo avivaba al ayudar a los que una vez habían sido como ella.

                A ojos de la bruja aquel rincón de la universidad no era más que un tugurio de sentimientos tenebrosos, crueles, pero egoístamente humanos. Junto a ella flotaban el ansia de ser el mejor, la necesidad de superar a los demás, pero también el miedo a fallar, de quedar rezagado o no estar a la altura. Pánico, cansancio, egocentrismo… ella era capaz de percibir sus volutas grisáceas, tan hipnóticas como una constelación de malos augurios.

                Aunque el ambiente estaba saturado por todas esas emociones, la soledad brillaba entre todas ellas, oscura como el pozo de la depresión. Era, contradictoriamente, más intensa que la más brillante de las luces. Diferentes tipos de soledades se desperdigaban por el pasillo, la mayoría de ellas insignificantes para su juicio de ser divino. De todas sus incontables facetas, solo la que se ocultaba dentro de una joven atrajo su atención.

                Sentada en una esquina, una chica leía unos apuntes de Connectitut con una sonrisa de autosuficiencia. Estaba lejos del resto de su clase, aparentemente indiferente y feliz tras su coraza de cristal. Pero la bruja era capaz de ver como su interior se ahogaba por la rabia, la melancolía y el odio a estar siempre sola.

                El ser cerró los ojos. Comprendía y detestaba aquel sentimiento con la misma fuerza con la que esa joven lo sufría. Anhelaba erradicarlo, pero formaba parte de su esencia, de la energía que había formado parte de su nacimiento y le había dado identidad e historia.

                Odiaba la soledad, pero la necesitaba para existir.

                La bruja rodeó el cuerpo de la muchacha. Por un instante esa masa intangible de la que estaba hecha adoptó la naturaleza de un par de brazos amorfos, pero lo suficientemente humanos como para abrazarla.

Era solo un abrazo, pero estaba impregnado de cariño, de valentía, de optimismo… Era un abrazo encantado, capaz de absorber la oscuridad y devorar la soledad, dejando en su lugar una chispa que el azar y la voluntad de la estudiante serían capaz de convertir en el fuego de la esperanza.

Ese era el capricho de aquella polilla hambrienta de penumbras. Aunque solo fuera para recordar, por un instante, que ella también había sido humana.

Anuncios

¿Algo que opinar?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s